Mostrando entradas con la etiqueta Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Philip K. Dick. Mostrar todas las entradas

20121101

Total Recall / El vengador del futuro - 1990/2012


Total recall es una película dirigida por Paul Verhoeven en 1990 y protagonizada por Arnold Schwarzenegger. Escrita por Ronald Shusett, Dan O'Bannon, y Jon Povill, la película se tituló Desafío total en España y El vengador del futuro en Hispanoamérica. Ganó el Oscar a los Mejores efectos visuales y está basada en el relato de Philip K. Dick Podemos recordarlo por usted al por mayor (1966) o mejor PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED . Además de que fue la película con el presupuesto más alto producido por Hollywood en esos años, la película lanzó al estrellato a Sharon Stone.quien era una bella desconocida hasta ese momento En 2012 está previsto el estreno de una remake protagonizada por Colin Farrell y de la que adjuntamos algunas tomas comparativas.
El relato original del maestro Philip K. Dick es un relato corto que les dejamos a continuación en su versión en castellano para el disfrute de nuestros queridos seguidores.
Si quieres una copia gratis
 http://www.sdd-fanatico.org/total-recall-2012/

 http://www.moviesdvdr.com/total-recall-desafio-total-dvdr-descargar-torrent-4426.html


PODEMOS RECORDARLO TODO POR USTED
Philip K. Dick
* * *
Despertó... y deseó estar en Marte.
Pensó en los valles. ¿Qué se sentiría al caminar por ellos? Creciendo incesantemente, el sueño fue en aumento a medida que recuperaba sus sentidos: el sueño y el ansia. Casi llegaba a sentir la abrumadora presencia del otro mundo, que solamente habían visto los agentes del Gobierno y los altos funcionarios. ¿Y un empleado como él? No, no era probable.
- ¿Te levantas o no? - preguntó su esposa Kirsten, con tono soñoliento y con su nota habitual de malhumor -. Si estás ya levantado, oprime el botón del café caliente en el maldito horno.
- Está bien - respondió Douglas Quail.
Descalzo, se dirigió desde el dormitorio a la cocina. Allí, tras haber hecho presión, obedientemente, sobre el botón del café caliente, tomó asiento ante la mesa, extrajo un bote pequeño, de color amarillo, de buen Dean Swift. Inhaló profundamente y la mezcla Beau Nash le produjo picor en la nariz y al mismo tiempo le quemó el paladar. Pero continuó inhalando; el producto le despertó y permitió que sus sueños, sus nocturnos deseos, sus ansias esporádicas se condensaran en algo parecido a la racionalidad.
-¡Iré! - se dijo a sí mismo -. Antes de morir, veré Marte.
Por supuesto, era imposible, y aun soñando, esto lo sabía muy bien. Pero la luz del día, el ruido habitual que hacía su esposa al cepillarse el cabello ante el espejo del tocador..., todas las cosas conspiraron repentinamente para recordarle lo que él era.
«Un miserable empleado asalariado», se dijo con amargura. Kirsten le recordaba tal circunstancia por lo menos una vez al día, y él no la culpaba por ello; era una labor de esposa lograr que el marido asentara los pies firmemente sobre la tierra. En la Tierra, pensó, y se echó a reír. La frase le hacia gracia.
- ¿En qué estás pensando? - preguntó la esposa, cuando entró en la cocina arrastrando por el suelo un pico de su larga bata color rosa -. Apuesto a que estás soñando de nuevo. Estarás en las nubes, como siempre. Tienes la cabeza llena de pájaros.
-Sí - respondió él, mirando por la ventana de la cocina hacia los taxis aéreos y demás artilugios volantes, así como a la gente que se apresuraba para acudir a su trabajo. Al cabo de un rato, también él estaría entre todas aquellas personas. Como siempre.
-Apuesto a que tus sueños tienen algo que ver con alguna mujer - dijo Kirsten, sonrojándose.
-No - contestó -. Con un dios. Con el dios de la guerra. Tiene maravillosos cráteres y en sus profundidades crece toda clase de vida vegetal.
- Escucha - dijo Kirsten, agachándose a su lado y hablando calurosamente, a la vez que abandonaba por unos instantes el tono normal y áspero de su voz -. El fondo del océano... «nuestro» océano, es infinitamente más bello. Lo sabes bien; todo el mundo lo sabe. Alquila para un equipo de branquias artificiales, pide una semana de permiso en el trabajo y podremos sumergirnos y vivir en uno de esos maravillosos lugares de recreo acuáticos que están abiertos todo el año. Y además...
La mujer se detuvo y añadió tras una breve pausa: -No me escuchas. Deberías hacerlo. Eso es mucho mejor que tu obsesión por Marte. ¡Ni siquiera me escuchas! ¡Cielo santo!, ¡estás condenado, Doug! ¿Qué va a ser de ti?
-Me voy a trabajar - dijo él, poniéndose en pie y olvidándose del desayuno -. Eso eslo que va a ser de mi.
La esposa lo miró con expresión dubitativa y dijo: - Cada día estás peor, más y más fantástico. ¿Adónde te va a llevar todo esto?
- A Marte - contestó, abriendo la puerta del armario para coger una camisa limpia.
Tras haber descendido del taxi, Douglas Quail caminó lentamente a través de tres abarrotadas calzadas especiales para peatones, dirigiéndose hacia aquel umbral moderno y atractivo. Allí se detuvo contemplando el tráfico de media mañana y con suma calma leyó el rótulo de neón. Ya en el pasado lo había leído muchas veces pero nunca desde tan cerca. Esto era diferente. Lo que hacía ahora era algo más. Algo que más pronto o más tarde tenía que suceder.
REKAL INCORPORATED
¿Era ésta la respuesta? Después de todo, sólo era una ilusión, quizá muy convincente, pero no dejaba por ello de serio. Al menos objetivamente. Pero subjetivamente... todo lo contrario.
Y, de todas maneras, en los siguientes cinco minutos tenía una cita.
Respirando profundamente cierta cantidad del aire medio envenenado de Chicago, atravesó a continuación el policromo umbral y se acercó hasta el mostrador de la recepcionista.
La rubia y bella muchacha del mostrador, de atractivos senos e impecablemente ataviada, le saludó con suma simpatía:
- Buenos días, señor Quail.
-Sí - replicó él -. Estoy aquí para tratar acerca de un curso Rekal, como usted sabe.
-Por supuesto -dijo la recepcionista, tomando un pequeño auricular que había a su lado.
Luego anunció:
-El señor Douglas está aquí, señor McClane. ¿Puede entrar ahora, o es demasiado pronto?
Surgieron del auricular unos extraños sonidos.
- Sí, señor Quail - dijo la joven -. Puede usted entrar; el señor McClane le está esperando.
Al avanzar el señor Quail con ciertas dudas, la muchacha le advirtió:
- Habitación D, señor Quail. A su derecha.
Durante unos instantes creyó haberse perdido, pero pronto encontró la habitación indicada. Se abrió la puerta automáticamente. Tras una enorme mesa de despacho, se hallaba un hombre de mediana edad, de aspecto afable y ataviado con un traje gris marciano de piel de rana; solamente aquel atavío hubiese sido suficiente para indicar a Quail que acababa de acudir a visitar a la persona más adecuada.
- Siéntese, Douglas - dijo McClane, señalando con una mano regordeta hacia una silla que había frente a su mesa de despacho -. ¿De manera que desearía ir a Marte? Muy bien.
Quail tomó asiento, sintiéndose muy nervioso.
-No estoy muy seguro de que esto valga la pena -dijo -. Cuesta mucho y realmente tengo la impresión de que no conseguiré nada.
«Cuesta tanto como ir allá», pensó.
-Usted tendrá las pruebas tangibles de su viaje - aseguró enfáticamente el señor McClane -. Todas las pruebas que necesite. Vea usted esto.
El hombre revolvió en un cajón de su impresionante mesa, y del interior de un gran sobre color marrón, extrajo una pequeña cartulina impresa en relieve.
    - Se trata de un billete de viaje. Demuestra que usted ha hecho el viaje de ida y vuelta. Postales...
    Sobre la mesa extendió cuatro fotografías tridimensionales a todo color, para que Quail las viese. Luego añadió:
    - Película. Fotografías que usted tomó de algunos lugares típicos de Marte con una cámara de cine alquilada...
    Mostró las fotos a Quail y continuó:
    - ...Más los nombres de las personas que ha conocido usted, objetos de recuerdo que llegarán de Marte en el mes próximo, y pasaporte, certificados de las vacunas que se le hayan puesto, y algunos detalles más.

El hombre guardó silencio y miró agudamente a Quail. Luego, añadió:
-Sabrá usted que ha viajado, que ha ido allá. No nos recordará a nosotros, ni a mí, ni siquiera el haber estado aquí. Será en su mente un verdadero viaje, le garantizamos eso. Dos semanas completas de recuerdos hasta su más mínimo detalle. Y no olvide esto: si alguna vez duda usted de que realmente ha hecho el viaje a Marte, puede volver aquí y se le devolverá la cantidad cobrada, íntegramente. ¿Se da cuenta?
- Pero no habré ido - dijo Quail -. No habré ido, por muchas pruebas que ustedes me den de tal cosa.
Quail lanzó un profundo suspiro y añadió tras una breve pausa:
- Y jamás habré sido un agente secreto de la Interplan.
Le parecía imposible que la fabulosa memoria que inyectaba Rekal pudiese desarrollar aquella labor.... a pesar de lo que había oído decir a la gente.
-Señor Quail - dijo pacientemente McClane -. Como usted mismo nos explicó en su carta, no tiene oportunidad, ni la más ligera posibilidad de ir alguna vez a Marte; no puede usted permitírselo, y lo que es mucho más importante, nunca podrá usted llegar a ser un agente secreto para Interplan ni para nadie. No puede serio ni lo será jamás. Esta es la única forma de alcanzar..., bien, el sueño de su vida, ¿no tengo razón, señor?
McClane cloqueó con la garganta y añadió:
-Pero puede «haberlo sido y haberlo hecho». Nos preocuparemos de que así sea. Y nuestros honorarios son muy razonables.
Tras pronunciar sus últimas palabras, McClane sonrió animadamente.
- ¿Es tan convincente esa memoria inyectable? - preguntó Quail.
-Mucho más que la realidad, señor. Si de verdad hubiese usted ido a Marte como agente de la Interplan, ahora habría olvidado muchas cosas; nuestro análisis sobre los sistemas de la verdadera memoria (auténticos recuerdos de principales acontecimientos de la vida de una persona) demuestran que siempre se pierden muchos detalles, detalles que se olvidan y que jamás vuelven a recordarse. Parte de lo que le ofrecemos es que todo cuanto «plantemos» en su memoria jamás lo olvidará. La serie de imágenes e ideas que se le inyectarán cuando esté usted en estado de inconsciencia es la creación de grandes expertos, hombres que han pasado años en Marte. En cada caso verificamos los detalles en forma realmente exhaustiva. Aparte de que ha elegido usted un sistema muy fácil para nosotros; si hubiese usted deseado ser emperador de la Alianza de Planetas interiores o hubiera elegido Plutón para su viaje, hubiésemos tenido muchas más dificultades..., y, por supuesto, los honorarios habrían sido también muy superiores.
Llevándose una mano al bolsillo interior de su chaqueta para extraer la cartera, Quail dijo:
    - Está bien. Ha sido la ambición de toda mi vida, y sé que realmente nunca la conseguiré. De manera que imagino que tendré que aceptar esto.
    - No piense de esa forma - dijo McClane, severamente -. No está usted aceptando lo que podríamos llamar un segundo plato. La memoria real con todas sus vaguedades, omisiones, por no citar también sus distorsiones, sí que es en realidad un segundo plato.

McClane aceptó el dinero y oprimió un botón que había sobre su mesa. Luego, cuando se abrió la puerta para dar paso a dos hombres fornidos, añadió:
- Está bien, señor Quail. Irá usted a Marte como agente secreto.
McClane se levantó, estrechó la mano de Quail, húmeda a causa de los nervios, y concluyó:
- O mejor dicho, ya está usted en camino esta tarde a las cuatro y media regresará a la Tierra y un taxi le llevará hasta su vivienda, y como ya le he dicho, nunca recordará haberme visto o haber venido aquí; en realidad, ni siquiera sabrá nada de nuestra existencia.
Con la boca reseca por el nerviosismo, Quail siguió a los dos técnicos; lo que sucediese a continuación dependería de ellos.
«¿Llegaré a creer que realmente estuve en Marte? - se preguntó -. ¿Llegaré a estar seguro de que al fin logré la ambición de toda mi vida?»
Quail tenía la intuición de que algo, sin saber por qué, saldría mal. Pero ignoraba de qué podía tratarse.
Tendría que esperar para saberlo.
El aparato de comunicación interior de McClane, que le conectaba con el área de trabajo de la firma, sonó, y dijo una voz:
    - El señor Quail está en este momento bajo, los efectos sedantes, señor. ¿Quiere usted supervisar esta operación, o seguimos adelante?
    - Es de rutina - observó McClane. Puede usted continuar, Lowe; no creo que tenga usted ninguna dificultad.

La programación de la memoria artificial de un viaje a otro planeta -con o sin la adición de ser agente secreto- se realizaba en la firma con monótona regularidad. En un solo mes, McClane calculaba que probablemente se llevarían a cabo unas veinte veces; los viajes interplanetarios artificiales se habían convertido en pan diario.
-Lo que usted diga, señor McClane -respondió la voz de Lowe.
El aparato de comunicación interior guardó silencio.
Acercándose hasta la sección abovedada de la cámara situada detrás de su despacho, McClane buscó un paquete Tres y otro Sesenta y dos: viaje a Marte; espía secreto interplanetario. Luego regresó con ambos paquetes a su mesa de despacho, tomó asiento cómodamente, Y extrajo todo el contenido..., objetos y documentos que se depositarían en la vivienda de Quail mientras los técnicos de laboratorio se ocupaban en fabricar la falsa memoria.
Un localizador de ideas, y McClane pensó que aunque aquél era el objeto de mayor tamaño, también era el que les producía mayores beneficios económicos. Un transmisor tan diminuto que el agente podría tragárselo si le capturaban. Libro de claves que se parecían asombrosamente a uno auténtico..., los modelos de la firma eran extraordinariamente seguros: basados, siempre que era posible, sobre las verdaderas claves de Estados Unidos. Diversos objetos que no parecían tener aplicación alguna, pero que formarían, al unirse en la memoria de Quail, base sólida sobre su imaginario viaje: media moneda, ya antigua, de plata, y con un valor de cincuenta centavos, varias anotaciones de los sermones de John Donne escritas incorrectamente, cada una de ellas en un trozo de papel fino y transparente, varios sobrecitos de cerillas de bares de Marte, una cuchara de acero inoxidable en la que se leían grabadas las siguientes palabras: «Propiedad del Kibutsim Nacional de Marte», un diminuto rollo de alambre que...
Sonó, una vez más, el aparato de comunicación interior.
- Señor McClane, siento mucho molestarle, pero sucede algo raro. Quizá fuese mejor que viniese usted un momento. Quail está ahora bajo efectos sedantes; reaccionó bien bajo la narquidrina; está completamente inconsciente, pero...
- Voy ahora mismo.
Intuyendo alguna dificultad seria, McClane abandonó su despacho. Un momento después aparecía en la zona de trabajo. Sobre una cama higiénica yacía Douglas Quail, respirando lenta y regularmente, con los ojos cerrados parecía enterarse muy débilmente, sólo débilmente, de la presencia de los dos técnicos y del propio McClane.
-¿No hay espacio para insertar falsos modelos de memoria? - interrogó McClane, con irritación -. Habrá suficiente para dos semanas; está empleado en la oficina de Emigración de la Costa Occidental, que es una agencia del Gobierno, y debido a ello indudablemente durante el año pasado habrá disfrutado de dos semanas de vacaciones. Repito que con eso será suficiente.
Los detalles menudos siempre molestaban a McClane. - Nuestro problema - dijo Lowe - es algo muy diferente. - Se inclinó sobre la cama y dijo a Quail -: Repítale al señor McClane lo que acaba de contamos.
Los ojos grises del hombre que yacía boca arriba sobre la cama miraron al rostro de McClane. Este los observó con atención. Su expresión se había endurecido y tenían un aspecto inorgánico, pulido, como piedras semipreciosas. McClane no estaba muy seguro de que le gustase lo que estaba viendo. Aquel brillo de los ojos era demasiado frío.
-¿Qué desea usted ahora? - preguntó Quail, ásperamente -. Salgan de aquí antes de que los destroce a todos.
Estudió detenidamente a McClane y añadió: - Especialmente usted. Sí, está usted a cargo de esta operación de contraespionaje.
Lowe dijo:
    - ¿Cuánto tiempo ha estado usted en Marte?
    - Un mes - respondió Quail, con el mismo tono.

