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20130203

Voces de un mundo distante / Arthur C. Clarke



Siglos después de la destrucción de la Tierra, debido a la prematura conversión del Sol en supernova, la última expedición de salvamento, conteniendo un millón de sobrevivientes criogenizados durante el viaje a bordo del navío interestelar, llega a Thalassa, lugar donde se estableció la primera expedición que partió de la Tierra.

Thalassa es descrito como un mundo paradisíaco, donde hay una pequeña colonia de humanos llevados allí seis siglos antes bajo la forma de simples genes, reconstituidos luego por máquinas. Tales humanos han formado entre tanto una cultura nativa bastante peculiar, siendo unos pocos miles los que habitan la única isla dentro del vasto océano que cubre todo el planeta.

Algunos de los sobrevivientes terrícolas despiertan para efectuar reparaciones necesarias luego de su viaje de siglos, resultando en la primera visita de humanos venidos de otro mundo en la historia de Thalassa y en toda una conmoción para éstos, acostumbrados a una soledad total dentro de su propio mundo.


La cultura thalassana es un buen ejemplo de utopía racional en la visión de Clarke, pues los primeros thalassanos fueron fabricados a partir de simples genes y educados por máquinas, siendo desprovistos desde la raíz de religión o misticismo alguno en su cultura, lo que resulta según Clarke en una sociedad más sana y bastante menos maliciosa que los terráqueos. Que cargan consigo "los pecados" de una cultura supersticiosa y desgarrada por las guerras religiosas, así como las cicatrices de ser los testigos de la muerte de la Tierra, y de miles de millones de personas con ella.

La novela se centra en la interacción de los agobiados y traumatizados terrícolas contra los thalassanos, que tienen actitudes extremadamente abiertas y hasta inocentes en lo que concierne a la sexualidad, las relaciones y el arte de vivir, desatando tensiones concernientes al deseo natural de los expedicionarios de quedarse en Thalassa a riesgo de destruir ésta con los "virus mentales" que ellos portan debido a su origen como terráqueos (viajando en hibernación en vez de ser simples genes). La novela se debate entre el choque de culturas entre terrícolas y thalassanos, con formas de pensar diametralmente opuestas, y el descubrimiento por parte de los humanos de una raza subacuática indígena del planeta que vive en los océanos de Thalassa, parecidos a cangrejos gigantes, y en las decisiones que unos y otros toman para enfrentarse a tal descrubimiento, que no hace si no poner de manifiesto las diferencias entre thalassanos y terrícolas más claras que nunca
 http://www.entrelectores.com
Puedes bajar una copia o leerla en la Red gracias a  http://aluci-nada.blogspot.com.ar/

Se ha dicho también que esta es la obra más musical de Clarke, comenzando por su título, y siguiendo por las numerosas alusiones que se hacen a la música a lo largo del texto. Como dato curioso, esta novela inspiró al músico Mike Oldfield para crear, en 1994, un álbum de título homónimo, y que es posiblemente una de sus mejores obras instrumentales.
Así que los invito a disfrutar de este álbum en Logia Musical.

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20120104

El Peatón / Ray Bradbury

Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.

A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.

El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.

En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.

Hola, los de adentro les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras. ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?

La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.

¿Qué pasa ahora? ¾les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera. Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?

¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.

Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí tronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches escarabajos corrían hacia lejanas metas tratando de pasarse unos a otros, exhalando un incienso débil. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.

Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.

Una voz metálica llamó:

Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!

Mead se detuvo.

¡Arriba las manos!

Pero... dijo Mead.

¡Arriba las manos, o dispararemos!

La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.

¿Su nombre? dijo el coche de policía con un susurro metálico.

Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.

Leonard Mead dijo.

¡Más alto!

¡Leonard Mead!

¿Ocupación o profesión?

Imagino que ustedes me llamarían un escritor.

Sin profesión dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.

La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.

Sí, puede ser así dijo.

No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.

Sin profesión dijo la voz de fonógrafo, siseando. ¿Qué estaba haciendo afuera?

Caminando dijo Leonard Mead.

¡Caminando!

Sólo caminando dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.

¿Caminando, sólo caminando, caminando?

Sí, señor.

¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?

Caminando para tomar aire. Caminando para ver.

¡Su dirección!

Calle Saint James, once, sur.

¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?

Sí.

¿Y tiene usted televisor?

No.

¿No?

Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.

¿Es usted casado, señor Mead?

No.

No es casado dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.

La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.

Nadie me quiere dijo Leonard Mead con una sonrisa.

¡No hable si no le preguntan!

Leonard Mead esperó en la noche fría.

¿Sólo caminando, señor Mead?

Sí.

Pero no ha dicho para qué.

Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.

¿Ha hecho esto a menudo?

Todas las noches durante años.

El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.

Bueno, señor Mead dijo el coche.

¿Eso es todo? preguntó Mead cortésmente.

Sí dijo la voz. Acérquese. Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par. Entre.

Un minuto. ¡No he hecho nada!

Entre.

¡Protesto!

Señor Mead...

Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.

Entre.

Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.

Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... dijo la voz de hierro. Pero...

¿Hacia dónde me llevan?

El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.

Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.

Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.

Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.

Mi casa dijo Leonard Mead.

Nadie le respondió.

El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.