- ¿Y cuál fue su propósito al ir allí? - Exigió Lowe. Los delgados labios de Quail se retorcieron un tanto, pero no habló. Finalmente, arrastrando las palabras hasta lograr que sonaran con evidente acento de hostilidad, dijo: -Agente de Interplan. Ya se lo he dicho. ¿No graba usted todo cuanto se habla?
Ponga en marcha esa cinta grabada para que la escuche su jefe y déjeme tranquilo. Cerró los ojos. La dureza de las pupilas se esfumó. McClane se sintió inmediatamente aliviado. Lowe dijo calmosamente:
- Este es un hombre duro, señor McClane.
-No lo será -respondió McClane -. No lo será cuando de nuevo dispongamos que

pierda su eslabón de memoria. Se mostrará tan dócil como antes. Luego añadió, dirigiéndose a Quail:
- ¿De manera que ésa era la razón por la que tanto ansiaba ir a Marte?
Sin abrir los ojos respondió:

- Nunca quise ir a Marte. Me destinaron Y no tuve más remedio que Ir. Confieso que sentía curiosidad por ir. ¿Quién no la hubiese sentido?
De nuevo abrió los ojos Y miró a los tres hombres en particular a McClane. Luego murmuró:
-Buen suero de la verdad éste que usted tiene aquí. Me ha hecho recordar cosas que había olvidado completamente.
Hubo un silencio y luego murmuró, como si hablara para sí:
-¿Y Kirsten? ¿Estaría complicada en todo esto? Un contacto de Interplan vigilándome... para tener la seguridad de que yo no recuperase la memoria... ¿podría ser? No me extraña que se burlara tanto de mis deseos de ir allá.
Muy débilmente, sonrió. La sonrisa más bien de comprensión, se desvaneció casi inmediatamente.
McClane dijo:
- Por favor, créame, señor Quail; hemos tropezado con esto enteramente por accidente. En el trabajo que nos...
- Le creo - respondió Quail.
Este último parecía cansado. La droga continuaba profundizando más y más en él.

-¿Dónde dije que había estado? - interrogó -. ¿Marte? Es difícil recordar. Sé que me gustaría haberlo visto; y creo que también le gustaría a todo el mundo.
Pero yo...
Su voz se debilitó extraordinariamente, Y Musitó:
- ...yo, soy un simple empleado, un empleado que no sirve para nada...
Incorporándose, Lowe dijo a su superior:
-Desea una falsa memoria que corresponde a un viaje que realmente ha hecho. Y una razón falsa que es la verdadera razón. Está diciendo la verdad; está muy sumido en la narquidrina. El viaje aparece muy vivido en su mente, al menos bajo el efecto de los sedantes. Pero aparentemente no puede recordarlo en estado de vigilia. Alguien, probablemente en los laboratorios de ciencias militares del Gobierno, borró sus recuerdos conscientes; todo cuanto sabía era que ir a Marte significaba para él algo especial, lo mismo que ser agente secreto. Esto no pudieron borrarlo; no es un recuerdo sino un deseo, indudablemente el mismo que le impulsó a presentarse voluntario para tal destino.
El otro técnico, Keeler, dijo a McClane:
-¿Qué hacemos? ¿Injertar un modelo de falsa memoria sobre la verdadera? No se puede predecir cuáles serán los resultados. Podría recordar parte del verdadero viaje, y la confusión producir un intervalo psicopático. Se vería obligado a retener dos sujetos opuestos en su mente, y hacerlo simultáneamente: que fue a Marte y que no fue. Que es auténtico agente de Interplan y que no lo es... Creo que debemos despertarlo sin realizar ninguna implantación de falsa memoria y sacarlo de aquí. Esto es un hierro candente.
- De acuerdo - respondió McClane.
Al asentir a la propuesta de Keeler se le ocurrió otra idea y preguntó:
    - ¿Pueden ustedes predecir qué es lo que recordará cuando salga del estado de estupor?
    - Imposible de predecir - respondió Lowe -. Probablemente albergue, a partir de ahora, algún débil recuerdo de su verdadero viaje, y también es muy probable que tenga serias dudas sobre su veracidad. Quizá decida que en nuestra programación hubo un fallo. También podría recordar haber venido aquí; esto podría borrarse si usted lo desea.

-Cuanto menos nos relacionemos con este hombre, mejor - dijo McClane -No debemos jugar con esto. Ya hemos sido lo suficientemente estúpidos, o infortunados, como para descubrir a un auténtico espía de Interplan, tan perfectamente camuflado que ni siquiera él mismo sabía quién era... o, más bien, quién es.
Cuanto antes se desembarazasen de aquel individuo que se hacía llamar Douglas Quail, sería mejor.
- ¿Piensa usted instalar los paquetes Tres y Sesenta y dos en su alojamiento? ¬preguntó Lowe.
    - No - dijo McClane -. Y vamos a devolverle la mitad de los honorarios cobrados.
    - ¡La mitad! ¿Por qué la mitad?
McClane respondió débilmente:

    - Creo que es un buen arreglo.

Cuando el coche llegó a su residencia, situada en un extremo de Chicago, Douglas se dijo a sí mismo que, sin duda alguna, era una buena cosa haber regresado a la Tierra.
El largo período de estancia de un mes en Marte ya había comenzado a difuminarse en su memoria; solo le quedaba una vaga imagen de los Profundos cráteres, la omnipresente erosión de las colinas, de la vitalidad, del movimiento mismo. Un mundo de polvo donde pocas cosas ocurrían, un mundo en el que buena parte del día era preciso pasarlo comprobando una y otra vez las reservas de oxígeno. También recordaba las formas de vida, los modestos cactus color gris marrón y los gusanos.
De hecho se había traído de Marte varios ejemplares moribundos de la fauna de aquel planeta; los había pasado de contrabando por las aduanas. Después de todo, no constituían ninguna amenaza; no podían sobrevivir en la densa atmósfera de la Tierra.
Introdujo una mano en el bolsillo en busca del pequeño estuche que contenía los gusanos, pero en su lugar extrajo un sobre.
Al abrirlo descubrió, perplejo, que contenía quinientas setenta cartulinas de crédito en forma de billetes de bajo valor.
«¿De dónde ha salido esto? - se preguntó a sí mismo -. ¿Acaso no me gasté en el viaje hasta la última moneda que poseía?»
Junto con el dinero había una hoja de papel marcada con las palabras: «Retenida la mitad de los honorarios» y firmaba «McClane». La fecha era la del día.
- Recuerda - dijo Quail, en voz alta.
-¿Recordar qué, señor o señora? - inquirió respetuosamente el conductor-robot del taxi.
- ¿Tiene una guía telefónica? - preguntó.
    - Desde luego que sí, señor o señora. Se abrió un pequeño compartimiento, y de su interior se deslizó una diminuta guía telefónica de Cook County. -La redacción de esta guía es extraña - comentó Quail, al hojearla en sus páginas
    amarillas. Sintió cierto temor. Hizo un esfuerzo para disimularlo, y luego dijo:
    - Aquí está. Lléveme a Rekal Incorporated. He cambiado de idea, ya no quiero ir a casa.
    - Sí, señor o señora - respondió el robot.
Un momento después, el taxi se lanzaba en dirección opuesta.

    - ¿Puedo usar su teléfono? - preguntó
    - Con sumo placer - dijo el robot, presentándole un lujoso teléfono con tridivisión en color, completamente nuevo.

Quail marcó el número de su vivienda. Y con una breve pausa, vio la imagen en miniatura, pero muy auténtica, de Kirsten en la pequeña pantalla del aparato.
    - Estuve en Marte - le dijo.
    - Estás borracho, o algo peor - replicó ella, retorciendo los labios irónicamente.
    - Te estoy diciendo la verdad.
    - ¿Cuándo? - preguntó Kirsten.

- No lo sé - dijo Quail, realmente confuso -. Creo que fue un viaje simulado. Por medio de un sistema de memorias extrarreales o como diablos se llame. Pero no tuvo resultado.
Kirsten dijo de nuevo:
- Estás borracho.
E inmediatamente colgó.
Quail lo hizo a continuación, sintiendo que se sonrojaba. «Siempre el mismo tono», se dijo a sí mismo, encolerizado. Siempre las mismas recriminaciones como si ella lo supiese todo y él nada. «¡Qué matrimonio!», pensó amargado.
Un momento más tarde, el taxi se detuvo junto a la acera de un edificio color rosa, pequeño, y muy atractivo. Un rótulo policromo de neón decía: «Rekal incorporated».
La elegante. recepcionista se sorprendió al principio, pero acto seguido se dominó para saludar:
    - ¡Hola, señor ¿Cómo está usted? ¿Olvidó alguna cosa?
    - El resto de los honorarios que aboné.

Más compuesta ya, la recepcionista dijo: - ¿Honorarios? Creo que se equivoca, señor
Estuvo usted aquí discutiendo la posibilidad de la realización de un viaje, pero... la muchacha se encogió de hombros y dijo, tras breve pausa:
- Tal y como tengo entendido, ese viaje no tuvo lugar.
Quail respondió:
-Lo recuerdo todo muy bien, señorita. La carta a Rekal, que inició todo este asunto. Recuerdo mi llegada aquí y mi visita al señor McClane. Y recuerdo, asimismo. cómo los dos técnicos de laboratorio me llevaron del despacho para administrarme una droga.
No tenía nada de extraño que la firma le hubiera devuelto la mitad de la cantidad desembolsada. No había dado resultado la falsa memoria de su viaje a Marte, al menos no enteramente, como se lo habían asegurado.
- Señor - dijo la muchacha -, aunque sea usted un empleado de poca importancia es usted un hombre de buen ver, y cuando se indigna estropea sus facciones. Si se sintiera usted mejor, yo podría..., bien, podría permitirle que me llevara a algún sitio.
Quail se puso furioso.
-La recuerdo a usted muy bien - dijo con tono de indignación -. Y recuerdo la promesa del señor McClane de que si recordaba mi visita a Rekal Incorporated me devolverían mi dinero en su totalidad. ¿Dónde está el señor McClane?
Tras una demora, probablemente tan larga como pudieron lograr, el señor Quail se encontró nuevamente sentado ante la impresionante mesa de despacho, exactamente como lo había estado una hora antes aquel mismo día.
-Poseen ustedes una maravillosa técnica - dijo Quail sardónicamente con enorme resentimiento -. Los llamados «recuerdos» de un viaje a Marte como agente secreto de Interplan son vagos y confusos, aparte de estar llenos de contradicciones. Y recuerdo claramente el trato que hice aquí con ustedes. Debería llevar este caso a la oficina de Mejores Negocios.
En aquellos momentos, Quail ardía de indignación. La sensación de haber sido engañado le abrumaba y había vencido su acostumbrada aversión a discutir abiertamente.
Con gran cautela, McClane dijo:
-Capitulemos, Le devolveremos el resto de sus honorarios. Admito que no hemos hecho nada en absoluto por usted.
El tono de las últimas palabras de McClane era de resignación.
Quail dijo, con tono acusador:
- Ni siquiera me han proporcionado los diversos objetos que, según ustedes, demostrarían mi estancia en Marte. Toda esa comedia que me contaron no llegó a materializarse en nada. Ni siquiera un billete de viaje. Ninguna postal. Ni pasaporte. Ningún certificado de vacuna, nada...
    - Escuche, - dijo McClane -. Supongamos que le digo...
    McClane se detuvo repentinamente y dijo al cabo de un breve silencio:
    - Bien, dejémoslo así.

Hizo presión sobre el botón de la comunicación interior y añadió:
-Shirley, por favor, ¿quiere usted preparar un cheque por valor de quinientos setenta para el señor? Gracias.
Luego miró nuevamente a Quail.
Inmediatamente llegó el cheque; la recepcionista lo dejó ante McClane y, una vez más, desapareció, dejando solos a los dos hombres que continuaban mirándose fijamente desde ambos lados de la impresionante mesa de despacho.
    - Permítame advertirle algo - dijo McClane, al firmar el cheque y entregárselo -. No hable con nadie sobre su..., bien..., sobre su reciente viaje a Marte.
    - ¿Qué viaje?
    - Bien, me refiero al viaje que ha hecho usted parcialmente. Actúe como si no lo recordara. Simule que jamás tuvo lugar. No me pregunte por qué, pero acepte mi consejo; será mejor para todos nosotros.

McClane había comenzado a sudar abundantemente. Hubo otra pausa de silencio, y añadió:
    - Y ahora, señor Quail, tengo que trabajar con otros clientes, ¿comprende?
Se puso en pie y acompañó a Quail hasta la puerta.
Dijo al abrirla:

    - Una firma que trabaja tan deficientemente no debería tener ningún cliente.

Acto seguido cerró la puerta a su espalda.
De nuevo hacia casa, en el taxi, reflexionó sobre la redacción de la carta que dirigiría a la oficina de Mejores Negocios, División de la Tierra. Tan pronto como tomase asiento ante su máquina de escribir lo haría; era su deber advertir a otras personas para que se alejaran de Rekal Incorporated.
Cuando llegó a su alojamiento, se sentó ante su máquina de escribir portátil, abrió los cajones y comenzó a buscar papel carbón, hasta que se dio cuenta de la presencia de una caja familiar. Una caja que él había llenado cuidadosamente en Marte con fauna, y más tarde la había pasado de contrabando por la aduana.
Al abrir la caja vio, sin acabar de creerlo, seis gusanos muertos y ciertas variedades de vida unicelular con las que se alimentaban los gusanos marcianos. Los protozoos estaban secos, casi hechos polvo, pero los reconoció inmediatamente; le había costado un día de trabajo recogerlos entre las grandes rocas de color oscuro. Recordaba que había sido un maravilloso viaje de descubrimientos.
«Pero yo no he ido a Marte» se dijo a sí mismo.
Sin embargo, por otra parte...
Se presentó Kirsten en la puerta de la habitación cargada con una cierta cantidad de verduras.
    - ¿Cómo es que estás en casa a estas horas?
La voz de la esposa, con su eterno y monótono tono de acusación.