Ray Bradbury 1951
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20110625

El Nuevo Acelerador / H. G. Wells

En verdad que si alguna vez un hombre encontró una guinea buscando un alfiler, ese fue mi buen amigo el profesor Gibberne. Yo había oído hablar ya de investigadores que sobrepasaban su objeto; pero nunca hasta el extremo que él lo ha conseguido. Esta vez, al menos, y sin exageración, Gibberne ha hecho un descubrimiento que revolucionará la vida humana.
Y esto le sucedió sencillamente buscando un estimulante nervioso de efecto general para hacer recobrar a las personas debilitadas las energías necesarias en nuestros agitados días.
Yo he probado ya varias veces la droga, y lo único que puedo hacer es describir el efecto que me ha producido. Pronto resultará evidente que a todos aquellos que andan al acecho de nuevas sensaciones les están reservados experimentos sorprendentes.
El profesor Gibberne, como es sabido, es convecino mío en Folkestone. Si la memoria no me engaña, han aparecido retratos suyos, de diferentes edades, en el Strand .Magazine, creo que a fines del año 1899; pero no puedo comprobarlo, porque he prestado el libro a alguien que no me lo ha devuelto. Quizá recuerde el lector la alta frente y las negras cejas, singularmente tupidas que dan a su rostro un aire tan mefistofélico.Ocupa una de esas pequeñas y agradables casas aisladas, de estilo mixto, que dan un aspecto tan interesante al extremo occidental del camino alto de Sandgate. Su casa es la que tiene el tejado Flamenco y el pórtico árabe, y en la pequeña habitación del mirador es donde trabaja cuando se encuentra aquí, y donde nos hemos reunido tantas tardes a fumar y conversar. Su conversación es animadísima; pero también le gusta hablarme acerca de sus trabajos. Es uno de esos hombres que encuentran una ayuda y un estrmulante en la conversación, por lo que a mí me ha sido posible seguir la concepción del Nuevo Acelerador desde su origen. Desde luego, la mayor parte de sus trabajos experimentales no se verifican en Folkestone, sino en Gower Street, en el magnífico y flamante laboratorio continuo al hospital, laboratorio que él ha sido el primero en usar.
Como todo el mundo sabe o por lo menos todas las personas inteligentes, la especialidad en que Gibberne ha ganado una reputación tan grande como merece entre los fisiólogos ha sido en la acción de las medicinas sobre el sistema nervioso. Según me han dicho, no tiene rival en sus conocimientos sobre medicamentos soporíferos, sedantes y anestésicos. También es un químico bastante eminente, y creo que en la sutil y completa selva de los enigmas que se concentran en las células de los ganglios y en las fibras nerviosas ha abierto pequeños claros, ha logrado ciertas elucidaciones que, hasta que él juzgue oportuno publicar sus resultados, seguirán siendo inaccesibles para los demás mortales. Y en estos últimos años se ha consagrado con especial asiduidad a la cuestión de los estimulantes nerviosos, en los que ya había obtenido grandes éxitos antes del descubrimiento del Nuevo Acelerador. La ciencia médica tiene que agradecerle, por lo menos, tres reconstituyentes distintos y absolutamente eficaces, de incomparable utilidad práctica. En los casos de agotamiento, la preparación conocida con el nombre de Jarabe B de Gibberne ha salvado ya más vidas, creo yo, que cualquier bote de salvamento de la costa.
    - Pero ninguna de estas pequeñas cosas me deja todavía satisfecho - me dijo hace cerca de un año -. O bien aumentan la energía central sin afectar a los nervios, o simplemente aumentan la energía disponible, aminorando la conductividad nerviosa, y todas ellas causan un efecto local y desigual. Una vivifica el corazón y las vísceras, y entorpece el cerebro; otra, obra sobre el cerebro a la manera del champaña, y no hace nada bueno para el plexo solar, y lo que yo quiero, y pretendo obtener, si es humanamente posible, es un esti¬mulante que afecte todos los órganos, que vivifique durante cierto tiempo desde la coronilla hasta la punta de los pies, y que haga a uno dos o tres veces superior a los demás hombres. ¿Eh? Eso es lo que yo busco.
    - Pero esa actividad fatigaría al hombre.
    - No cabe duda. Y comería doble o triple, y así sucesivamente. Pero piense usted lo que eso significaría. Imagínese usted en posesión de un frasquito como éste - y alzó una botellita de cristal verde, con la que subrayó sus frases -, y que en este precioso frasquito se encuentra el poder de pensar con el doble de rapidez, de moverse con el doble de celeridad, de realizar un trabajo doble en un tiempo dado de lo que sería posible de cualquier otro modo.
    -¿Pero es posible conseguir una cosa así?
    - Yo creo que sí. Si no lo es, he perdido el tiempo durante un año. Estas diversas preparaciones de los hipofosfitos, por ejemplo, parecen demostrar algo como eso. Aun si sólo se tratara de acelerar la vitalidad con un ciento por ciento esto lo conseguiría.
    -Puede que sí- dije yo.
    - Si usted fuera por ejemplo, un gobernante que se encontrara ante una grave situación y tuviera que tomar una decisión urgente, con los minutos contados. ¿qué le parece...?
    - Se podría suministrar una dosis al secretario particular- dije yo.
    - Ganaría usted... la mitad del tiempo. O suponga usted, por ejemplo, que quiere acabar un libro.
    - Por regla general - dije yo- suelo desear no haberlos empezado nunca.
    - O un médico que quiere reflexionar rápidamente ante un caso mortal. O un abogado... o un hombre que quiere ser aprobado en un examen.
    - Para esos hombres valdría una guinea cada gota, o más- dije yo.
    - También en un duelo- dijo Gibberne -, en donde todo depende de la rapidez en oprimir el gatillo.
    - O en manejar la espada- añadí yo.
    - Mire usted -dijo Gibberne -: si lo consigo gracias a una droga de efecto general, esto no causará ningún daño, salvo que puede hacerlo envejecer más pronto en un grado infinitesimal. Y habrá vivido el doble que los demás.
    - Oiga - dije yo, reflexionando -: ¿sería eso leal en un duelo? - Esa es una cuestión que deberán resolver los padrinos - repuso Gibberne.
    -¿Y realmente cree usted que eso es posible? - repetí, volviendo a preguntas específicas.
    - Tan posible - repuso Gibberne, lanzando una mirada a algo que pasaba vibrando por delante de la ventana- como un autobús. A decir verdad...
Se detuvo, sonrió sagazmente y dio unos golpecitos en el borde de la mesa con el frasquito verde.
- Creo que conozco la droga... He obtenido ya algo prometedor, terminó.
La nerviosa sonrisa de su semblante traicionaba la verdad de su revelación. Gibberne hablaba raramente de sus trabajos experimentales a no ser que se hallara muy cerca del triunfo.
    - Y puede ser..., puede ser..., no me sorprendería..., que la vitalidad resultara más que duplicada.
    - Eso será una cosa enorme - aventuré yo. - Será, en efecto, una cosa enorme- repitió él. Pero, a pesar de todo, no creo que supiera por completo lo enorme que iba a ser aquello.
    Recuerdo que después hablamos varias veces acerca de la droga. Gibberne la llamaba el Nuevo Acelerador, y cada vez hablaba de ella con más confianza. A veces hablaba nerviosamente de los resultados fisiológicos inesperados que podría producir su uso, y entonces se mostraba francamente mercantil, y teníamos largas y apasionadas discusiones sobre la manera de dar a la preparación un giro comercial.
    - Es una cosa buena - decía Gibberne -, una cosa estupenda. Yo sé que voy a dotar al mundo de algo valioso, y creo que no deja de ser razonable esperar que el mundo la pague. La dignidad de la ciencia es una cosa muy bonita; pero de todos modos, me parece que debo reservarme el monopolio de la droga durante unos diez años, por ejemplo. No veo la razón de que todos los goces de la vida les estén reservados a los tratantes de jamones.
El interés que yo mismo sentía por la droga esperada no decayó, en verdad, con el tiempo. Siempre he tenido una rara propensión a la metafísica. Siempre ha sido aficionado a las paradojas sobre el espacio y el tiempo, y me parecía que, en realidad, Gibberne preparaba nada menos que la aceleración absoluta de la vida. Supóngase un hombre que se dosificara repetidamente con semejante preparación: este hombre viviría, en efecto, una vida activa y única; pero sería adulto a los once años, de edad madura a los veinticinco, y a los treinta emprendería el camino de la decrepitud senil.
Hasta este punto se me figuraba que Gibberne sólo iba a procurar a todo el mundo el que tomara su droga exactamente lo mismo que lo que la Naturaleza ha procurado a los judíos y a los orientales, que son hombres a los quince años y ancianos a los cincuenta, y siempre más rápidos que nosotros en el pensar y en obrar. Siempre me ha maravillado la acción de las drogas; por medio de ellas se puede enloquecer a un hombre, calmarle, darle una fortaleza y una vivacidad increíbles, o convertirle en un leño impotente, activar esta pasión o moderar aquella; y ¡ahora venía a añadirse un nuevo milagro a este extraño arsenal de frascos que utilizan los médicos! Pero Gibberne estaba demasiado atento a los puntos técnicos para que penetrara mucho en mi aspecto de la cuestión.
Fue el siete o el ocho de agosto cuando me dijo que la destilación que decidiría su fracaso o su éxito temporal se estaba verificando mientras nosotros hablábamos, y el día diez cuando me dijo que la operación estaba terminada y que el Nuevo Acelerador era una realidad palpable. Este día lo encontré cuando subía la cuesta de Sandgate, en dirección de Folkestone (creo que iba a cortarme el pelo); Gibberne vino a mi encuentro apresuradamente, y supongo que se diri¬gía a mi casa para comunicarme en el acto su éxito. Recuerdo que los ojos le brillaban de una manera insólita en la cara acalorada, y hasta noté la rápida celeridad de sus pasos.
    - Es cosa hecha - gritó, agarrándome la mano y hablando muy de prisa -. Más que hecha. Venga a mi casa a verlo.
    - ¿De verdad? - ¡De verdad! - gritó -. ¡Es increíble. Venga a verlo. - ¿Pero produce... el doble:?
    - Más, mucho más. Me he espantado. Venga a ver la droga. ¡Pruébela! ¡Ensáyela! Es la droga más asombrosa del mundo. Me aferró el brazo, y marchando a un paso tal que me obligaba a ir corriendo, subió conmigo la cuesta, gritando sin cesar. Todo un ómnibus de excursionistas se volvió a mirarnos al unísono, a la manera que lo hacen los ocupantes de estos vehículos. Era uno de esos días calurosos y claros que tanto abundan en Folkestone; todos los colores brillaban de manera increíble, y todos los contornos se recortaban con rudeza. Hacía algo de aire, desde luego; pero no tanto como el que necesitaría para refrescarme y calmarme el sudor en aquellas condiciones. Jadeando, pedí misericordia.
- No andaré muy de prisa, ¿verdad? - exclamó Gibberne, reduciendo su paso
a una marcha todavía rápida. -¿Ha probado usted ya esa droga? - dije yo, soplando.
- No. A lo sumo una gota de agua que quedaba en un vaso que enjuagué para quitar las últimas huellas de la droga. Anoche sí la tomé, ¿sabe usted? Pero eso ya es cosa pasada.
-¿Y duplica la actividad? - pregunté yo al acercarme a la entrada de su casa, sudando de una manera lamentable.
-¡La multiplica mil veces, muchos miles de veces! - exclamó Gibberne con un gesto dramático, abriendo violentamente la ancha cancela de viejo roble tallado.
-¿Eh?- dije yo, siguiéndole hacia la puerta.
    - Ni siquiera sé cuántas veces la multiplica - dijo Gibberne con el llavín en la mano.
    -¿Y usted...?
    - Esto arroja toda clase de luces sobre la fisiología nerviosa; da a la teoría de la visión una forma enteramente nueva... ¿Sabe Dios cuántos miles de veces? Ya lo veremos después. Lo importante ahora es ensayarla droga.
    -¿Ensayar la droga?- exclamé yo mientras seguíamos el corredor.
    - ¡Claro! - dijo Gibberne, volviéndose hacia mí en su despacho -. ¡Ahí está, en ese frasco verde! ¡A no ser que tenga usted miedo!
    Yo soy, por naturaleza, un hombre prudente, sólo intrépido en teoría. Tenía miedo; pero, por otra parte, me dominaba el amor propio.
    - Hombre - dije, cavilando -, ¿dice usted que la ha probado? - Sí; la he probado - repuso -, y no parece que me haya hecho dañe, ¿verdad? Ni siquiera tengo mal color, y, por el contrario, siento...
    - Venga la poción - dije yo, sentándome -. Si la cosa sale mal, me ahorraré el cortarme el pelo, que es, a mi juicio, uno de los deberes más odiosos del hombre civilizado. ¿Cómo toma usted la mezcla:'
    - Con agua - repuso Gibberne, poniendo de golpe una botella encima de la mesa.
    Se hallaba en pie, delante de su mesa, y me miraba a mí, que estaba sentado en el sillón; sus modales adquirieron de pronto cierta afectación de especialista.
    - Es una droga singular, ¿sabe usted?- dijo. Yo hice un gesto con la mano, y él continuó:
    - Debo advertirle, en primer lugar, que en cuanto la haya usted bebido, cierre los ojos y no los abra hasta pasado un minuto o algo así, y eso con mucha precaución. Se sigue viendo. El sentido de la vista depende de la duración de las vibraciones, y no de una multitud de choques; pero si se tienen los ojos abiertos, la retina recibe una especie de sacudida, una desagradable confusión vertiginosa. Así que téngalos cerrados.
    -Bueno; los cerraré.
    - La segunda advertencia es que no se mueva. No empiece usted a andar de un lado para otro, puede darse algún golpe. Recuerde que irá usted varios miles de veces más de prisa que nunca; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo funcionará con esa rapidez, y puede usted darse un buen golpe sin saber cómo. Usted no notará nada, ¿sabe usted? Se sentirá lo mismo que ahora. Lo único que le pasará es que parecerá que todo se mueve muchos miles de veces más despacio que antes. Por eso resulta la cosa tan rara.
-¡Dios mío! - dije yo -. ¿Y pretende usted...? - Ya verá usted - dijo él, alzando un cuentagotas. Echó una mirada al material de la mesa, y añadió:
- Vasos, agua, todo está listo. No hay que tomar demasiado en el primer
ensayo. El cuentagotas absorbió el precioso contenido del frasco.
    - No se olvide de lo que le he dicho - dijo Gibberne, vertiendo las gotas en un vaso de una manera misteriosa -. Permanezca sentado con los ojos herméticamente cerrados y en una inmovilidad absoluta durante dos minutos. Luego me oirá usted hablar.
    Añadió un dedo de agua a la pequeña dosis de cada vaso.
    - A propósito - dijo -: no deje usted el vaso en la mesa. Téngalo en la mano, descansando ésta en la rodilla. Sí; eso es, Y ahora... Gibberne alzó su vaso.
- ¡Por el Nuevo Acelerador! - dije yo. - ¡Por el Nuevo Acelerador! - repitió él.
Chocamos los vasos y bebimos, e instantáneamente cerré los ojos. Durante un intervalo indefinido permanecí en una especie de nirvana. Luego oí decir a Gibberne que me despertara, me estremecí, y abrí los ojos. Gilbberne seguía en pie en el mismo sitio, y todavía tenía el vaso en la mano. La única diferencia era que éste estaba vacío. - ¿Qué?- dije yo.
-¿No nota nada de particular?
- Nada. Si acaso, una ligera sensación de alborozo. Nada más. -¿Y ruidos?
- Todo está tranquilo - dijo yo -. ¡Por Júpiter, sí! Todo está tranquilo, salvo este tenue Pat-pat, pat-,bat, como el ruido de la lluvia al caer sobre objetos diferentes. ¿Qué es eso?
- Sonidos analizados- creo que me respondió; pero no estoy seguro.
Lanzó una mirada a la ventana y exclamó:
-¿Ha visto usted alguna vez delante de una ventana una cortina tan inmóvil como esa?
Seguí la dirección de su mirada y vi el extremo de la cortina, como si se hubiera quedado petrificada con una punta en el aire en el momento de ser agitada vivamente por el viento.
-No - dije yo -; es extraño.
-¿Y esto?- dijo Gibberne, abriendo la mano que tenía el vaso. Como es natural, yo me sobrecogí, esperando que el vaso se rompería contra el suelo. Pero. lejos de romperse, ni siquiera pareció moverse; se mantenía inmóvil en el aire
- En nuestras latitudes- dijo Gibberne-, un objeto que cae recorre, hablando en general, cinco metros en el primer segundo de su caída. Este vaso está cayendo ahora a razón de cinco metros por segundo. Lo que sucede, ¿sabe usted?, es que todavía no ha transcurrido una centésima de segundo. Esto puede darle una idea de la actividad vital que nos ha dado mi Acelerador.
Y empezó a pasar la mano por encima, por debajo y alrededor del vaso, que caía lentamente. Por último, lo cogió por el fondo, lo atrajo hacia sí y lo colocó con mucho cuidado sobre la mesa.
-¿Eh?- dijo riéndose.