    - ¿Fui yo a Marte? - preguntó Quail -. Tú debes saberlo.
-No, por supuesto que no has ido a Marte y también tú deberías saberlo. ¿Acaso


no estás siempre hablando de que deseas ir?
Quail dijo:
-Te aseguro que creo que he ido ya. - Hubo un silencio, y Quail añadió luego: - Y a
la vez, creo que no fui.
- Decídete entre una cosa u otra.
- ¿Cómo puedo hacerlo? - interrogó Quail, con una extraña mueca -. Los dos recuerdos están firmemente grabados en mi mente; uno es real y el otro no, pero no puedo diferenciar cuál es el auténtico y cuál es el falso. ¿Por qué no puedo confiar en ti? Tú les importas muy poco.
Su esposa podía hacer, al menos, aquello por él... aunque en lo sucesivo no volviese a hacer ya nada en su beneficio.
Kirsten dijo con voz monótona y controlada: -Doug, si no vuelves a ser una persona normal, hemos terminado. Voy a dejarte.
- Estoy en apuros - replicó con voz un tanto ronca -. Probablemente me encamino hacia un estado psicopático. Espero que no, pero puede que así sea. De todas maneras, eso lo explicaría todo.
Depositando en el suelo la cesta de las verduras, Kirsten caminó hacia el armario.
-No estaba bromeando -dijo con suma calma. Sacó del armario un abrigo, se lo puso, y regresó hasta la puerta para añadir:
    - Te telefonearé uno de estos días. Esta es mi despedida, Doug. Espero que salgas pronto de todo esto. Realmente, lo deseo por tu bien.
    - ¡Espera! - exclamó desesperadamente Quail -. Solamente dímelo para estar seguro. Dime si fui o no..., dime cuál de mis dos recuerdos es el verdadero, el real... Al pronunciar estas últimas palabras, se dio cuenta de que también podían haber alterado los canales de su memoria. La puerta se cerró. Finalmente, su esposa se había ido. Una voz dijo a sus espaldas:

-Bien, todo ha terminado. Ahora levante las manos Quail. Y por favor, dé media vuelta para mirar hacia aquí.
Quail se volvió instintivamente sin alzar las manos.
El hombre que se hallaba frente a él vestía el uniforme color canela de la agencia policíaca Interplan, y su pistola parecía ser un modelo de las Naciones Unidas. Por alguna razón, aquel rostro era familiar a Quail; familiar en una forma borrosa que no acababa de localizar. Sin embargo, nerviosamente, alzó ambas manos.
- Usted recuerda su viaje a Marte - dijo el policía -. Conocemos todos sus actos de hoy y todos sus pensamientos.... en particular sus importantes pensamientos en el recorrido que hizo desde su casa hasta Rekal Incorporated. Tenemos un teletransmisor en el interior de su cerebro que nos mantiene constantemente informados.
Un transmisor telepático, aplicación del plasma vivo que se había descubierto en la Luna. Quail sintió un estremecimiento de aversión. Aquella cosa vivía dentro de él, en el interior de su propio cerebro, alimentándose, escuchando... Pero la policía Interplan usaba aquel procedimiento. Por lo tanto, era probablemente cierto, por muy deprimente que resultara.
-¿Por qué a mí? -interrogó Quail, roncamente. ¿Qué era lo que él había hecho... o pensado? ¿Y qué tenla que ver todo aquello con Rekal incorporated?
- Fundamentalmente - dijo el policía Interplan -, esto nada tiene que ver con Rekal; es más bien un asunto entre usted y nosotros.
El policía señaló hacia uno de sus oídos y añadió: - Todavía estoy recogiendo sus procesos mentales mediante su transmisor telepático.
Se fijó en que el hombre llevaba en uno de sus oídos una especie de enchufe blanco de plástico. El policía continuó:
- De manera que debo advertirle que cualquier cosa que piense podrá emplearse contra usted.
El hombre sonrió. Hubo una larga pausa de silencio. Luego, siguió hablando:
-No es que ahora importen mucho ciertas cosas. Lo que sí es molesto es que, bajo los efectos de la narquidrina, en Rekal Incorporated usted relató ante los técnicos y el propietario, señor McClane, detalles de su viaje, adónde fue usted, para quién, y algunas de las cosas que hizo. Los dos técnicos y el señor McClane estaban muy atemorizados. Deseaban no haberle visto jamás...
Nueva pausa de silencio, y el policía concluyó: - Y tienen razón.
Quail dijo:
-Yo no hice jamás ningún viaje. Se trata solamente de una falsa memoria implantada en mí por los técnicos de McClane.
Pero inmediatamente pensó en la caja de su mesa de despacho que contenía formas de vida marcianas. Y recordó las dificultades y molestias sufridas para recogerlas. El recuerdo parecía real. Y la caja con aquellas formas de vida sin duda alguna era auténtica. A menos que McClane la hubiese instalado allí. Quizá aquella era una de las «pruebas» que había mencionado McClane tan alegremente.
«El recuerdo de mi viaje a Marte - pensó -no me convence. Pero desgraciadamente ha convencido a la agencia de policía Interplan. Creen que realmente fui a Marte y suponen que al menos lo hice parcialmente»
    - No solamente sabemos que ha ido usted a Marte - añadió el policía, en respuesta a sus pensamientos - sino también que usted recuerda bastantes cosas como para constituir un peligro para nosotros. Y no vale la pena suprimir su recuerdo de todas las cosas, porque usted simplemente acudiría a Rekal Incorporated otra vez y reanudaría el experimento. Y tampoco podemos hacer nada contra McClane y su sistema porque no tenemos jurisdicción sobre nadie, excepto sobre nuestra propia gente. De todas maneras, McClane no ha cometido ningún delito.
    El policía hizo otra de sus habituales pausas y añadió, tras mirar fijamente a Quail:
    - Ni técnicamente, usted tampoco. Usted acudió a Rekal Incorporated con la idea de recuperar la memoria. Usted fue allí, y así lo consideramos, por las mismas razones que acude el resto de la gente.... gentes con vidas monótonas y oscuras: el ansia de aventura. Pero desgraciadamente, la vida de usted no ha sido ni monótona ni oscura, y ya ha disfrutado demasiadas emociones; la última cosa que necesitaba usted en este mundo era un curso de Rekal Incorporated. Nada hubiese podido ser más fatídico para usted o para nosotros. Y en realidad, también para McClane.
    Quail preguntó:
    - ¿Por qué es peligroso para ustedes que yo recuerde mi viaje..., mi supuesto viaje, lo que yo hice allí?

-Porque lo que usted hizo - respondió el policía Interplan - no está de acuerdo con nuestra intachable imagen pública paternal y protectora. Usted hizo, por nosotros, lo que nosotros jamás hacemos. Como usted recordará, gracias a la narquidrina. Esa caja de gusanos muertos y algas está en su mesa de despacho desde hace seis meses, desde que usted regresó. Y en ningún momento mostró usted la menor curiosidad hacia ella. Ni siquiera sabíamos que la tenía hasta que usted la recordó cuando se dirigía a casa desde Rekal; entonces vinimos aquí a buscarla... Vinimos dos a por ella.
Otro silencio y el policía añadió innecesariamente. - Sin suerte; no había tiempo suficiente.
Un segundo policía Interplan se unió al primero; los dos conferenciaron brevemente. Mientras tanto, pensó rápidamente. En aquel instante recordaba más cosas. El policía tenía razón acerca de la narquidrina. Ellos, Interplan, probablemente también la usaban. ¿Probablemente? Estaba seguro de que lo hacían. Había visto cómo se la administraban a un detenido. ¿Dónde había ocurrido tal cosa? ¿En algún lugar de la Tierra? Decidió que más probablemente en la Luna, al percibir la imagen que se perfilaba en su defectuosa memoria.
Y recordaba algo más. Las razones de «ellos» para enviarle a Marte; el trabajo que habla hecho.
No tenía nada de extraño que hubiesen purgado su memoria.
-¡Oh, cielos! -exclamó el primero de los dos policías, interrumpiendo la conversación que sostenía con su compañero.
Evidentemente, acababa de captar los pensamientos de Quail.
-Bien, ahora el problema es mucho peor, mucho peor de lo que hubiésemos pensado.
Avanzó hacia Quail apuntándole con la pistola. - Tenemos que matarle -dijo -. Y ahora mismo.
Nerviosamente, su compañero dijo: - ¿Por qué ahora mismo? ¿Acaso no podemos enviarle a Interplan Nueva York y dejar que allí...?
- El ya sabe perfectamente por qué tiene que ser ahora mismo -dijo el primer policía.
El hombre también parecía sentirse muy nervioso, pero Quail se daba cuenta de que se debía a una razón muy diferente. Su memoria había vuelto a él casi repentinamente. Y por tal razón, entendía el nerviosismo del policía.
-En Marte maté a un hombre - dijo Quail -. Tras haberme desembarazado de quince guardaespaldas. Algunos de ellos armados con pistolas especiales, como lo están ustedes.
Quail había sido entrenado durante un período de cinco años por Interplan para convertirse en un asesino. Un asesino profesional. Conocía varias formas de desembarazarse de cualquier adversario armado.... como aquellos dos agentes de la policía, y el que mostraba el diminuto audífono también lo sabía.
Si se movía con suficiente rapidez...
La pistola disparó. Pero Quail ya se había movido hacia un lado, décimas de segundo antes, y al mismo tiempo había derribado al agente mediante un golpe de karate aplicado a la garganta con la velocidad del relámpago. En un instante se apoderó de su pistola y apuntó al otro agente, que se mostraba enormemente sorprendido.
-Captó mis pensamientos - dijo Quail, jadeando con vehemencia -. Sabía lo que yo estaba a punto de hacer, pero aun así, lo hice.
Medio tendido en el suelo, el agente golpeado murmuró:
-No usará, esa pistola contra ti, Sam; acabo de captar ese pensamiento suyo. Sabe que está acabado y no ignora que nosotros lo sabemos. Vamos, Quail...
Trabajosamente, lanzando algunos gruñidos de dolor, el agente se puso en pie. Luego, extendió una mano.
- La pistola - dijo a Quail -. No puede usted usarla, y si me la entrega, prometo no matarle; será usted juzgado ante un tribunal, y alguien que ocupe un alto puesto en Interplan decidirá. Así, pues, no lo haré yo... Puede que borren su memoria una vez más. No lo sé. Pero ya sabe usted por qué iba a matarle; no podía evitar que usted recordará cosas. De manera que, en cierto modo, mis razones para matarle ya son cosa del pasado.
Quail, sin soltar el arma, salió corriendo de la habitación, dirigiéndose al ascensor. «Si me seguís -pensó-, os mataré.» Los agentes no lo hicieron. Oprimió el botón del ascensor y se abrieron las puertas.
Se dio cuenta de que los policías no le habían seguido. Evidentemente, habían captado sus pensamientos y decidían no correr riesgos.
El ascensor, al sentir su peso, descendió. Había escapado... por el momento. Pero, ¿qué sucedería a continuación? ¿Dónde podría ir?
El ascensor llegó a la planta baja; un momento más tarde, Quail se unía a la multitud de peatones que caminaban apresuradamente por los canales especiales de las calzadas. Le dolía la cabeza y se sentía enfermo. Pero al menos había evitado la muerte; casi le habían asesinado en su propia casa.
Pensó que, probablemente, lo intentarían de nuevo. «Cuando me encuentren», pensó. Y con aquel transmisor en su cerebro no tardarían en descubrir su paradero.
Irónicamente, había logrado lo que pidiera a Rekal Incorporated. Aventura, peligro, policía Interplan, un viaje secreto y peligroso en el que él se jugaba la vida. Todo cuanto había ansiado como falsa memoria.
Ahora podían apreciarse las ventajas de que aquello fuera un recuerdo, pero nada más.
A solas, en un banco del parque, reflexionó mientras contemplaba los rebaños de peatones alegres y desenfadados, unos seres semipájaros importados de las dos lunas de Marte, capaces de emprender el vuelo aun en contra de la fuerte gravedad de la Tierra.
«Puede que aún pueda regresar a Marte», pensó.
Pero, y después, ¿qué? Las cosas serían mucho peor en Marte. La organización política cuyo líder había asesinado le localizaría en el mismo momento en que descendiera de la nave; allí le perseguirían en el acto tanto «ellos» como Interplan.
«¿Podéis escuchar mis pensamientos?», se preguntó. Fácil camino hacia la paranoia; solo allí, sentado, sintió cómo le controlaban, cómo grababan sus pensamientos, cómo discutían entre ellos...
Sintió un estremecimiento, se puso en pie, y caminó sin rumbo, con ambas manos metidas en los bolsillos. Se daba cuenta de que no tenía la menor importancia el lugar adonde pudiese ir. «Siempre estaréis conmigo -pensó -mientras tenga dentro de mi cabeza este dispositivo.»
«Haré un trato con vosotros - pensó para sí y para ellos -. ¿No podéis implantar una falsa memoria en mí otra vez, como lo hicisteis antes, para vivir una vida rutinaria olvidando que alguna vez estuve en Marte? ¿Algo que asimismo me haga olvidar totalmente haber visto un uniforme de Interplan y haber sostenido en la mano. una pistola?»
Una voz dentro de su cerebro respondió: «Como ya se le ha explicado cuidadosamente a usted, eso no sería suficiente».
Asombrado, Quail se detuvo.
«Comunicamos antiguamente con usted en esta forma -continuó diciendo la voz ¬cuando estaba usted operando en el campo, en Marte. Han pasado meses desde que lo hicimos por última vez; pensábamos, de hecho, que jamás tendríamos que volver a hacerlo. ¿Dónde está usted?»
«Paseando -respondió Quail -. Caminando hacia mi muerte.»
Y pensó para sí: «Provocado por las pistolas de vuestros agentes.»
Luego, preguntó:
«¿Cómo pueden estar seguros de que no sería suficiente? ¿Acaso no tienen resultado las técnicas de Rekal?»
«Como ya hemos dicho - respondió la voz -, si se le proporcionan a usted un conjunto de memorias normalizadas, usted se sentiría... intranquilo. Inevitablemente acudiría de nuevo a Rekal o quizá a cualquier otra firma competidora. No podemos pasar por eso dos veces.»
«Supongamos - dijo Quail - que una vez se cancelen mis auténticos recuerdos, se implante en mí algo más completo que una memoria normalizada. Algo que pudiese satisfacer mis ansias. Eso ya se ha demostrado; y probablemente ésa es la razón por la que ustedes me han contratado. Pero pueden inventar algo más, algo que sea igual. Fui el hombre más rico de la Tierra, pero finalmente doné todo mi dinero a fundaciones educativas. O fui, quizá, un famoso explorador espacial. Cualquier cosa por el estilo, ¿no valdría cualquier cosa de estas?
Hubo un largo silencio.
«Hagan la prueba -dijo Quail, desesperadamente -. Pongan a trabajar a sus famosos psiquiatras militares; exploren mi mente. Averigüen cuál es mi sueño más ansiado.»
Quail trató de pensar.
«Mujeres -murmuró a continuación -, miles de ellas, como las tuvo don Juan. Playboy interplanetario... Una querida en cada ciudad de la Tierra, Luna y Marte.
«Y luego abandoné, todo eso a causa del agotamiento. Por favor, hagan la prueba.»
«Entonces, ¿se entregaría usted voluntariamente? -Preguntó la voz en el interior de su cabeza. Si convenimos, y es posible tal solución, se entregaría?» Tras un breve intervalo de duda, respondió:»
«Si, correré el riesgo... con la condición de que no me maten.»
«Haga usted el primer movimiento - dijo la voz inmediatamente -, entréguese a nosotros e investigaremos esa línea de posibilidad. Sin embargo, si no lo podemos hacer, si sus recuerdos comienzan a surgir nuevamente como ha sucedido esta vez, entonces...»
Hubo otro silencio, y a continuación la voz concluyó:
«... Tendremos que destruirle. Esto debe usted comprenderlo. Bien, Quail, ¿todavía quiere usted probar?»
«SI», respondió.
De lo contrario, la única alternativa en aquellos. momentos era la muerte, una muerte segura. Por lo menos aceptando la prueba le quedaba una posibilidad de sobrevivir por muy débil que fuese.
«Preséntese en nuestro cuartel general de Nueva York - resumió la voz del agente Interplan -. En el 580 de la Quinta Avenida, planta doce. Una vez se haya entregado nuestros psiquiatras comenzarán a trabajar sobre usted. Haremos diversas clases de pruebas. Trataremos de determinar su último deseo por muy fantástico que sea, y entonces le llevaremos a Rekal y procuraremos que tal deseo se haga realidad en su mente. Y... buena suerte. Es evidente que le debemos algo. Actuó usted muy bien para nosotros.»
El tono de voz carecía de malicia; si algo expresaba, ellos -la organización-sentían simpatía hacia él.
«Gracias», dijo Quail.
Y acto seguido comenzó a buscar un taxi-robot.
-Señor Quail -dijo el psiquiatra de Interplan, hombre de edad madura y facciones graves -, posee usted unos sueños de fantasía realmente interesantes. Probablemente son algo que ni siquiera usted mismo supone. Espero que no le molestará mucho conocerlos.
El oficial de alta graduación de Interplan que se hallaba presente dijo bruscamente:
    - Será mejor que no se moleste mucho al escuchar esto, si no desea recibir un balazo.
    El psiquiatra continuó:
    - A diferencia de la fantasía de desear ser un agente secreto de Interplan, que, hablando relativamente no es más que un producto de madurez, y que poseía cierto carácter plausible, esta producción es un sueño grotesco de su infancia; no tiene nada de particular que usted no lo recuerde. Su fantasía es la siguiente: tiene usted nueve años de edad, y camina a solas por un sendero del campo. Una variedad, poco familiar, de nave espacial, procedente de otro sistema estelar aterriza directamente frente a usted. Nadie en la Tierra, excepto usted, la ve. Las criaturas que hay en su interior son muy pequeñas e indefensas, algo parecidas a los ratones de campo, aun cuando están intentando invadir la Tierra. Docenas de miles de otras naves semejantes están a punto de ponerse en camino, cuando esta nave de exploración dé la señal.
    - Y se supone que yo he de detenerlos - dijo Quail, experimentando una sensación mezcla de diversión y disgusto -. Simplemente de un manotazo o aplastándolos con el pie.
    - No - replicó el psiquiatra, pacientemente -. Usted detiene la invasión, pero no destruyendo a esos seres. En su lugar, usted muestra hacia ellos amabilidad o piedad, aunque sea por telepatía -su medio de comunicación -, porque ya sabe usted a lo que han venido. Ellos nunca han recibido semejante trato por parte de un organismo vivo, y para demostrar su aprecio, pactan con usted.