    - Esto me parece magnífico- dije yo, y empecé a levantarme del sillón con gran cautela. Yo me encontraba perfectamente, muy ligero y a gusto y lleno de absoluta confianza en mí mismo. Todo mi ser funcionaba muy de prisa.
    Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo; pero esto no me causaba el menor malestar. Miré por la ventana: un ciclista inmóvil con la cabeza inclinada sobre los manubrios y una nube inerte de polvo tras la rueda posterior trataba de alcanzar a un ómnibus lanzado al galope, que no se movía. Yo me quedé con la boca abierta ante este espectáculo increíble.
    - Gibberne - exclamé -, ¿cuánto tiempo durará esta maldita droga ~ - ¡Dios sabe! - repuso él -. La última vez que la tomé me acosté, y se me pasó durmiendo. Le aseguro que estaba asustado. En realidad, debió de durarme unos minutos, que me parecíeron horas. Pero en poco rato creo que el efecto disminuye de una manera bastante súbita.
Yo estaba orgulloso de observar que no estaba asustado, debido, tal vez, a que éramos dos los expuestos. -¿Por qué no salir a la calle? - pregunté yo. -¿Por qué no:'
-La gente se fijará en nosotros. .
- De ningún modo. ¡Gracias a Dios! Fíjese usted en que iremos mil veces más de prisa que el juego de manos más rápido que se haya hecho nunca. ¡Vamos! ¿Por dónde salimos? ¿Por la ventana o por la puerta?
Salimos por la ventana.
Seguramente, de todos los experimentos extraños que yo he hecho o imaginado nunca, o que he leído que habían hecho o imaginado otros, esta pequeña incursión que hice con Gibberne por el parque de Folkestone ha sido el más extraño y el más loco de todos.
Por la puerta del jardín salimos a la carretera, y allí hicimos un minuciosos examen del tráfico inmovilizado. El remate de las ruedas y algunas de las patas de los caballos del ómnibus, así como la punta del látigo y la mandíbula inferior del cochero, que en ese preciso instante se puso a bostezar, se movían perceptiblemente; pero el resto del pesado vehículo parecía inmóvil y absolutamente silencioso, excepto un tenue ruido que salía de la garganta de un hombre. ¡Y este edificio petrificado estaba ocupado por un cochero, un guía y once viajeros! El efecto de esta inmovilidad mientras nosotros caminábamos, empezó por parecernos locamente extraño y acabó por ser desagradable.
Veíamos a personas como nosotros, y, sin embargo, diferentes, petrificadas en actitudes descuidadas, sorprendidas a la mitad de un gesto. Una joven y un hombre se sonreían mutuamente, con una sonrisa oblicua que amenazaba hacerse eterna; una mujer con una pamela de amplias alas apoyaba el brazo en la barandilla del coche y contemplaba la casa de Gibberne con la impávida mirada de la eternidad; un hombre se acariciaba el bigote como una figura de cera, y otro extendía una mano lenta y rígida, con los dedos abiertos, hacia el sombrero, que se le escapaba. Nosotros los mirábamos, nos reíamos de ellos y les hacíamos muecas; luego nos inspiraron cierto desagrado, y dando media vuelta, atravesamos el camino por delante del ciclista dirigiéndonos al parque.
- ¡Cielo santo! - exclamó de pronto Gibberne-. ¡Mire!
Delante de la punta de su dedo extendido, una abeja se deslizaba por el aire batiendo lentamente las alas y a la velocidad de un caracol excepcionalmente lento.
A poco llegamos al parque. Allí, el fenómeno resultaba todavía más absurdo. La banda estaba tocando en el quiosco, aunque el ruido que hacía era para nosotros como el de una quejumbrosa carraca, algo así como un prolongado suspiro, que tantas veces se convertía en un sonido análogo al del lento y apagado tic tac de un reloj monstruoso. Personas petrificadas, rígidas, se hallaban en pie, y maniquíes extraños, silenciosos, de aire fatuo, permanecían en actitudes inestables, sorprendidos en la mitad de un paso durante su paseo por el césped. Yo pasé junto a un perrito de lanas suspendido en el aire al saltar, y contemplé el lento movimiento de sus patas al caer a tierra.
-¡Oh, mire usted! - exclamó Gibberne. Y nos detuvimos un instante ante un magnífico personaje vestido con un traje de franela blanca y rayas tenues, con zapatos blancos y sombrero panamá, que se volvía a guiñar el ojo a dos damas con vestidos claros que habían pasado a su lado. Un guiño, estudiado con el detenimiento que nosotros podíamos permitirnos, es una cosa muy poco atrayente. Pierde todo carácter de viva alegría, y se observa que el ojo que se guiña no se cierra por completo, y que bajo el párpado aparece el borde inferior del globo del ojo como una tenue línea blanca.
    - ¡Como el Cielo me conceda memoria - dije yo - nunca volveré a guiñar el ojo!
    - Ni a sonreír - añadió Gibberne con la mirada fija en los dientes de las damas.
    - Hace un calor infernal - dije yo -. Vayamos más despacio. - ¡Bah! ¡Sigamos! - dijo Gibberne.
Nos abrimos camino por entre las sillas de la avenida. Muchas de las personas sentadas en las sillas parecían bastante naturales en sus actitudes pasivas; pero la faz contorsionada de los músicos no era un espectáculo tranquilizador. Un hombre pequeño, de cara purpúrea, estaba petrificado a la mitad de una lucha violenta por doblar un periódico, a pesar del viento. Encontrábamos muchas pruebas de que todas las gentes desocupadas estaban expuestas a una brisa considerable, que, sin embargo, no existía por lo que a nuestras sensaciones se refería. Nos apartamos un poco de la muchedumbre y nos volvimos a contemplarla.
El espectáculo de toda aquella multitud convertida en un cuadro, con la rígida inmovilidad de figuras de cera, era una maravilla inconcebible. Era absurdo, desde luego; pero me llenaba de un sentimiento exaltado, irracional, de superioridad. ¡lmaginaos qué portento! Todo lo que yo había dicho, pensado y hecho desde que la droga había empezado a actuar en mi organismo había sucedido, en relación con aquellas gentes y con todo el mundo en general, en un abrir y cerrar de ojos.
    - El Nuevo Acelerador... - empecé yo; pero Gibberne me interrumpió.
    - Ahí está esa vieja infernal. -¿Qué vieja?
  - Una que vive junto a mi casa. Tiene un perro faldero que no hace más que ladrar. ¡Cielos! ¡La tentación es irresistible!
Gibberne tiene a veces arranques infantiles, impulsivos. Antes que yo pudiera discutir con él, arrancaba al infortunado animal de la existencia visible y corría velozmente con él hacia el barranco del parque. Era la cosa más extraordinaria. El pequeño animal no ladró, no se debatió ni dio la más ligera muestra de vitalidad. Se quedó completamente rígido, en una actitud de reposo soñoliento, mientras Gibberne lo llevaba cogido por el cuello. Era como si fuera corriendo con un perro de madera.
-¡Gibberne! - grité yo -. ¡Suéltelo!
Luego dije alguna otra cosa y volví a gritarle: -Gibberne, si sigue usted corriendo así, se le va a prender fuego la ropa- ya se le empezaba a chamuscar el pantalón.
Gibberne dejó caer su mano en el muslo y se quedó vacilando al borde del barranco.
    - Gibberne - grité yo, corriendo tras él -. Suéltelo. ¡Este calor es excesivo! ¡Es debido a nuestra velocidad! ¡Corremos a tres o cuatro kilómetros por segundo! ... ¡Y el frotamiento del aire! ...
    - ¿Qué? - dijo Gibberne, mirando al perro.
    - El frotamiento del aire! - grité yo -. El frotamiento del aire. Vamos demasido aprisa. Parecemos aerolitos. Es demasiado calor. ¡Gibberne! ¡Gibberne! Siento muchos pinchazos y estoy cubierto de sudor. Se ve que la gente se mueve ligeramente. ¡Creo que la droga se disipa! Suelte ese perro.
    -¿Eh? - dijo él.
    - La droga se disipa - repetí yo -. Nos estamos abrasando, y la droga se disipa. Yo estoy empapado de sudor.
    Gibberne se quedó mirándome. Luego miró a la banda, cuyo lento carraspeo empezaba en verdad a acelerarse. Luego, describiendo con el brazo una curva tremenda, arrojó a lo lejos al perro que se elevó dando vueltas, inanimado aún, y cayó, al fin, sobre las sombríllas de un grupo de damas que conversaban animadamente. Gibberne me cogió del codo.
    - ¡Por Júpiter! - exclamó -. Me parece que sí se disipa. Una especie de picor abrasador. . sí. Ese hombre está moviendo el pañuelo de una manera perceptible. Debemos marcharnos de aquí rápidamente.