Quail dijo:
    - No invadirán la Tierra mientras yo viva, ¿verdad?
    - Exactamente.
    A continuación, el psiquiatra se dirigió al oficial de Interplan:
    - Puede usted ver que encaja en su personalidad, a pesar de su falso desprecio.

-Así, pues, simplemente con seguir viviendo - dijo Quail, con creciente sensación de placer -, simplemente con seguir alentando, salvo a la Tierra de una invasión.
    - Entonces, en efecto, soy el personaje más importante de la Tierra. Sin levantar un dedo siquiera
    - Evidentemente, señor - respondió el psiquiatra - y conste que esto es una base en su Psique; ésta es una fantasía de infancia. Algo que, sin una terapia profunda y sin tratamiento de drogas, usted jamás habría recordado. Pero siempre ha existido en usted; se hallaba en estado latente, pero sin cesar jamás.

El jefe de policía se dirigió entonces a McClane, que se halla sentado, escuchando atentamente.
- ¿Puede usted implantar un modelo de esta clase en él?
    - Manejamos toda clase de fantasía que pueda existir -dijo McClane -. Francamente, he oído cosas peores que ésta. Por supuesto que podemos hacerlo. Dentro de veinticuatro horas, no habrá deseado haber salvado a la Tierra. Será algo que creerá ha sucedido realmente.
    El oficial de la policía dijo:
    - Entonces ya puede usted comenzar su trabajo como preparación previa, ya hemos borrado en él el recuerdo de su viaje a Marte.

- ¿Qué viaje? - preguntó Quail.
Nadie le contestó, y así, aunque de mala gana, abandonó el asunto. Pronto se presentó un vehículo de la policía. El, McClane y el jefe de la policía subieron y se dirigieron hacia Rekal Incorporated.
    - Será mejor que esta vez no cometa usted errores -dijo el jefe de la policía al nervioso McClane.
    - No veo que haya nada que pueda salir mal - respondió McClane, sudando abundantemente -. Esto nada tiene que ver con Marte o con Interplan. Simplemente se tratará de la detención de una invasión de la Tierra procedente de otro sistema estelar.

McClane movió la cabeza, y tras una breve pausa de silencio, continuó:
-¡Cielos, qué clase de sueños!
Y tras pronunciar estas últimas palabras, se enjugó el sudor de la frente con un
pañuelo. Nadie dijo nada.
- En realidad, es conmovedor - añadió McClane.
    - Pero arrogante - dijo el oficial de policía -. Porque cuando él muera volverá a presentarse la amenaza de invasión. No tiene nada de extraño que no lo recuerde; es la fantasía más grande que he oído en mi vida. Luego, miró a Quail con expresión de desaprobación. - ¡Y pensar que hemos anotado a este hombre en nuestra nómina!
    Cuando llegaron a Rekal Incorporated, la recepcionista Shirley les recibió apresuradamente en la oficina exterior.
    - Bien venido sea de nuevo, señor Quail - dijo la muchacha -. Siento mucho que anteriormente las cosas hubiesen salido mal; estoy segura de que ahora todo saldrá mejor.

Todavía enjugándose el sudor de la frente con el pañuelo, McClane dijo:
- Todo saldrá mejor.
Actuando con rapidez, llamó a Lowe y a Keeler, y les siguió, a ellos y a Quail, hasta la zona de trabajo. Después regresó a su despacho en compañía de Shirley y del jefe de policía. Para esperar.
- ¿Tenemos algún paquete preparado para esto, señor McClane? -preguntó Shirley, tropezando con él en su agitación y sonrojándose modestamente.
- Creo que sí.
McClane trató de recordar. Luego abandonó el intento y consultó el gráfico.
Decidió en voz alta:
-Una combinación de los paquetes Ochenta, Veinte y Seis.
De la sección de cámara abovedada que había tras su despacho extrajo los

adecuados paquetes y los llevó hasta su mesa de despacho para examinarlos. -Del Ochenta - explicó - una varilla mágica de curación, que le entregaron al cliente en cuestión, esta vez el señor Quail..., la raza de seres de otro sistema estelar. Una muestra de gratitud.
- ¿Todavía surte efectos? - preguntó el oficial.
    - Lo hizo en otro tiempo -respondió McClane -. Pero él, bien, la usó hace años curando aquí y allá. Ahora sólo es un objeto. Aunque la recuerde vívidamente.
    McClane cloqueó con la garganta, y luego abrió el paquete Veinte.
    - Documento del secretario general de las Naciones Unidas, dándole las gracias por haber salvado a la Tierra; esto no es precisamente una cosa muy adecuada porque parte de la fantasía de Quail se basa en que nadie conoce la invasión, excepto él, pero en nombre de la verosimilitud lo incluiremos.

McClane inspeccionó el paquete Seis a continuación. ¿Qué significaba aquello? No lo recordaba; frunciendo el ceño, introdujo una mano en el interior de la bolsa de plástico, mientras que Shirley y el oficial de la policía le contemplaban con curiosidad.
- Escritura en un idioma extraño - dijo Shirley.
-Esto demuestra quiénes eran -dijo McClane - y de dónde llegaron. Se incluye un detallado mapa estelar señalando su vuelo y el sistema de origen. Por supuesto, lo han hecho «ellos» y él no sabe leerlo. Pero sí recuerda que se lo leyeron personalmente en su propia lengua.
McClane depositó los tres paquetes sobre el centro de la mesa de despacho, y añadió:
- Se debe llevar esto a la vivienda de Quail, para que cuando llegue a casa los encuentre. Y estas cosas confirmarán su fantasía. Procedimiento operativo normalizado.
Luego reflexionó sobre cómo irían las operaciones de Lowe y Keeler.
Sonó el aparato de comunicación interior.
- Señor McClane, siento mucho molestarle.
Era la voz de Lowe; McClane quedó como congelado cuando la reconoció. Quedó pasmado y mudo.
- Sucede algo y sería mejor que viniese usted a supervisar la operación. Como anteriormente, Quail reaccionó bien bajo la narquidrina, está inconsciente, relajado, y tiene buena recepción, pero...
McClane salió disparado hacia la zona de trabajo.
Sobre una cama higiénica yacía Douglas Quail respirando lentamente y con regularidad, con los ojos medio cerrados, y casi sin percibir a los que le rodeaban.
-Comenzamos a interrogarle -dijo Lowe, muy pálido - para averiguar exactamente cuándo situar el recuerdo-fantasía de haber salvado a la Tierra. Y cosa extraña...
- Me advirtieron que no lo dijera - murmuró Quail, con voz extrañamente ronca -. Ese fue el convenio. Ni siquiera se suponía que llegara a recordarlo. Pero, ¿Cómo podría olvidar un suceso como aquél?
- «Creo que fue difícil - reflexionó McClane -, pero lo hizo usted... hasta ahora.»
-Incluso me entregaron una especie de pergamino como muestra de gratitud ¬añadió - Lo tengo escondido en mi alojamiento. Se lo enseñaré.
McClane dijo al oficial de la policía, que le había seguido:
- Bien, le sugiero que no le maten. Si lo hacen, «ellos» regresarán.
-También, me entregaron una varilla mágica para curar - añadió con los ojos totalmente cerrados -. Así fue como maté a aquel hombre en Marte. Está en mi cajón, junto con la caja de gusanos y plantas ya resecas.
Sin pronunciar una sola palabra, el oficial de Interplan abandonó la zona de trabajo.
«Lo mejor que podría hacer ahora sería desembarazarme de esos paquetes-prueba», se dijo a sí mismo McClane, resignadamente.
Caminó, lentamente, hacia su despacho, pensando en que, después de todo, también debía desembarazarse de aquella citación del secretario general de las Naciones Unidas...
La verdadera citación probablemente no tardaría mucho tiempo en llegar.

FIN


--> Leer más...

RSS Digg Delicious Twitter Facebook Stumble YouTube Technorati Google

20110510

Coto de caza / Philip K. Dick

El profesor Anthony Douglas se arrellanó en su butaca de cuero rojo y suspiró. Un largo suspiro, mientras se quitaba laboriosamente los zapatos con gran aparato de gruñidos y los enviaba de una patada a un rincón. Enlazó las manos bajo su oronda tripa y se reclinó, con los ojos cerrados.
—¿Cansado? —preguntó Laura Douglas. Apartó la visto por un momento de la cocina y le miró con ternura.
—No lo sabes bien.
Douglas inspeccionó el periódico vespertino, tirado frente a él en el sofá. ¿Valía la pena? No, en realidad no. Buscó los cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta y encendió uno con movimientos perezosos.
—Sí, estoy cansado, ya lo creo. Hemos iniciado una nueva línea de investigación. Un montón de jovencitos brillantes procedentes de Washington nos ha invadido. Maletines y reglas de cálculo.
—No...
—Oh, sigo al mando. —El profesor Douglas dibujó una amplia sonrisa— Ni por asomo. —El humo gris del cigarrillo onduló a su alrededor—. Pasarán años antes de que me lleven la delantera. Tendrán que afinar un poco más sus reglas de cálculo...
Su mujer sonrió y continuó preparando la cena. Quizá se debía a la atmósfera que reinaba en la pequeña ciudad de Colorado. A los sólidos e impasibles picos montañosos que se alzaban en torno suyo. Al aire frío y seco. A los tranquilos ciudadanos. En cualquier caso, las tensiones y dudas que agobiaban a otros miembros de la profesión no parecían afectar a su marido. En los últimos tiempos, gran cantidad de advenedizos agresivos estaban engrosando las filas de los físicos nucleares. La posición de los veteranos, de repente inseguros, se tambaleaba. La nueva horda de jóvenes talentos invadía todas las universidades, departamentos de física y laboratorios. Incluso el Bryant College, tan alejado del mundanal ruido.
Si Anthony Douglas estaba preocupado, jamás lo demostraba. Descansaba plácidamente en su butaca, los ojos cerrados, una sonrisa beatífica en su rostro. Estaba cansado..., pero en paz. Suspiró de nuevo, esto vez más de placer que de cansancio.
—Es verdad —murmuró—. Tengo suficientes años para ser su padre, pero aún les llevo una buena ventaja. Conozco mejor el medio, por supuesto, y...
—Y las teclas que hay que pulsar.
—También. En cualquier caso, creo que saldré bien librado de esa nueva línea recién...
Su voz enmudeció.
¿Qué pasa? —preguntó Laura.
Douglas se incorporó a medias. Había palidecido intensamente. El horror se reflejaba en sus ojos, aferraba con fuerza los brazos de la butaca, su boca se abría y cerraba.
Había un gran ojo en la ventana. Un inmenso ojo que escudriñaba la habitación y le examinaba. El ojo abarcaba toda la ventana.
—¡Santo Dios! —gritó Douglas.
El ojo se retiró. Afuera sólo se veía la penumbra de la noche, las colinas y árboles difuminados, la calle. Douglas se hundió poco a poco en su butaca.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Laura—. ¿Qué has visto? ¿Había algo ahí fuera?
Douglas se retorcía las manos sin cesar y su boca temblaba con violencia.