Pero no pudimos marcharnos con bastante rapidez. ¡Y quizá fuera una suerte! Pues, de lo contrario, hubiéramos corrido, y si hubiéramos corrido, creo que nos hubiésemos incendiado. ¡Es casi seguro que nos hubiésemos prendido fuego! Ni Gibberne ni yo habíamos pensado en eso, ¿sabe usted?... Pero antes que hubiéramos echado a correr, la acción de la droga había cesado. Fue cuestión de una ínfima fracción de segundo. El efecto del Nuevo Acelerador cesó como quien corre una cortina, se desvaneció durante el movimiento de una mano. Oí la voz de Gibberne muy alarmada: - Siéntese - exclamó.
- Yo me dejé caer en el césped, al borde del prado, abrasando el suelo. Todavía hay un trozo de hierba quemada en el sitio en que me senté. Al mismo tiempo, la paralización general pareció cesar; las vibraciones desarticuladas de la banda se unieron precipitadamente en una ráfaga de música; los paseantes pusieron el pie en el suelo y continuaron su camino; los papeles y las banderas empezaron a agitarse; las sonrisas se convirtieron en palabras; el personaje que había empezado el guiño lo terminó y prosiguió su camino satisfecho, y todas las personas sentadas se movieron y hablaron.
El mundo entero había vuelto a la vida y empezaba a marchar tan de prisa como nosotros, o, mejor dicho, nosotros no íbamos ya más de prisa que el resto del mundo.
Era como la reducción de la velocidad de un tren al entrar en una estación. Durante uno o dos segundos, todo me pareció que daba vueltas, sentí una ligerísima náusea, y eso fue todo. ¡Y el perrito, que parecía haber quedado suspendido un momento en el aire cuando el brazo de Gibberne le imprimió su velocidad, cayó con súbita celeridad a través de la sombrilla de una dama.
Esto fue nuestra salvación. Excepto un anciano corpulento, que estaba sentado en una silla y que ciertamente se estremeció al vernos, luego nos miró varias veces con gran desconfianza y me parece que acabé por decir algo a su enfermera acerca de nosotros, no creo que ni una sola persona se diera cuenta de nuestra súbita aparición. ¡Plop! Debimos de llegar allí bruscamente. Casi en el acto dejamos de chamuscarnos, aunque la hierba que había debajo de mí desprendía un calor desagradable. La atención de todo el mundo (incluso la de la banda de la .Asociación de Recreos, que por primera vez tocó desafinada-mente) había sido atraída por el hecho pasmoso, y por el ruido todavía más pasmoso de los ladridos y la gritería que se originó de que un perro faldero gordo y respetable, que dormía tranquilamente del lado Este del quiosco de la música, había caído súbitamente a través de la sombrilla de una dama que se encontraba en el lado opuesto, llevando los pelos ligeramente chamuscados a causa de la extrema velocidad de su viaje a través del aire. ¡Y en estos días absurdos, en que todos tratamos de ser todo lo psíquicos, lo cándidos y lo supersticiosos que sea posible! La gente se levantó atropelladamente, tirando las sillas, y el guardia del parque acudió. Ignoro cómo se arreglaría la cuestión; estábamos demasiado deseosos de desligarnos del asunto y de rehuir las miradas del anciano de la silla para entretenernos en hacer minuciosas investigaciones. En cuanto estuvimos lo suficientemente fríos y nos recobramos de nuestro vértigo, nuestras náuseas y nuestra confusión de espíritu, nos levantamos, y bordeando la muchedumbre, dirigimos nuestros pasos por el camino del hotel de la metrópoli hacia la casa de Gibberne.  Pero entre el tumulto oí muy dis-tintamente al caballero que estaba sentado junto a la dama de la sombrilla rota, que dirigía amenazas e insultos injustificados a uno de los inspectores de las sillas.
- Si usted no ha tirado el perro - le decía -, ¿quién ha sido?
El súbito retorno del movimiento y del ruido familiar, y nuestra natural ansiedad acerca de nosotros mismos (nuestras ropas estaban todavía terriblemente calientes, y la parte delantera de los pantalones blancos de Gibberne estaba chamuscada y ennegrecida), me impidieron hacer sobre todas estas cosas las minuciosas observaciones que hubiera querido. En realidad no hice ninguna observación de algún valor científico sobre este retorno. La abeja, desde luego, se había marchado. Busqué al ciclista con la mirada; pero ya se había perdido de vista cuando nosotros llegamos al camino alto de Sandgate, o quizá nos lo ocultaban los carruajes; sin embargo, el ómnibus de los viajeros, con todos sus ocupantes vivos y agitados ya, marchaba a buen paso cerca de la iglesia próxima.
A1 entrar en la casa observamos que el antepecho de la ventana por donde habíamos saltado al salir estaba ligeramente chamuscado, que las huellas de nuestros pies en la grava del sendero eran de una profundidad insólita.
Este fue mi primer experimento del Nuevo Acelerador. Prácticamente habíamos estado corriendo de un lado a otro, y diciendo y haciendo toda clase de cosas, en el espacio de uno o dos segundos de tiempo. Habíamos vivido media hora mientras la banda había tocado dos compases. Pero el efecto causado en nosotros fue que el mundo entero se había detenido, para que nosotros lo examináramos a gusto. Teniendo en cuenta todas las cosas, y particularmente nuestra temeridad al aventurarnos fuera de la casa, el experimento pudo muy bien haber sido mucho más desagradable de lo que fue. Demostró, sin duda, que Gibberne tiene mucho que aprender aún antes que su preparación sea de fácil manejo; pero su viabilidad quedó demostrada ciertamente de una manera indiscutible.
Después de esta aventura, Gibberne ha ido sometiendo constantemente a control el uso de la droga, y varias veces, y sin ningún mal resultado, he tomado yo bajo su dirección dosis medidas, aunque he de confesar que no me he vuelto a aventurar a salir a 1a calle mientras me encuentro bajo su efecto. Puedo mencionar, por ejemplo, que esta historia ha sido escrita bajo su influencia, de un tirón y sin otra interrupción que la necesaria para tomar un poco de chocolate. La empecé a las seis y veinticinco, y en este momento mi reloj marca la media y un minuto. La comodidad de asegurarse una larga e ininterrumpida cantidad de trabajo en medio de un día lleno de compromisos, nunca podría elogiarse demasiado.
Gibberne está trabajando ahora en el manejo cuantitativo de su preparación, teniendo siempre en cuenta sus distintos efectos en tipos de diferente constitución. Luego espera descubrir un Retardador para diluir la potencia actual, más bien excesiva, de su droga. El Retardador, como es natural, causará el efecto contrario al Acelerador. Empleado solo, permitirá al paciente convertir en unos segundos muchas horas de tiempo ordinario, y conservar así una inacción apática, una fría ausencia de vivacidad, en un ambiente muy agitado o irritante. Juntos los dos descubrimientos, han de originar necesariamente una completa revolución en la vida civilizada, éste será el principio de nuestra liberación del Vestido del Tiempo, de que habla Garlyle. Mientras, este Acelerador nos permitirá concentrarnos con formidable potencia en un momento u ocasión que exija el máximo rendimiento de nuestro vigor y nuestros sentidos, el Retardador nos permitirá pasar en tranquilidad pasiva las horas de penalidad o de tedio. Quizá pecaré de optimista respecto al Retardador, que en realidad. no ha sido descubierto aún; pero en cuanto al Acelerador, no hay ninguna duda posible. Su aparición en el mercado en forma cómoda, controlable y asimilable es cosa de unos meses. Se le podrá adquirir en todas las farmacias y droguerías, en pequeños frascos verdes, a un precio elevado, pero de ningún modo excesivo si se consideran sus extraordinarias cualidades. Se llamará Acelerador Nervioso de Gibberne, y éste espera hallarse en condiciones de facilitará en tres distintas potencias: una de doscientos, otra de novecientos y otra de mil grados, y se distinguirán por etiquetas amarilla, rosa y blanca, res¬pectivamente.
No hay duda de que su uso hace posible un gran número de cosas extraordinarias, pues, desde luego, pueden efectuarse impunemente los actos más notables y hasta quizá los más criminales, escurriéndose de este modo, por decirlo así, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las preparaciones potentes, ésta sería susceptible de abuso.
No obstante, nosotros hemos discutido a fondo este aspecto de la cuestión, y hemos decidido que eso es puramente un problema de jurisprudencia médica completamente al margen de nuestra jurisdicción. Nosotros fabricaremos y venderemos el Acelerador, y en cuanto a las consecuencias..., ya veremos.

Herbert George Wells.
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20110510

Coto de caza / Philip K. Dick

El profesor Anthony Douglas se arrellanó en su butaca de cuero rojo y suspiró. Un largo suspiro, mientras se quitaba laboriosamente los zapatos con gran aparato de gruñidos y los enviaba de una patada a un rincón. Enlazó las manos bajo su oronda tripa y se reclinó, con los ojos cerrados.
—¿Cansado? —preguntó Laura Douglas. Apartó la visto por un momento de la cocina y le miró con ternura.
—No lo sabes bien.
Douglas inspeccionó el periódico vespertino, tirado frente a él en el sofá. ¿Valía la pena? No, en realidad no. Buscó los cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta y encendió uno con movimientos perezosos.
—Sí, estoy cansado, ya lo creo. Hemos iniciado una nueva línea de investigación. Un montón de jovencitos brillantes procedentes de Washington nos ha invadido. Maletines y reglas de cálculo.
—No...
—Oh, sigo al mando. —El profesor Douglas dibujó una amplia sonrisa— Ni por asomo. —El humo gris del cigarrillo onduló a su alrededor—. Pasarán años antes de que me lleven la delantera. Tendrán que afinar un poco más sus reglas de cálculo...
Su mujer sonrió y continuó preparando la cena. Quizá se debía a la atmósfera que reinaba en la pequeña ciudad de Colorado. A los sólidos e impasibles picos montañosos que se alzaban en torno suyo. Al aire frío y seco. A los tranquilos ciudadanos. En cualquier caso, las tensiones y dudas que agobiaban a otros miembros de la profesión no parecían afectar a su marido. En los últimos tiempos, gran cantidad de advenedizos agresivos estaban engrosando las filas de los físicos nucleares. La posición de los veteranos, de repente inseguros, se tambaleaba. La nueva horda de jóvenes talentos invadía todas las universidades, departamentos de física y laboratorios. Incluso el Bryant College, tan alejado del mundanal ruido.
Si Anthony Douglas estaba preocupado, jamás lo demostraba. Descansaba plácidamente en su butaca, los ojos cerrados, una sonrisa beatífica en su rostro. Estaba cansado..., pero en paz. Suspiró de nuevo, esto vez más de placer que de cansancio.
—Es verdad —murmuró—. Tengo suficientes años para ser su padre, pero aún les llevo una buena ventaja. Conozco mejor el medio, por supuesto, y...
—Y las teclas que hay que pulsar.
—También. En cualquier caso, creo que saldré bien librado de esa nueva línea recién...
Su voz enmudeció.
¿Qué pasa? —preguntó Laura.
Douglas se incorporó a medias. Había palidecido intensamente. El horror se reflejaba en sus ojos, aferraba con fuerza los brazos de la butaca, su boca se abría y cerraba.
Había un gran ojo en la ventana. Un inmenso ojo que escudriñaba la habitación y le examinaba. El ojo abarcaba toda la ventana.
—¡Santo Dios! —gritó Douglas.
El ojo se retiró. Afuera sólo se veía la penumbra de la noche, las colinas y árboles difuminados, la calle. Douglas se hundió poco a poco en su butaca.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Laura—. ¿Qué has visto? ¿Había algo ahí fuera?
Douglas se retorcía las manos sin cesar y su boca temblaba con violencia.