—Te digo la verdad, Bill. Yo lo vi. Era real. En caso contrario, no lo diría, ya lo sabes. ¿No me crees?
—¿Lo vio alguien más? —preguntó el profesor William Henderson, mientras mordisqueaba el lápiz con aire pensativo. Despejó un poco la mesa, apartó el plato y los cubiertos, y sacó su bloc—. ¿Lo vio Laura?
—No. Estaba vuelta de espaldas.
—¿Qué hora era?
—Hace media hora. Acababa de llegar a casa. Sobre las seis y media. Me había quitado los zapatos, estaba descansando.
Douglas se secó la frente con una mano temblorosa.
—¿Dices que estaba suelto, que no había nada más? ¿Sólo el... ojo?
—Sólo el ojo. Un ojo enorme que me miraba. Me examinaba. Como si...
—¿Como qué?
—Como si mirara por un microscopio.
Silencio.
La mujer de Henderson, una pelirroja, habló desde el otro lado de la mesa.
—Siempre has sido un empírico estricto, Doug. Nunca te he oído decir tonterías, pero esto... Lástima que nadie lo viera.
—¡Claro que nadie lo vio!
—¿Qué quieres decir?
—Esa maldita cosa me estaba mirando a mí. Me estaba estudiando a mí. — Douglas se puso a gritar como un histérico—. ¿Cómo creéis que me siento? ¡Examinado por un ojo grande como un piano! Dios mío, si no fuera tan estable, me habría vuelto loco.
Henderson y su mujer intercambiaron una mirada. Bill, apuesto, de cabello oscuro, diez años más joven que Douglas. Jean Henderson, vivaz, alegre, catedrática de psicología infantil, de rotundos senos, vestida con pantalones y blusa de nilón.
—¿Qué opinas? —le preguntó Bill—. Entra más en tu especialidad.
—Es tu especialidad—bufó Douglas—. No intentes explicarlo como una proyección morbosa. He venido a verte porque eres el jefe del Departamento de Biología.
—¿Crees que es un animal? ¿Un perezoso gigantesco o algo por el estilo?
—Tiene que ser un animal.
—Quizá sea una broma —sugirió Jean—, o un cartel publicitario. El símbolo de un ocultista. Alguien que lo paseó frente a la ventana.
Douglas procuró contenerse.
—El ojo estaba vivo. Me miró. Me inspeccionó. Después, se retiró, como si se apartara de una lente. —Se estremeció—. ¡Os digo que me estaba examinando!
—¿A ti sólo?
—A mí. A nadie más.
—Pareces curiosamente convencido de que te miraba desde arriba —observó Jean.
—Sí, hacia abajo. A mí. Ni más ni menos. —Una extraña expresión asomó al rostro de Douglas—. Ese es, Jean. Como si viniera de arriba.
Movió la mano hacia el techo.
—Quizá era Dios —murmuró Bill, pensativo.Douglas no dijo nada. Palideció y sus dientes castañetearon
.—Tonterías —dijo Jean—. Dios es un símbolo trascendente psicológico que representa fuerzas inconscientes.
—¿Te miraba con aire acusador? —preguntó Bill—. ¿Como si hubieras hecho algo malo?
— No. Con interés. Con considerable interés. —Douglas se levantó
—. He de volver. Laura piensa que estoy sometido a algún tipo de presión. A ella no se lo he dicho, claro. No tiene una mente científica. Sería incapaz de asimilar semejante idea.
—Hasta a nosotros nos cuesta —dijo Bill.Douglas avanzó hacia la puerta, nervioso.
—¿No se os ocurre ninguna explicación? ¿Algún ser considerado extinto, que todavía merodee por estas montañas?
—No hay, que nosotros sepamos. Si me enterara de..
.—Has dicho que miraba desde arriba—interrumpió Jean
— No se había agachado para mirarte. Por lo tanto, no puede ser un animal o un ser terrestre. —Meditó durante unos segundos
—. Tal vez nos están observando.
—A vosotros no —dijo Douglas en tono quejumbroso
—. Sólo a mí.
—Otra raza —añadió Bill
—¿Crees...?—Quizá sea un ojo venido de Marte.
Douglas abrió la puerta principal con cautela y escudriñó el exterior. La noche era muy oscura. Una leve brisa soplaba entre los árboles y sobre la autopista. Apenas vio su coche, un cuadrado negro recortado contra las colinas.
—Si se os ocurre alguna idea, llamadme.
—Tómate un par de fenobarbitales antes de irte al sobre —aconsejó Jean
—Tranquiliza tus nervios. Douglas salió al porche.
—Buena idea. Gracias. — Meneó la cabeza
—A lo mejor me he vuelto loco. Santo Dios. Bien, hasta luego.
Bajó la escalera y se agarró con fuerza al pasamano.
—Buenas noches —se despidió Bill.
La puerta se cerró y la luz del porche se apagó. Douglas se encaminó hacia su coche con cautela. Extendió la mano en la oscuridad, con la intención de palpar la manilla de la puerta. Un paso. Dos pasos. Qué tontería. Un hombre adulto, casi de edad madura, en el siglo XX. Tres pasos. Encontró la puerta, la abrió, se deslizó en el interior a toda prisa y cerró con el seguro. Rezó en silencio una oración de gracias mientras encendía el motor y los faros. Qué estupidez. Un ojo gigantesco. Algún truco. Dio vueltas a la idea en su cabeza. ¿Estudiantes? ¿Bromistas? ¿Comunistas? ¿Un complot para volverle loco? Era un hombre importante. Probablemente, el físico nuclear más importante del país. Y este nuevo proyecto...Dirigió el coche lentamente hacia la silenciosa autopista. Vigiló cada árbol y arbusto mientras el coche aceleraba. Un complot comunista. Algunos estudiantes pertenecían a una organización de izquierdas, una especie de grupo de estudios marxista. Quizá habían planeado...Algo brilló, iluminado por los faros. Algo situado al borde de la autopista. Douglas lo miró, estupefacto. Algo cuadrado, un bloque largo entre las hierbas que crecían junto a la autopista, donde empezaban los grandes árboles oscuros. Brillaba y centelleaba. Disminuyó la velocidad al mínimo.Una barra de oro, tirada junto al borde de la carretera. Era increíble. El profesor Douglas bajó la ventanilla poco a poco y asomó la cabeza. ¿Era de verdad oro? Lanzó una carcajada nerviosa. Probablemente no. Había visto oro a menudo, por supuesto. Y esto parecía oro, aunque tal vez fuera plomo, un lingote de plomo con una capa dorada. Pero... ¿por qué? Una broma. Una tomadura de pelo. Los chicos de la universidad. Habrían visto su coche cuando se dirigía a caso de los Henderson, e intuido que no tardaría en regresar. O... O en realidad era oro. Quizá había pasado un furgón acorazado. Había tomado la curva a demasiada velocidad. El lingote había caído entre las hierbas. En ese caso, había una pequeña fortuna tirada junto al borde de la carretera. Pero era ilegal poseer oro. Tendría que devolverlo al gobierno. Pero ¿no podía quedarse con una simple pieza? Si la devolvía, obtendría alguna recompensa. Varios miles de dólares, probablemente. Un plan demencial pasó por su mente. Apoderarse del lingote, esconderlo en una caja, volar a México, fuera del país. Eric Barnes era el propietario de un Piper Club. No le costaría nada introducirlo en México. Venderlo. Retirarse. Vivir con toda clase de lujos el resto de su vida. El profesor Douglas resopló, irritado. Su deber era devolverlo. Llamar a la Casa de la Moneda de Denver, contarlo todo. O al departamento de policía. Dio marcha atrás hasta situarse junto a la barra. Apagó el motor y salió. Tenía un trabajo que hacer. Como ciudadano ejemplar (y bien sabía Dios que cincuenta pruebas habían demostrado su ejemplaridad), tenía un trabajo que hacer. Buscó una linterna en el tablero de instrumentos. Si alguien había perdido una barra de oro, le correspondía a él...
Una barra de oro. Imposible. Un escalofrío recorrió su cuerpo y atenazó su corazón. Una débil voz le habló con claridad y racionalidad desde el fondo de su cerebro: «¿Quién se marcharía, abandonando un lingote de oro?».
Algo estaba pasando.
El miedo le invadió. Se quedó petrificado, temblando de terror. La autopista, oscura y desierta. Las montañas silenciosas. Estaba solo. Un lugar perfecto. Si querían cogerle...
¿Ellos?
¿Qué?
Paseó la vista a su alrededor. Ocultos entre los árboles, lo más probable. Esperándole. Esperando a que cruzara la autopista, a que dejara la carretera y se internara en el bosque. A que se agachara e intentara coger el lingote. Un golpe veloz en ese momento; con eso bastaría.
Douglas volvió a su coche y encendió el motor. Soltó el freno. El coche saltó hacia adelante y aceleró. Sus manos temblaban. Douglas se aferró con desesperación al volante. Tenía que huir. Escapar antes de que... lo que fuera le atrapara.
Echó un último vistazo por la ventanilla bajada. El lingote seguía en su sitio, todavía centelleaba entre las hierbas que bordeaban la autopista, pero sus contornos eran vagos y el aire oscilaba a su alrededor.
De pronto, el lingote se esfumó. Desapareció. Su brillo se fundió con la oscuridad.
Douglas levantó la visto y contuvo el aliento, aterrorizado.
Sobre él, en el cielo, algo ocultaba las estrellas. Una gran forma, tan enorme que le sorprendió. La sombra se movió, el circulo incorpóreo de una presencia viva, directamente sobre su cabeza.
Un rostro. Un rostro cósmico, gigantesco, le miraba. Como una inmensa luna, que ocultaba todo lo demás. El rostro flotó un instante, fijo en él..., en el lugar que acababa de abandoner. Después, el rostro desapareció y se fundió en la oscuridad, al igual que el lingote.
Las estrellas reaparecieron. Estaba solo.
Douglas se hundió contra el asiento. El coche osciló locamente y se precipitó carretera adelante. Sus manos resbalaron del volante y cayeron a los costados. Se apoderó del volante justo a tiempo.
No cabía la menor duda. Alguien le perseguía. Intentaba apoderarse de él, pero no se trataba de estudiantes bromistas o comunistas. Ni tampoco algún animal que hubiera sobrevivido a lo largo de los siglos.
Fuera lo que fuese, fueran quienes fuesen, no tenía relación con la Tierra. Ello, o ellos, procedía de otro mundo. Su objetivo era capturarle.
A él.
Pero ¿por qué?