—Te digo la verdad, Bill. Yo lo vi. Era real. En caso contrario, no lo diría, ya lo sabes. ¿No me crees?
—¿Lo vio alguien más? —preguntó el profesor William Henderson, mientras mordisqueaba el lápiz con aire pensativo. Despejó un poco la mesa, apartó el plato y los cubiertos, y sacó su bloc—. ¿Lo vio Laura?
—No. Estaba vuelta de espaldas.
—¿Qué hora era?
—Hace media hora. Acababa de llegar a casa. Sobre las seis y media. Me había quitado los zapatos, estaba descansando.
Douglas se secó la frente con una mano temblorosa.
—¿Dices que estaba suelto, que no había nada más? ¿Sólo el... ojo?
—Sólo el ojo. Un ojo enorme que me miraba. Me examinaba. Como si...
—¿Como qué?
—Como si mirara por un microscopio.
Silencio.
La mujer de Henderson, una pelirroja, habló desde el otro lado de la mesa.
—Siempre has sido un empírico estricto, Doug. Nunca te he oído decir tonterías, pero esto... Lástima que nadie lo viera.
—¡Claro que nadie lo vio!
—¿Qué quieres decir?
—Esa maldita cosa me estaba mirando a mí. Me estaba estudiando a mí. — Douglas se puso a gritar como un histérico—. ¿Cómo creéis que me siento? ¡Examinado por un ojo grande como un piano! Dios mío, si no fuera tan estable, me habría vuelto loco.
Henderson y su mujer intercambiaron una mirada. Bill, apuesto, de cabello oscuro, diez años más joven que Douglas. Jean Henderson, vivaz, alegre, catedrática de psicología infantil, de rotundos senos, vestida con pantalones y blusa de nilón.
—¿Qué opinas? —le preguntó Bill—. Entra más en tu especialidad.
—Es tu especialidad—bufó Douglas—. No intentes explicarlo como una proyección morbosa. He venido a verte porque eres el jefe del Departamento de Biología.
—¿Crees que es un animal? ¿Un perezoso gigantesco o algo por el estilo?
—Tiene que ser un animal.
—Quizá sea una broma —sugirió Jean—, o un cartel publicitario. El símbolo de un ocultista. Alguien que lo paseó frente a la ventana.
Douglas procuró contenerse.
—El ojo estaba vivo. Me miró. Me inspeccionó. Después, se retiró, como si se apartara de una lente. —Se estremeció—. ¡Os digo que me estaba examinando!
—¿A ti sólo?
—A mí. A nadie más.
—Pareces curiosamente convencido de que te miraba desde arriba —observó Jean.
—Sí, hacia abajo. A mí. Ni más ni menos. —Una extraña expresión asomó al rostro de Douglas—. Ese es, Jean. Como si viniera de arriba.
Movió la mano hacia el techo.
—Quizá era Dios —murmuró Bill, pensativo.Douglas no dijo nada. Palideció y sus dientes castañetearon
.—Tonterías —dijo Jean—. Dios es un símbolo trascendente psicológico que representa fuerzas inconscientes.
—¿Te miraba con aire acusador? —preguntó Bill—. ¿Como si hubieras hecho algo malo?
— No. Con interés. Con considerable interés. —Douglas se levantó
—. He de volver. Laura piensa que estoy sometido a algún tipo de presión. A ella no se lo he dicho, claro. No tiene una mente científica. Sería incapaz de asimilar semejante idea.
—Hasta a nosotros nos cuesta —dijo Bill.Douglas avanzó hacia la puerta, nervioso.
—¿No se os ocurre ninguna explicación? ¿Algún ser considerado extinto, que todavía merodee por estas montañas?
—No hay, que nosotros sepamos. Si me enterara de..
.—Has dicho que miraba desde arriba—interrumpió Jean
— No se había agachado para mirarte. Por lo tanto, no puede ser un animal o un ser terrestre. —Meditó durante unos segundos
—. Tal vez nos están observando.
—A vosotros no —dijo Douglas en tono quejumbroso
—. Sólo a mí.
—Otra raza —añadió Bill
—¿Crees...?—Quizá sea un ojo venido de Marte.
Douglas abrió la puerta principal con cautela y escudriñó el exterior. La noche era muy oscura. Una leve brisa soplaba entre los árboles y sobre la autopista. Apenas vio su coche, un cuadrado negro recortado contra las colinas.
—Si se os ocurre alguna idea, llamadme.
—Tómate un par de fenobarbitales antes de irte al sobre —aconsejó Jean
—Tranquiliza tus nervios. Douglas salió al porche.
—Buena idea. Gracias. — Meneó la cabeza
—A lo mejor me he vuelto loco. Santo Dios. Bien, hasta luego.
Bajó la escalera y se agarró con fuerza al pasamano.
—Buenas noches —se despidió Bill.
La puerta se cerró y la luz del porche se apagó. Douglas se encaminó hacia su coche con cautela. Extendió la mano en la oscuridad, con la intención de palpar la manilla de la puerta. Un paso. Dos pasos. Qué tontería. Un hombre adulto, casi de edad madura, en el siglo XX. Tres pasos. Encontró la puerta, la abrió, se deslizó en el interior a toda prisa y cerró con el seguro. Rezó en silencio una oración de gracias mientras encendía el motor y los faros. Qué estupidez. Un ojo gigantesco. Algún truco. Dio vueltas a la idea en su cabeza. ¿Estudiantes? ¿Bromistas? ¿Comunistas? ¿Un complot para volverle loco? Era un hombre importante. Probablemente, el físico nuclear más importante del país. Y este nuevo proyecto...Dirigió el coche lentamente hacia la silenciosa autopista. Vigiló cada árbol y arbusto mientras el coche aceleraba. Un complot comunista. Algunos estudiantes pertenecían a una organización de izquierdas, una especie de grupo de estudios marxista. Quizá habían planeado...Algo brilló, iluminado por los faros. Algo situado al borde de la autopista. Douglas lo miró, estupefacto. Algo cuadrado, un bloque largo entre las hierbas que crecían junto a la autopista, donde empezaban los grandes árboles oscuros. Brillaba y centelleaba. Disminuyó la velocidad al mínimo.Una barra de oro, tirada junto al borde de la carretera. Era increíble. El profesor Douglas bajó la ventanilla poco a poco y asomó la cabeza. ¿Era de verdad oro? Lanzó una carcajada nerviosa. Probablemente no. Había visto oro a menudo, por supuesto. Y esto parecía oro, aunque tal vez fuera plomo, un lingote de plomo con una capa dorada. Pero... ¿por qué? Una broma. Una tomadura de pelo. Los chicos de la universidad. Habrían visto su coche cuando se dirigía a caso de los Henderson, e intuido que no tardaría en regresar. O... O en realidad era oro. Quizá había pasado un furgón acorazado. Había tomado la curva a demasiada velocidad. El lingote había caído entre las hierbas. En ese caso, había una pequeña fortuna tirada junto al borde de la carretera. Pero era ilegal poseer oro. Tendría que devolverlo al gobierno. Pero ¿no podía quedarse con una simple pieza? Si la devolvía, obtendría alguna recompensa. Varios miles de dólares, probablemente. Un plan demencial pasó por su mente. Apoderarse del lingote, esconderlo en una caja, volar a México, fuera del país. Eric Barnes era el propietario de un Piper Club. No le costaría nada introducirlo en México. Venderlo. Retirarse. Vivir con toda clase de lujos el resto de su vida. El profesor Douglas resopló, irritado. Su deber era devolverlo. Llamar a la Casa de la Moneda de Denver, contarlo todo. O al departamento de policía. Dio marcha atrás hasta situarse junto a la barra. Apagó el motor y salió. Tenía un trabajo que hacer. Como ciudadano ejemplar (y bien sabía Dios que cincuenta pruebas habían demostrado su ejemplaridad), tenía un trabajo que hacer. Buscó una linterna en el tablero de instrumentos. Si alguien había perdido una barra de oro, le correspondía a él...
Una barra de oro. Imposible. Un escalofrío recorrió su cuerpo y atenazó su corazón. Una débil voz le habló con claridad y racionalidad desde el fondo de su cerebro: «¿Quién se marcharía, abandonando un lingote de oro?».
Algo estaba pasando.
El miedo le invadió. Se quedó petrificado, temblando de terror. La autopista, oscura y desierta. Las montañas silenciosas. Estaba solo. Un lugar perfecto. Si querían cogerle...
¿Ellos?
¿Qué?
Paseó la vista a su alrededor. Ocultos entre los árboles, lo más probable. Esperándole. Esperando a que cruzara la autopista, a que dejara la carretera y se internara en el bosque. A que se agachara e intentara coger el lingote. Un golpe veloz en ese momento; con eso bastaría.
Douglas volvió a su coche y encendió el motor. Soltó el freno. El coche saltó hacia adelante y aceleró. Sus manos temblaban. Douglas se aferró con desesperación al volante. Tenía que huir. Escapar antes de que... lo que fuera le atrapara.
Echó un último vistazo por la ventanilla bajada. El lingote seguía en su sitio, todavía centelleaba entre las hierbas que bordeaban la autopista, pero sus contornos eran vagos y el aire oscilaba a su alrededor.
De pronto, el lingote se esfumó. Desapareció. Su brillo se fundió con la oscuridad.
Douglas levantó la visto y contuvo el aliento, aterrorizado.
Sobre él, en el cielo, algo ocultaba las estrellas. Una gran forma, tan enorme que le sorprendió. La sombra se movió, el circulo incorpóreo de una presencia viva, directamente sobre su cabeza.
Un rostro. Un rostro cósmico, gigantesco, le miraba. Como una inmensa luna, que ocultaba todo lo demás. El rostro flotó un instante, fijo en él..., en el lugar que acababa de abandoner. Después, el rostro desapareció y se fundió en la oscuridad, al igual que el lingote.
Las estrellas reaparecieron. Estaba solo.
Douglas se hundió contra el asiento. El coche osciló locamente y se precipitó carretera adelante. Sus manos resbalaron del volante y cayeron a los costados. Se apoderó del volante justo a tiempo.
No cabía la menor duda. Alguien le perseguía. Intentaba apoderarse de él, pero no se trataba de estudiantes bromistas o comunistas. Ni tampoco algún animal que hubiera sobrevivido a lo largo de los siglos.
Fuera lo que fuese, fueran quienes fuesen, no tenía relación con la Tierra. Ello, o ellos, procedía de otro mundo. Su objetivo era capturarle.
A él.
Pero ¿por qué?