Pete Berg escuchaba con atención.
—Continúa—dijo, cuando Douglas se calló.
—Eso es todo. —Douglas se volvió hacia Bill Henderson—. No intentes decirme que estoy loco. Lo vi. Me estaba mirando. No sólo el ojo, sino toda la cara esta vez.
—¿Crees que era la cara a la que pertenecía el ojo? —preguntó Jean Henderson.
—Lo sé. La cara tenía la misma expresión que el ojo. Me estaba examinando.
—Hemos de llamar a la policía—dijo Laura Douglas, con voz tensa—. Esto no puede seguir así. Si alguien le persigue...
—La policía no servirá de nada.
Bill Henderson paseaba arriba y abajo. Era tarde, pasada la medianoche Todas las luces de casa de los Douglas estaban encendidas. En un rincón estaba sentado Milton Erick, jefe del Departamento de Matemáticas, que tomaba nota de todo sin la menor expresión en su rostro arrugado.
—Podemos concluir—dijo el profesor Erick, que hasta hacía un momento sostenía la pipa entre sus dientes amarillentos— que se trata de una raza extraterrestre. Su tamaño y la posición que adoptan indica que no son terrestres.
—¡No pueden estar quietos en el cielo! —estalló Jean—. ¡No hay nada ahí arriba!
—Es posible que existan configuraciones de materia sin ninguna relación con la nuestra. Una coexistencia de sistemas de universos infinita o múltiple, que tiene lugar a lo largo de un plano de coordenadas totalmente inexplicable mediante nuestros términos actuales. En este momento, debido a una yuxtaposición singular de las tangentes, nos encontramos en contacto con una de estas configuraciones.
—Quiere decir que la gente que persigue a Doug no pertenece a nuestro universo —explicó Bill Henderson—. Vienen de otra dimensión muy diferente.
—El rostro fluctuó —murmuró Douglas—. Tanto el lingote como el rostro fluctuaron y desaparecieron.
—Se retiraron —afirmó Bill—. Regresaron a su universo. Por lo visto, entran en el nuestro cuando quieren, a través de una brecha, por así decirlo.
—Es una pena que sean tan grandes —dijo Jean—. Si fueran más pequeños...
—El tamaño juega a su favor —admitió Erick—. Una desgraciada circunstancia.
—¡Estoy harta de cháchara académica! —gritó Laura—. ¡Nos dedicamos a recitar teorías, mientras algo le persigue!
—Esto podría ser la explicación de los dioses —dijo Bill, de repente.
—¿Los dioses?
Bill asintió.
—¿No lo entendéis? En el pasado, estos seres espiaban nuestro universo. Incluso cabe la posibilidad de que penetraran en él. La gente primitiva les veía y no sabía explicar su presencia. Edificaron religiones en torno a ellos. Les rindieron adoración.
—El monte Olimpo—dijo Jean—. ¡Claro! Y Moisés se encontró con Dios en la cumbre del monte Sinai. Nosotros vivimos en lo alto de las Rocosas. Es posible que sólo se produzcan contactos en los lugares elevados. En montañas como éstas.
—Los monjes tibetanos habitan en las zonas más elevadas del planeta —añadió Bill—. En la parte más alta y antigua del mundo. Todas las religiones importantes han sido reveladas en las montañas, y predicadas por personas que vieron a Dios en sus cumbres y bajaron para esparcir la buena nueva.
—Lo que no entiendo es por qué le quieren a él —dijo Laura. Extendió las manos en un gesto de impotencia—. ¿Por qué le han elegido a él?
—Creo que está muy claro.
La expresión de Bill era decidida.
—Explícate —gruñó Erick.
—¿Qué es Doug? El mejor físico nuclear del mundo, más o menos. Trabaja en proyectos de alto secreto, relativos a la fisión nuclear. Investigaciones muy avanzadas. El gobierno protege todo cuanto hace el Bryant College..., porque Douglas trabaja en él.
—Le buscan por sus conocimientos, por sus habilidades. Porque debido a su tamaño en relación a nuestro universo pueden someter nuestras vidas a un escrutinio tan minucioso como el que nosotros llevamos a cabo en nuestros laboratorios de biología a..., bueno, a los cultivos de «sarcina pulmonum». Sin embargo, eso no significa que su cultura sea más avanzada que la nuestra.
—¡Claro! —exclamó Pete Berg—. Quieren los conocimientos de Doug. Quieren arrebatárselos y aplicarlos a su civilización.
—¡Parásitos! dijo Jean—. Siempre han dependido de nosotros, ¿no lo comprendéis? Hombres del pasado que desaparecieron, secuestrados por esos seres. —Se estremeció—. Es posible que consideren la Tierra su territorio de experimentación, en el que las técnicas y el conocimiento avanzan con grandes esfuerzos.... , para que ellos se beneficien.
Douglas se dispuso a replicar, pero las palabras no salieron de su boca. Se quedó rígido en la silla, con la cabeza ladeada.
Alguien gritaba su nombre desde fuera.
Se levantó y avanzó hacia la puerta. Todos le miraron, estupefactos.
—¿Qué pasa? —preguntó Bill—. ¿Qué sucede, Doug'
Laura le cogió del brazo.
Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¡Di algo! ¡Doug!
El profesor Douglas se soltó y abrió la puerta. Salió al porche la Luna brillaba débilmente. Una suave luz bañaba el paisaje
—¡Profesor Douglas!
De nuevo la voz, joven y dulce; la voz de una muchacha.
Una chica se erguía al pie de la escalera, bañada por la luz de la luna. Rubia, de unos veinte años de edad. Vestía una falda a cuadros, un jersey de angora de calor pálido, un pañuelo de seda alrededor del cuello. Agitaba las manos en su dirección con nerviosismo, la expresión de su rostro era casi suplicante.
—Me concede un momento, profesor? Ha sucedido algo terrible...
Su voz enmudeció y se alejó de la casa, en dirección a la oscuridad.
—¿Qué ocurre? —gritó Douglas.
Apenas oyó la voz de la joven. Se alejaba.
Douglas estaba indeciso. Vaciló, y después bajó la escalera a toda prisa en su persecución. La muchacha retrocedió, retorciéndose las manos, su boca sensual deformada por una mueca de desesperación. Sus pechos subían y bajaban debajo del jersey como presa de un terror agónico. La luz de la luna resaltaba cada estremecimiento.
¿Qué paso? —gritó Douglas—. ¿Qué sucede? —Corrió tras ella encolerizado—. ¡Deténgase, por el amor de Dios!
La muchacha se alejaba cada vez más de la casa y de él, en dirección a la gran extensión de césped que señalaba el comienzo del campus. Douglas estaba harto. ¡Maldita chica! ¿Por qué no le esperaba?
—¡Espere un momento! —gritó. Llegó al césped, casi sin aliento—. ¿Quién es usted? ¿Qué demonios...?
Se produjo un relámpago. Un rayo de luz cegadora cayó detrás de él, a pocos metros de distancia, y practicó un hueco humeante en la hierba.
Douglas se detuvo, aturdido. Un segundo rayo cayó delante de él. La ola de calor lo arrojó hacia atrás. Tropezó y estuvo a punto de caer. La muchacha se había parado de repente. Estaba silenciosa e inmóvil, el rostro inexpresivo. Parecía un muñeco de cera que hubiera cobrado vida de súbito.
Pero no tenía tiempo de reflexionar en eso. Dio media vuelta y corrió hacia la casa. Un tercer rayo cayó frente a él. Se desvió hacia la derecha y se lanzó entre los matorrales que crecían cerca de la pared. Se apretó contra el cemento de la casa, jadeante.
El cielo tachonado de estrellas resplandeció levemente. Un breve movimiento. Después, nada. Estaba solo. Los rayos cesaron. Y...
La chica también había desaparecido.
Un señuelo. Una hábil imitación para alejarle de la casa, para obligarle a salir a terreno descubierto y poder dispararle.
Se puso en pie, temblando de pies a cabeza, y rodeó la casa. Bill Henderson, Laura y Berg estaban en el porche, hablaban nerviosamente y le buscaban con la mirada. Vio su coche aparcado en el camino privado. Si conseguía llegar hasta él...
Escrutó el cielo. Sólo estrellas. Ni rastro de ellos. Si podía subir al coche y escapar lejos de las montañas, hacia Denver, que estaba en una zona más baja, quizá se salvaría.
Respiró hondo. Sólo le separaban diez metros del coche. Si conseguía entrar...
Corrió. A toda velocidad. Por el camino particular. Abrió la puerta del coche y saltó dentro. Encendió el motor y quitó el freno con veloces movimientos.
El coche se deslizó hacia adelante. El motor cobró vida. Douglas aplastó el acelerador con violencia. El coche brincó. Laura, en el porche, gritó y bajó la escalera. El rugido del motor apagó su grito y el chillido de Bill.
Un momento después se encontraba en la autopista, huyendo de la ciudad, y tomó la larga y sinuosa carretera que conducía a Denver.
Llamaría a Laura desde Denver. Se reuniría con él. Cogerían el tren que iba al este. A la mierda el Bryant College. Su vida estaba en juego. Condujo durante horas sin detenerse, toda la noche. El sol salió y ascendió poco a poco en el cielo. Se veían más coches en la carretera. Dejó atrás a un par de camiones diesel que progresaban con lentitud y bastantes dificultades.
Empezaba a sentirse algo mejor. Las montañas iban disminuyendo de tamaño, cada vez más lejanas...
A medida que aumentaba el calor, su estado de ánimo se fortalecía. Había cientos de laboratorios y universidades diseminados por el país. No le costaría proseguir trabajo en otro sitio. Una vez fuera de las montañas, no le atraparían.
Disminuyó la velocidad. El depósito de gasolina estaba casi vacío.
A la derecha de la carretera había una gasolinera y un pequeño café. La visión del café le recordó que no había desayunado. Su estómago empezaba a protestar. Había un par de coches aparcados frente al café. Algunas personas estaban sentadas ante la barra.
Salió de la carretera y entró en la gasolinera.
—Lleno —dijo al empleado.
Dejó el coche en punto muerto y salió. La grava estaba caliente. Se le hizo la boca agua. Tostadas, jamón, café humeante...
—¿Puedo dejarlo aquí? —preguntó.
—¿El coche? —El empleado desenroscó la tapa y procedió a llenar el depósito—. ¿Qué quiere decir?
—Haga el favor de llenarlo y aparcarlo. Volveré dentro de unos minutos. Quiero desayunar algo.
—¿Desayunar?
Douglas estaba irritado. ¿Qué le pasaba a aquel tipo? Señaló el café. Un camionero había abierto la puerta mosquitera y estaba de pie en el umbral. Se hurgaba los dientes con aire pensativo. En el interior, la camarera iba de un lado a otro. Percibió el aroma del café, del tocino frito. Sonaba una Rocola. Un sonido cálido, amistoso.
—El café.
El empleado dejó de poner gasolina. Bajó poco a poco la manguera y se volvió hacia Douglas, con una expresión extraña en el rostro.
—¿Qué café?—dijo.
El café tembló y se evaporó de súbito. Douglas reprimió un grito de terror. Donde había estado el café sólo se veía un campo vacío
Hierba pardoverdosa. Algunas latas herrumbradas. Botellas. Desperdicios. Una valla inclinada. A lo lejos, el perfil de las montañas
Douglas intentó serenarse.
—Estoy un poco cansado —murmuró. Subió al coche con movimientos inseguros— . ¿Cuánto le debo?
—Apenas he empezado a llenar el...
—Tome. —Douglas le tendió un billete—. Apártese de mi camino.
Encendió el motor y volvió a la autopista. El atónito empleado se quedó mirándole.
Por poco. Por muy poco. Una trampa. Y casi había caído en ella.
Pero lo más terrorífico no era eso. Había salido de las montañas y continuaban persiguiéndole.
No había servido de nada. No se encontraba más a salvo que anoche. Estaban por todas partes.
El coche devoraba kilómetros. Se estaba acercando a Denver.. ¿Y qué? Daba igual. Aunque cavara un agujero en el Valle de la Muerte y se escondiera dentro, seguiría en peligro. Le perseguían y no iban a rendirse. Eso estaba claro.
Se devanó los sesos, desesperado. Tenía que pensar en algo, en alguna forma de burlarles.
Una cultura parasitaria. Una raza que vivía a costa de los humanos, que se aprovechaba del conocimiento y los descubrimientos humanos. ¿No había dicho eso Bill? Iban en pos de sus conocimientos especializados, únicos, en física nuclear. Le habían elegido a causa de su superioridad sobre los demás colegas. Le perseguirían hasta atraparle. Y luego..., ¿qué?
El terror se apoderó de él. El lingote de oro. El cebo. La muchacha parecía tan real. El café lleno de gente. Incluso los olores: tocino frito, café humeante.
Dios, si fuera una persona normal, inculta, sin nada especial. Si...
El ruido de un reventón. El coche coleó. Douglas blasfemó. Un reventón. Precisamente ahora.
Precisamente...
Douglas frenó el coche en la cuneta. Paró el motor y puso el freno. Permaneció sentado un rato en silencio. Por fin, rebuscó en la chaqueta y sacó un aplastado paquete de cigarrillos. Encendió uno lentamente y bajó la ventanilla para que entrara un poco de aire.
Estaba atrapado, sin duda. No había nada que hacer. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. El reventón era intencionado, por supuesto. Algo en la carretera, esparcido desde arriba. Tachuelas, lo más probable.
La autopista estaba desierta. No se veía ningún coche. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. Denver se encontraba a cuarenta y cinco kilómetros de distancia. No existía la menor posibilidad de llegar allí. Campos llanos y desoladas planicies, le rodeaban.
Nada, excepto la llanura... y el cielo azul.
Douglas escrutó el cielo. No podía verles, pero estaban en algún sitio, esperando a que bajara del coche. Una cultura extraterrestre utilizaría sus conocimientos, sus habilidades. Sería un instrumento en sus manos. Un esclavo, nada más. En cierto modo, era un consuelo. Había sido seleccionado entre todos los miembros de la sociedad. Sus conocimientos y habilidades habían vencido a todos los demás. Algo de calor acudió a sus mejillas. Le habrían estudiado durante cierto tiempo. El gran ojo habría observado a menudo por su telescopio, o microscopio, o lo que fuera. Habría tomado buena nota de su capacidad y comprendido que era un elemento fundamental para su cultura.
Douglas abrió la puerta del coche. Salió y pisó el recalentado pavimento. Tiró el cigarrillo y lo aplastó con calma. Respiró hondo, se estiró y bostezó. Vio las tachuelas, diminutos puntos de luz sobre la superficie del pavimento. Las dos ruedas delanteras estaban deshinchadas.
Algo brilló sobre él. Douglas esperó, inmóvil. Ahora que había llegado el momento, ya no tenía miedo. Contempló la escena con una especie de curiosidad indiferente. La cosa aumentó de tamaño. Creció y se expandió sobre su cabeza. Vaciló un momento. Después, descendió.
Douglas no se movió cuando la enorme red cósmica se cerró sobre él. Las cuerdas le apretaron cuando la red se alzó. Subió hacia el cielo, pero estaba tranquilo, en paz, sin nada de miedo.
¿Por qué iba a tener miedo? Seguiría con el mismo trabajo de siempre. Echaría de menos a Laura y la universidad, desde luego, la comunidad intelectual de la facultad, los rostros alegres de los estudiantes, pero también encontraría buena compañía allí arriba. Personas con quien trabajar. Mentes disciplinadas con las cuales comunicarse.
La red subía cada vez con mayor rapidez. El suelo retrocedía con celeridad. La Tierra pasó de ser una superficie plana a un globo. Douglas contempló todo con interés profesional. Sobre la intrincada tela de la red distinguió el contorno del otro universo, del nuevo mundo hacia el cual se dirigía.
Formas. Dos enormes sombras acuclilladas. Dos figuras increíblemente gigantescas agachadas. Una tiraba de la red. La otra miraba y sujetaba algo en la mano. Un paisaje. Sombras difusas, demasiado inmensas para que Douglas las abarcara.
Captó un pensamiento.
Por fin. Cuántas dificultades.
Valía la pena, pensó el otro ser.
Los pensamientos atronaron en su cabeza. Poderosos pensamientos, procedentes de mentes inmensas.
Yo tenía razón. El más gordo. ¡Menuda presa!
¡Pesará sus buenos veinticuatro ragets!
¡Por fin!
De pronto, la compostura de Douglas le abandonó. Un escalofrío de horror recorrió su mente. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué querían decir?
Entonces, le tiraron de la red. Cayó. Algo se acercó. Una superficie plana, brillante. ¿Qué era?
Cosa curiosa, se parecía muchísimo a una sartén.
--> Leer más...

RSS Digg Delicious Twitter Facebook Stumble YouTube Technorati Google

20110326

Visita a un planeta extraño

El sol de última hora de la tarde brillaba cegador y caliente, un gran orbe tembloroso en el cielo. Trent se detuvo un momento para recuperar la respiración. En el interior de su casco forrado de plomo, su rostro estaba goteando sudor, gota tras gota de pegajosa humedad que le empañaba el visor y le atragantaba.

Se cambió de hombro la bolsa de emergencia y se subió el cinto de la pistola. Sacó un par de tubos agotados de su tanque de oxígeno y los descartó tirándolos entre las hierbas. Los tubos rodaron y desaparecieron, perdidos en los interminables montones de hojas y matorrales verde rojizos.

Trent comprobó el contador, vio que la lectura era lo bastante baja, y se echó hacia atrás el casco durante un precioso momento.

El aire fresco llenó su boca y nariz. Inspiró profundamente, llenándose los pulmones. El aire olía bien... denso y húmedo y repleto del aroma de las plantas. Exhaló e inspiró nuevamente.

A su derecha se alzaba una gran columna de matorrales color naranja, envolviendo un inestable pilar de cemento. Por todo el llano paisaje se veía una gran extensión de hierba y árboles. En la distancia, una masa de vegetación se alzaba como una pared, una jungla de enredaderas, insectos, flores y matorrales que tendría que atomizar mientras avanzaba lentamente.

Dos inmensas mariposas danzaron pasando junto a él. Grandes formas frágiles, multicolores, que volaron erráticamente a su alrededor, alejándose luego. Por todas partes había vida: bichos y plantas y los animalillos de la espesura, una zumbante jungla de vida por todas partes. Trent suspiró y volvió a colocarse el casco. A lo más que se atrevía era a un par de inspiraciones.

Incrementó el flujo de oxígeno de su tanque y luego alzó el transmisor a sus labios. Lo tuvo un momento en emisión:

- Trent. Probando con el monitor de la Mina. ¿Me oís?

Un momento de estática y silencio. Luego, una débil y fantasmal voz:

- Adelante, Trent. ¿Dónde infiernos estás?

- Sigo yendo hacia el norte. Tengo ruinas delante. Quizá deba dar un rodeo. Parecen muy espesas.

- ¿Ruinas?

- Probablemente Nueva York. Comprobaré con el mapa.

La voz sonaba ansiosa:

- ¿Has encontrado algo?

- Nada. Al menos por el momento. Daré una vuelta e informaré dentro de una hora - Trent contempló su reloj -. Son las tres y media. Os llamaré antes del anochecer.

La voz dudó:

- Buena suerte. Espero que encuentres algo. ¿Qué tal su suministro de oxígeno?

- Bien.

- ¿Alimentos?

- Tengo bastantes. Quizá encuentre algunas plantas comestibles.

- ¡No corras ningún riesgo!

- No lo haré - Trent apagó el transmisor y lo volvió a colgar de su cinto -. No lo haré - repitió. Sacó su atomizadora, se volvió a colgar la bolsa de emergencia e inició de nuevo el camino, con sus pesadas botas forradas de plomo hundiéndose profundamente en el lujuriante follaje y en el humus de debajo del mismo.

Era poco después de las cuatro cuando los vio. Salieron de la jungla que los rodeaba. Eran dos, machos jóvenes: altos y delgados, y de un color azul grisáceo córneo parecido a la ceniza. Uno de ellos alzó su mano en saludo. Seis o siete dedos, con articulaciones extra.

- Tardes - trompeteó.

Trent se detuvo de inmediato. Su corazón retumbó.

- Buenas tardes.

Los dos jóvenes se le acercaron lentamente. Uno llevaba un hacha; un hacha para cortar follaje. El otro llevaba únicamente sus pantalones y los restos de una camisa de lona. Tenían casi dos metros y medio de altura, sin carne: huesos y ángulos duros y grandes ojos curiosos, con gruesos párpados. También había cambios internos, un metabolismo y una estructura celular radicalmente distintas, la habilidad para utilizar sales radiactivas, un sistema digestivo alterado. Ambos contemplaban a Trent con interés... con creciente interés.

- Oiga - dijo uno -. Usted es un ser humano.

- Así es - dijo Trent.

- Mi nombre es Jackson - el joven extendió su delgada mano azul córneo y Trent la estrechó torpemente. La mano se notaba frágil bajo su guante forrado de plomo. Su propietario añadió -: Mi amigo es Earl Potter.

Trent le estrechó la mano a Potter.

- Saludos - dijo Potter. Hizo una mueca con sus deformes labios -. ¿Podemos mirar su equipo?

- ¿Mi equipo? - repitió Trent.

- Su arma y equipo. ¿Qué es lo que lleva en el cinturón? ¿Y ese tanque?

- Transmisor... oxígeno - Trent les mostró el transmisor -. A pilas. Con un radio de ciento cincuenta kilómetros.

- ¿Es usted de un campo? - preguntó rápidamente Jackson.

- Sí. Allá en Pennsylvania.

- ¿Cuántos?

Trent, se alzó de hombros.

- Un par de docenas.

Los gigantes de piel azulada se mostraron fascinados.

- ¿Cómo han sobrevivido ustedes? A Penn le dieron duro, ¿no? Los estanques deben ser profundos por allí.

- Minas - explicó Trent -. Nuestros antepasados se metieron muy abajo en las minas de carbón cuando comenzó la Guerra. Así dicen los archivos. Estamos bastante bien instalados. Hacemos crecer nuestra propia comida en tanques. Tenemos unas pocas máquinas, bombas, compresores y generadores eléctricos. Algunos tornos manuales.

No mencionó que ahora los generadores tenían que ser puestos en marcha a mano, y que solo la mitad de los tanques seguían operando. Tras trescientos años, el metal y el plástico no servían de gran cosa; a pesar de los continuos arreglos y reparaciones. Todo se estaba desgastando, rompiendo.

- Oiga - dijo Potter -, esto deja como un tonto a Dave Hunter.

- ¿Dave Hunter?

- Dave dice que ya no hay ningún verdadero humano - explicó Jackson. Palpó con curiosidad el casco de Trent -. ¿Por qué no viene de vuelta con nosotros? Tenemos una colonia cerca de aquí... solo a una hora, más o menos, en el tractor: nuestro tractor de caza. Earl y yo estábamos cazando conejos flap-flap.

- ¿Conejos flap-flap?

- Conejos voladores. Buena carne, pero difíciles de cazar... pesan unos doce kilos.

- ¿Con qué los cazan? No será con el hacha.

Potter y Jackson se echaron a reír.

- Mire esto - Potter se sacó un largo tubo de latón de los pantalones. Lo llevaba en el interior de la pernera, a lo largo de su delgadísima pierna.

Trent examinó el tubo. Estaba hecho a mano. Latón blando cuidadosamente trabajado y enderezado. Un extremo tenía forma de boquilla. Miró su interior. Una pequeña aguja metálica estaba alojada en una masa de material transparente.

- ¿Cómo funciona? - preguntó.

- Lo lanza uno, como si se tratase de una cerbatana. Pero una vez el dardo-b está en el aire, sigue siempre a su objetivo. Tiene que suministrársele el impulso inicial. - Potter se echó a reír -. Yo lo suministro. Un gran soplido.

- Interesante. - Trent le devolvió el tubo. Con elaborado descuido, estudiando los dos rostros azul gris, preguntó -: ¿Soy el primer humano al que han visto?

- Así es - dijo Jackson -. Al Viejo le encantará recibirle. - Había ansiedad en su voz -. ¿Qué me dice? Nos ocuparemos de usted. Lo alimentaremos, le traeremos plantas y animales no radiactivos. ¿Qué le parecería pasar aquí una semana?

- Lo lamento - dijo Trent -. Tengo otro trabajo que hacer. Si paso por aquí de regreso...

Los córneos rostros mostraron desencanto.

- ¿Ni siquiera menos tiempo? ¿Esta noche? Le daremos mucha comida sin radiactividad. Tenemos un excelente desirradiador que el Viejo arregló.

Trent se golpeó el tanque.

- Voy corto de oxígeno. ¿No tendrán un compresor?

- No. No lo necesitamos para nada. Pero quizá el Viejo podría...

- Lo lamento - Trent se puso en marcha -. Tengo que seguir. ¿Están seguros de que no hay humanos en esta región?

- Creíamos que ya no quedaba ninguno en parte alguna. Se oyen rumores de vez en cuando. Pero usted es el primero que vemos - Potter señaló hacia el oeste -. Hay una tribu de rodadores en esa dirección - luego señaló vagamente hacia el sur -. Un par de tribus de insectos.

- Y algunos corredores.

- ¿Los ha visto?

- Vengo de esa dirección.

- Y hacia el norte hay algunos de los subterráneos... esos ciegos y perforadores - Potter hizo una mueca -. No puedo soportarlos, con sus galerías y perforaciones. Pero qué infiernos - sonrió -, cada uno tiene su forma de vida.

- Y hacia el este - añadió Jackson -, donde comienza el océano, hay una gran cantidad de la especie tortuga: el tipo submarino. Nadan por allí, usan esos grandes domos con aire y tanques... A veces salen de noche... Mucha gente sale de noche. Nosotros aún seguimos viviendo de día - se acarició su córnea piel azul grisáceo -. Esto filtra muy bien la radiación.

- Lo sé - dijo Trent -. Hasta la vista.

- Buena suerte - lo contemplaron irse, con sus ojos de gruesos párpados muy abiertos aún por el asombro, mientras el ser humano se abría camino lentamente por la lujuriosa vegetación verde, con su traje de metal y plástico brillando débilmente a la menguante luz del sol.



La tierra estaba viva, repleta de movimiento. Plantas, animales e insectos en una confusión desordenada. Seres diurnos, seres nocturnos, seres terrestres y acuáticos, de formas y en número increíbles que nunca habían sido catalogados y que probablemente jamás lo serían.

Al final de la Guerra, cada centímetro cuadrado de la superficie era radiactivo. Todo ser vivo sometido a rayos beta y gamma. La mayor parte de la vida murió..., pero no toda. Las radiaciones fuertes produjeron mutaciones: a todos los niveles, insectos, plantas y animales. El proceso normal de mutación y selección fue acelerado millones de años en segundos.

Esa descendencia alterada llenaba la Tierra. Una gigantesca horda brillante de seres saturados de radiación. En este mundo, solo aquellas formas de vida que podían usar un suelo radiactivado y respirar aire cargado de partículas podían sobrevivir. Insectos, animales y hombres que podían vivir en un mundo cuya superficie brillaba de noche.

Trent consideró esto hoscamente, mientras se abría paso por la calurosa jungla, quemando con gran experiencia los matorrales y enredaderas con su atomizadora. La mayor parte de los océanos se volatilizaron. Y el agua seguía cayendo aún, empapando el suelo con torrentes de caliente humedad. Aquella jungla estaba mojada... mojada, caliente y llena de vida. A su alrededor correteaban y producían ruidos muchos seres vivos. Apretó con fuerza su atomizadora, y siguió adelante.

El sol se estaba poniendo. Estaba comenzando a ser de noche. Una hilera de recortadas colinas se alzaba frente a él, a lo lejos, a la violácea luz. La puesta de sol iba a ser muy hermosa: a causa de las partículas en suspensión, partículas que aún flotaban desde las explosiones iniciales, hacía siglos.

Se detuvo un momento para mirar. Había recorrido un largo camino. Estaba cansado... y descorazonado.

Los gigantes de piel azul córneo eran una típica tribu mutante. Sapos, se los llamaba. A causa de su piel, ya que se parecía a la de los sapos córneos del desierto. Con sus órganos internos alterados para utilizar las plantas y el aire radiactivos, vivían fácilmente en un mundo en el que él solo podía sobrevivir con su traje forrado de plomo, visor polarizado, tanque de oxígeno, y píldoras de alimentos especiales no irradiados hechos crecer bajo tierra en la Mina.



La Mina... era hora de llamar de nuevo. Alzó su transmisor.

- Trent comprobando de nuevo - murmuró. Se lamió los resecos labios. Tenía hambre y sed. Quizá pudiera encontrar un sitio relativamente «frío», libre de radiación. Quitarse el traje durante un cuarto de hora y lavarse. Librarse del sudor y la suciedad.

Llevaba dos semanas caminando, encerrado en aquel caliente y pegajoso traje forrado de plomo, parecido al de un buzo. Mientras, a su alrededor, incontables formas de vida correteaban y saltaban, sin que les molestasen los mortíferos estanques de radiación.

- Mina - respondió la débil y lejana voz.

- Ya estoy harto por hoy. Me voy a parar a comer y descansar. Basta hasta mañana.

- ¿No hubo suerte? - fuerte desencanto.

- No.

Silencio. Luego:

- Bueno. Quizá mañana.

- Quizá. He encontrado una tribu de sapos. Unos machos jóvenes muy amables, de dos metros y medio de alto - la voz de Trent sonaba amarga -. Caminando por ahí sin más que camisas y pantalones. Con los pies descalzos.

El monitor de la Mina se mostraba desinteresado.

- Lo sé. Tienen suerte. Bueno, duerme algo y llámame mañana por la mañana. Ha llegado un informe de Lawrence.

- ¿Dónde está?

- Hacia el oeste. Cerca de Ohio. Caminando a buen ritmo.

- ¿Algún resultado?

- Tribus de rodadores, insectos y el tipo horadador que sale de noche... esas cosas blancas y ciegas.

- Gusanos.

- Sí, gusanos. Nada más. ¿Cuando volverás a informar?

- Mañana - dijo Trent. Desconectó y se colgó el transmisor del cinto.

Mañana. Contempló la distante hilera de colinas a la luz del anochecer. Cinco años. Y siempre... mañana. Era el último de una larga procesión de hombres enviados al exterior. Llevando preciosos tanques de oxígeno, píldoras alimenticias y una pistola atomizadora. Malgastando sus últimas reservas en una inútil exploración de las junglas.

¿Mañana? Algún mañana, no muy lejano, ya no quedarían más tanques de oxígeno ni píldoras alimenticias. Los compresores y las bombas habrían dejado definitivamente de funcionar. Estropeados para siempre. La Mina quedaría muerta y silenciosa. A menos que establecieran contacto muy pronto.

Se puso en cuclillas, y comenzó a pasar su contador por la superficie, buscando un lugar «frío» en el que desnudarse. Cayó dormido.



- Miradlo - dijo una lejana y débil voz. La conciencia le regresó en una oleada. Trent se despertó sobresaltado, echando mano a su atomizador. Era por la mañana. La grisácea luz solar se filtraba por entre los árboles. A su alrededor se movían unas figuras.

¡Su atomizador... había desaparecido!

Trent se sentó, completamente despierto. Las figuras eran vagamente humanas... pero no mucho. Insectos.

- ¿Dónde está mi arma? - preguntó Trent.

- Tómeselo con calma - un insecto avanzó, con los otros detrás. Hacía frío. Trent se estremeció. Se puso torpemente en pie, mientras los insectos formaban un círculo a su alrededor -. Se lo devolveremos.

- Dénmelo ya - estaba envarado y frío. Se colocó bien el casco y se apretó el cinto. Sentía escalofríos y se estremecía. Las hojas y enredaderas goteaban. Notaba el suelo blando bajo sus pies.

Los insectos conferenciaron. Había diez o doce de ellos. Extraños seres, más parecidos a insectos que a hombres. Tenían caparazones de gruesa y brillante quitina, ojos multifacetados. Nerviosas y vibrátiles antenas mediante las cuales detectaban la radiación.

Su protección no era perfecta. Una dosis fuerte, y estaban acabados. Sobrevivían mediante la detección y una inmunidad parcial. Su comida era tomada indirectamente, primero digerida por pequeños animales de sangre caliente y luego tomada como materia fecal, que ya no tenía partículas radiactivas.

- Es usted un humano - dijo un insecto. Su voz era aguda y metálica. Los insectos eran asexuados, al menos aquellos. Existían otros dos tipos, zánganos machos y una Madre. Aquellos eran guerreros neutros, armados con pistolas y hachas para la vegetación.

- Así es - dijo Trent.

- ¿Qué está haciendo aquí? ¿Hay más como usted?

- Unos cuantos.

Los insectos conferenciaron de nuevo, con sus antenas agitándose locamente. Trent esperó. La jungla estaba comenzando a agitarse con vida. Contempló una masa similar a la gelatina fluyendo hacia arriba por el costado de un árbol hasta llegar a las ramas, con un mamífero semidigerido visible en su interior. Algunas polillas diurnas pasaron revoloteando. Las hojas se agitaron cuando algunos animalillos subterráneos perforaron alejándose de la luz.

- Venga con nosotros - dijo un insecto. Hizo una seña a Trent para que fuera hacia adelante -. Vamos.

Trent lo siguió de mala gana. Caminaron a lo largo de un estrecho sendero, cortado recientemente por las hachas. Las primeras ramas y hojas de la jungla estaban ya creciendo de nuevo.

- ¿Adónde vamos? - preguntó Trent.

- Al Montículo.

- ¿Por qué?

- No le importa.

Contemplando como los insectos caminaban, Trent casi no podía creer que habían sido en algún tiempo seres humanos. O al menos sus antepasados. A pesar de su fisiología increíblemente alterada, los insectos tenían una mentalidad similar a la suya. Su estructura tribal era parecida a la de los estados orgánicos humanos: el comunismo y el fascismo.

- ¿Puedo preguntarle una cosa? - dijo Trent.

- ¿El qué?

- ¿Soy el primer ser humano que han visto? ¿No hay otros por aquí?

- Ya no.

- ¿Hay informes de colonias humanas por algún lugar?

- ¿Por qué?

- Simple curiosidad - dijo ceñudo Trent.

- Es usted el único - el insecto parecía complacido -. Tendremos una bonificación por esto. Por capturarle. Hay un premio permanente. Nadie lo había ganado antes.

También allí querían un humano. Un humano llevaba consigo una valiosa gnosis, una carga de tradición que los mutantes necesitaban incorporar a sus tambaleantes estructuras sociales. Necesitaban contacto con el pasado. Un ser humano era un brujo, un sabio que podía instruir y enseñar. Enseñar a los mutantes como había sido la vida, como habían actuado y vivido, y que aspecto habían tenido sus antepasados.

Una valiosa posesión para cualquier tribu... especialmente si no existía ningún otro ser humano en la región.

Trent maldijo profusamente. ¿Ninguno? ¿Nadie más? Tenía que haber otros seres humanos... en algún lugar. Si no al norte, hacia el este. Europa, Asia, Australia. En algún lugar, en algún punto del globo. Humanos, con herramientas y máquinas y equipos. La Mina no podía ser la única colonia, el único resto del verdadero hombre. Valiosas curiosidades... condenadas cuando se quemasen sus compresores y se secasen sus tanques de alimento.

Si no tenía suerte pronto...

Los insectos se detuvieron, escuchando. Sus antenas se agitaban suspicaces.

- ¿Qué pasa? - preguntó Trent.

- Nada - volvieron a ponerse en marcha -. Por un momento...

Un destello. Los insectos que abrían la marcha desaparecieron. Un apagado trueno los sacudió.

Trent cayó al suelo. Luchó, enredado en la pegajosa vegetación. A su alrededor los insectos luchaban locamente. Se peleaban con pequeños seres peludos que disparaban rápida y eficientemente sus armas, y que, a corta distancia, pateaban y rasgaban con sus inmensas patas.

Corredores.

Los insectos estaban perdiendo. Se retiraron, retrocediendo por el sendero, desperdigándose por la jungla. Los corredores saltaron tras ellos, impulsándose con sus poderosas patas traseras, como canguros. El último insecto desapareció. Se apagaron los ruidos.

- De acuerdo - dijo un corredor. Se detuvo para respirar, irguiéndose -. ¿Dónde está el humano?

Trent se puso lentamente en pie.

- Aquí.

Los corredores le ayudaron. Eran pequeños, de no más de un metro veinte. Redondos y gruesos, cubiertos por espesas pieles. Pequeños rostros bienhumorados lo contemplaban con preocupación. Ojos como cuentas, narices temblorosas y grandes patas de canguro.

- ¿Está bien? - preguntó uno. Le ofreció a Trent su cantimplora de agua.

- Estoy bien - Trent apartó la cantimplora -. Se llevaron mi atomizador.

Los corredores buscaron por los alrededores. No se veía por ninguna parte el atomizador.

- Déjenlo correr - Trent agitó la cabeza, atontado, tratando de coordinar sus pensamientos -. ¿Qué pasó? ¿Esa luz?

- Una granada - los corredores se hincharon de orgullo -. Tendimos un cable a lo ancho del sendero, atado al seguro.

- Los insectos controlan la mayor parte de esta área - dijo otro -. Tenemos que abrirnos camino luchando - de su cuello colgaban unos prismáticos. Los corredores iban armados con pistolas de balas y cuchillos -. ¿Es usted realmente un ser humano? - preguntó un corredor -. ¿De la especie original?

- Así es - murmuró Trent, con voz algo temblorosa.

Los corredores estaban asombrados. Sus ojos como cuentas se hicieron más grandes. Tocaron su traje de metal, su visor. Su tanque de oxígeno y su bolsa. Uno se acurrucó y con aire experto siguió el circuito de su aparato transmisor.

- ¿De dónde viene usted? - preguntó el líder con su voz parecida a un profundo ronroneo -. Es usted el primer ser humano que vemos en meses.

Trent se atragantó.

- ¿En meses? Entonces...

- No hay ninguno por aquí. Venimos del Canadá. De alrededor de Montreal. Hay una colonia humana allá.

Trent tenía la respiración alterada.

- ¿A una distancia que se pueda hacer caminando?

- Bueno, nosotros la hemos cubierto en un par de días. Pero vamos bastante deprisa - el corredor contempló dubitativo las piernas, recubiertas de metal, de Trent -. No sé, a usted tal vez le cueste más.

Humanos. Una colonia humana.

- ¿Cuántos? ¿Una colonia grande? ¿Avanzada?

- Es difícil recordar. Vi su colonia en una ocasión. En las profundidades de la tierra... Niveles, células. Les cambiamos algunas plantas «frías» por sal. Pero eso fue hace mucho.

- ¿Estaban muy desarrollados? ¿Tenían herramientas... maquinaria? ¿Compresores? ¿Tanques alimenticios que funcionasen?

El corredor se agitó inquieto.

- De hecho, quizá ya no estén allí.

Trent se quedó helado. El miedo lo atravesó como un cuchillo.

- ¿Quizá ya no estén allí? ¿Qué es lo que quiere decir?

- Quizá se hayan ido.

- Ido, ¿a dónde? - la voz de Trent sonaba apagada -. ¿Qué les pasó?

- No lo sé - dijo el corredor -. No sé lo que les pasó. Nadie lo sabe.



Siguió hacia adelante, apresurándose frenéticamente en dirección norte. La jungla dio paso a un bosque terriblemente frío. Grandes árboles silenciosos por todos lados. El aire era seco y tenue.

Estaba exhausto, y solo le quedaba un tubo de oxígeno en el tanque. Después de eso tendría que sacarse el casco. ¿Cuánto tiempo duraría? La primera lluvia le llevaría partículas letales a los pulmones. O el primer viento fuerte que llegase del océano.

Se detuvo, jadeando. Había llegado a lo alto de una larga ladera. Al fondo se extendía una llanura, cubierta de árboles, una extensión de un verde oscuro casi marrón. Aquí y allá brillaba un punto blanco. Algún tipo de ruinas. Una ciudad humana había estado allí hacía tres siglos.

Nada se movía... ningún signo de vida. Ningún signo por parte alguna.

Trent bajó la ladera. A su alrededor, el bosque estaba en silencio. Una sensación opresiva lo llenaba todo. Hasta faltaba el habitual ruido de los animalillos. Animales, insectos, hombrees... todo había desaparecido. La mayor parte de los corredores habían emigrado hacia el sur. Los animalillos probablemente habían muerto. ¿Y los hombres?

Llegó a las ruinas. Aquella había sido una gran ciudad en otro tiempo. Probablemente los hombres habían bajado a los refugios antiaéreos, las minas y los metros. Después habían agrandado sus cámaras subterráneas. Durante trescientos años los hombres, verdaderos hombres, habían sobrevivido, viviendo bajo la superficie, usando trajes forrados de plomo cuando salían afuera, haciendo crecer comida en tanques, filtrando su agua, comprimiendo aire libre de partículas. Protegiendo sus ojos contra la cegadora luz del brillante sol.

Y ahora... nada.

Alzó el transmisor.

- Mina - dijo secamente -. Soy Trent.

El transmisor carraspeó débilmente. Pasó largo tiempo antes de que respondiesen. La voz era débil y distante, casi perdida en la estática.

- ¿Y bien? ¿Los encontraste?

- Se han ido.

- Pero...

- Nada. Nadie. Completamente abandonado. - Trent se sentó en un muñón de cemento. Su cuerpo estaba muerto. Se le había escapado toda la vida -. Estuvieron aquí recientemente. Las ruinas no están cubiertas. Deben haberse ido en las últimas semanas.

- No tiene sentido. Mason y Douglas están en camino. Douglas tiene el tractor. Debería llegar ahí en un par de días. ¿Cuanto te durará el oxígeno?

- Veinticuatro horas.

- Le diremos que se apresure.

- Lamento no tener más que informar. Algo mejor - la amargura inundó su voz -. Después de todos esos años... Estuvieron aquí todo el tiempo, y ahora que finalmente llegamos hasta ellos...

- ¿Alguna pista? ¿Puedes saber lo que les pasó?

- Miraré - Trent se puso pesadamente en pie -. Si encuentro algo, informaré.

- Buena suerte - la débil voz se perdió en la estática -. Estaremos a la espera.

Trent devolvió el transmisor a su cinto. Alzó la vista al cielo gris. Era tarde, casi de noche. El bosque era hosco y ominoso.

Un débil manto de nieve estaba cayendo silenciosamente sobre la vegetación color marrón, ocultándola bajo una capa blanca. Nieve mezclada con partículas. Polvo mortal... que aún caía, después de trescientos años.

Encendió la lámpara de su casco. El haz iluminó un pálido círculo frente a él, entre los árboles, entre las derruidas columnas de cemento, los montones de vigas oxidadas. Entró en las ruinas.

En su centro halló las torres e instalaciones. Grandes pilares entrelazados con andamiajes de tubo, aún brillantes. Túneles que se abrían a las profundidades y parecían estanques oscuros... túneles desiertos y silenciosos. Miró al interior de uno, iluminándolo con la luz de su casco. El túnel bajaba recto, hundiéndose en el corazón de la tierra. Pero estaba vacío.

¿Adónde habían ido? ¿Qué les había pasado? Trent caminó atontado. Allí habían vivido seres humanos, allí habían trabajado, sobrevivido. Habían subido a la superficie. Podía ver los vehículos con cabezas excavadoras aparcados entre las torres, ahora grisáceos por la nieve nocturna. Habían subido y luego... se habían ido.

¿Adónde?

Se sentó bajo la protección de una columna derruida y encendió la calefacción. Su traje se calentó, con un lento y rojizo calor que le hizo sentirse mejor. Examinó el contador: el área estaba «caliente». Si quería comer y beber, tendría que irse a otro lugar.



Estaba cansado. Demasiado cansado para caminar. Se quedó sentado, descansando, hecho un ovillo, con la luz de su casco iluminando un círculo de nieve gris frente a él. La nieve caía silenciosamente encima suyo, y al final quedó cubierto, una masa gris sentada junto al derruido cemento. Tan silencioso e inmóvil como las torres y los andamiajes que lo rodeaban.

Se adormiló. Su calefacción zumbaba suavemente. A su alrededor se alzó un vientecillo, levantando la nieve, lanzándola contra él. Se deslizó un poco hacia adelante, hasta que su casco de metal y plástico quedó apoyado contra el cemento.

Hacia medianoche se despertó. Se irguió, repentinamente alerta. Había algo... un ruido. Escuchó.

A lo lejos, un rugido apagado.

¿Douglas en el tractor? No, aún no... aún pasarían dos días. Se puso en pie, desparramando la nieve. El rugido estaba creciendo, haciéndose más fuerte. Su corazón comenzó a martillear locamente. Miró a su alrededor, con su haz de luz brillando entre la noche.

El suelo se estremeció, vibrando a su través, haciendo tabletear su tanque de oxígeno casi vacío. Alzó la vista al cielo... y se le quedó la boca abierta.

Una estela encendida rasgaba el cielo, incendiando la oscuridad de la madrugada. De un color rojo oscuro, y haciéndose más grande a cada segundo. La contempló, sin cerrar la boca.

Algo estaba bajando... aterrizando.

Un cohete.

El largo casco metálico resplandecía a la luz del sol de la mañana. Los hombres estaban trabajando atareadamente, cargando equipo y suministros. Por los túneles corrían vehículos, trayendo materiales desde los niveles subterráneos hasta la nave que esperaba. Los hombres trabajaban cuidadosa y eficientemente, cada uno enfundado en su traje de metal y plástico, en su escudo, cuidadosamente cerrado, de plomo.



- ¿Cuántos hay en su Mina? - preguntó suavemente Norris.

- Unos treinta - los ojos de Trent estaban clavados en la nave -. Treinta y tres, incluyendo los que están fuera.

- ¿Fuera?

- Explorando. Como yo. Un par están de camino hacia aquí. Deberían llegar pronto. A última hora de hoy, o mañana.

Norris tomó unas notas en su bloc.

- Podremos llevar unos quince con esta carga. Recogeremos al resto la próxima vez. ¿Pueden resistir una semana más?

- Sí.

Norris lo contempló con curiosidad.

- ¿Cómo nos encontró? Hay mucho trecho desde Pennsylvania. Estamos haciendo nuestros últimos viajes. Si hubiera venido un par de días más tarde...

- Unos corredores me guiaron hasta aquí. Dijeron que ustedes se habían ido. Pero no sabían donde.

Norris se echó a reír.

- Nosotros tampoco sabíamos donde.

- Pero deben estar llevando todo esto a algún lugar. Esta nave... Es vieja, ¿no? ¿Reparada?

- Originalmente era algún tipo de bomba. La localizamos y la reparamos... trabajábamos en ella de tiempo en tiempo. No estábamos seguros de lo que queríamos hacer. Aún no lo estamos. Pero sabemos que tenemos que irnos.

- ¿Irnos? ¿Irnos de la Tierra?

- Naturalmente - Norris le hizo una seña para que fuera hacia la nave. Subieron por la rampa hasta una de las compuertas. Norris señaló hacia abajo -. Mire ahí... esos hombres cargando.

Los hombres casi habían acabado. Los últimos vehículos estaban medio vacíos, trayendo los últimos restos de los subterráneos, libros, discos, cuadros, artefactos... los restos de una cultura. Una multitud de objetos representativos metidos en la bodega de la nave para ser llevados lejos de la Tierra.

- ¿Adónde? - preguntó Trent.

- De momento a Marte. Pero no nos vamos a quedar allí. Probablemente seguiremos más lejos, hacia las lunas de Júpiter y Saturno. Quizá Ganímedes nos convenga. Y si no Ganímedes, alguna otra. En el peor de los casos nos podemos quedar en Marte. Es bastante seco y árido, pero no es radiactivo.

- ¿No tenemos ninguna posibilidad aquí... no hay forma en que limpiar las áreas radiactivas? Si pudiéramos enfriar la Tierra, neutralizar las nubes «calientes» y...

- Si hiciéramos eso - dijo Norris -, todos ellos morirían.

- ¿Ellos?

- Los rodadores, corredores, gusanos, sapos, insectos... todos los demás. Las innumerables variedades de la vida. Las innumerables formas adaptadas a esta Tierra... esta Tierra «caliente». Estas plantas y animales utilizan los metales radiactivos. Esencialmente, la nueva base de la vida es una asimilación de las sales metálicas «calientes», sales que son absolutamente mortíferas para nosotros.

- Pero, aún así...

- Aun así, realmente no es nuestro mundo.

- Somos los verdaderos humanos - replicó Trent.

- Ya no. La Tierra está viva, repleta de vida. Crece locamente... en todas direcciones. Somos una forma, una forma vieja. Para vivir aquí tendríamos que restaurar las viejas condiciones, los viejos factores, el equilibrio que había hace trescientos cincuenta años. Un trabajo colosal. Y, si lo lográsemos, si consiguiésemos enfriar la Tierra, no quedaría nada de todo esto.

Norris señaló al gran bosque marrón. Y, tras él, hacia el sur, al inicio de la húmeda jungla que continuaba ininterrumpidamente hasta el estrecho de Magallanes.

- En cierta manera, es lo que nos merecemos. Nosotros hicimos la guerra. Nosotros cambiamos la Tierra. No la destruimos... la cambiamos. La hicimos tan diferente que no podemos seguir viviendo en ella.

Norris señaló las hileras de hombres con casco... hombres enfundados en plomo, en gruesos trajes protectores, cubiertos por capas de metal y cables, contadores, tanques de oxígeno, escudos, píldoras alimenticias, agua filtrada. Los hombres trabajaban, sudando dentro de sus pesados trajes.

- ¿Los ve? ¿Qué le parecen?

Un trabajador subió, jadeando y resoplando. Por un breve instante alzó su visor e inspiró rápidamente una bocanada de aire. Lo cerró de nuevo con un golpe y, nervioso, lo atornilló en su lugar.

- Dispuestos a irnos, señor. Todo está cargado.

- Cambio de planes - dijo Norris -. Vamos a esperar hasta que los compañeros de este hombre lleguen aquí. Su colonia se está hundiendo. Otro día de espera no nos causará problemas.

- De acuerdo, señor - el trabajador bajó, descendiendo hacia la superficie, una extraña figura en su pesado traje forrado de plomo, esférico casco e intrincado equipo.

- Somos visitantes - le dijo Norris.

Trent tuvo un violento estremecimiento.

- ¿Cómo?

- Visitantes en una planeta extraño. Mírenos. Trajes acorazados y cascos, trajes espaciales... para explorar. Somos una nave que se detiene en un mundo extraño en el que no podemos sobrevivir, deteniéndose un breve período para cargar y despegar de nuevo.

- Cascos cerrados - dijo Trent con una extraña voz.

- Cascos cerrados. Escudos de plomo. Contadores y alimentos y agua especiales. Mire allí.

Un pequeño grupo de corredores estaban apretujados, mirando anonadados a la gran nave brillante. Hacia la derecha, visible entre los árboles, había un poblado de corredores. Campos sembrados en cuadrículas, corrales, y casas de madera.

- Los nativos - dijo Norris -. Los habitantes del planeta. Ellos pueden respirar el aire, beber el agua, comer las plantas. Nosotros no. Este es su planeta... no el nuestro. Ellos pueden vivir aquí, edificar una sociedad.

- Espero que podamos regresar.

- ¿Regresar?

- De visita... algún día.

Norris sonrió tristemente.

- Yo también lo espero. Pero tendremos que conseguir el permiso de sus habitantes... el permiso para aterrizar - sus ojos brillaban divertidos. Y, repentinamente, con dolor. Una súbita agonía que ahogaba todo lo demás -. Tendremos que preguntarles si les parece bien. Y quizá diga no. Quizá no nos acepten...
 

FIN
 
Philip K. Dick
--> Leer más...

RSS Digg Delicious Twitter Facebook Stumble YouTube Technorati Google
Mas-antiguo.gif home1.gif
 
Ir Arriba