Pete Berg escuchaba con atención.
—Continúa—dijo, cuando Douglas se calló.
—Eso es todo. —Douglas se volvió hacia Bill Henderson—. No intentes decirme que estoy loco. Lo vi. Me estaba mirando. No sólo el ojo, sino toda la cara esta vez.
—¿Crees que era la cara a la que pertenecía el ojo? —preguntó Jean Henderson.
—Lo sé. La cara tenía la misma expresión que el ojo. Me estaba examinando.
—Hemos de llamar a la policía—dijo Laura Douglas, con voz tensa—. Esto no puede seguir así. Si alguien le persigue...
—La policía no servirá de nada.
Bill Henderson paseaba arriba y abajo. Era tarde, pasada la medianoche Todas las luces de casa de los Douglas estaban encendidas. En un rincón estaba sentado Milton Erick, jefe del Departamento de Matemáticas, que tomaba nota de todo sin la menor expresión en su rostro arrugado.
—Podemos concluir—dijo el profesor Erick, que hasta hacía un momento sostenía la pipa entre sus dientes amarillentos— que se trata de una raza extraterrestre. Su tamaño y la posición que adoptan indica que no son terrestres.
—¡No pueden estar quietos en el cielo! —estalló Jean—. ¡No hay nada ahí arriba!
—Es posible que existan configuraciones de materia sin ninguna relación con la nuestra. Una coexistencia de sistemas de universos infinita o múltiple, que tiene lugar a lo largo de un plano de coordenadas totalmente inexplicable mediante nuestros términos actuales. En este momento, debido a una yuxtaposición singular de las tangentes, nos encontramos en contacto con una de estas configuraciones.
—Quiere decir que la gente que persigue a Doug no pertenece a nuestro universo —explicó Bill Henderson—. Vienen de otra dimensión muy diferente.
—El rostro fluctuó —murmuró Douglas—. Tanto el lingote como el rostro fluctuaron y desaparecieron.
—Se retiraron —afirmó Bill—. Regresaron a su universo. Por lo visto, entran en el nuestro cuando quieren, a través de una brecha, por así decirlo.
—Es una pena que sean tan grandes —dijo Jean—. Si fueran más pequeños...
—El tamaño juega a su favor —admitió Erick—. Una desgraciada circunstancia.
—¡Estoy harta de cháchara académica! —gritó Laura—. ¡Nos dedicamos a recitar teorías, mientras algo le persigue!
—Esto podría ser la explicación de los dioses —dijo Bill, de repente.
—¿Los dioses?
Bill asintió.
—¿No lo entendéis? En el pasado, estos seres espiaban nuestro universo. Incluso cabe la posibilidad de que penetraran en él. La gente primitiva les veía y no sabía explicar su presencia. Edificaron religiones en torno a ellos. Les rindieron adoración.
—El monte Olimpo—dijo Jean—. ¡Claro! Y Moisés se encontró con Dios en la cumbre del monte Sinai. Nosotros vivimos en lo alto de las Rocosas. Es posible que sólo se produzcan contactos en los lugares elevados. En montañas como éstas.
—Los monjes tibetanos habitan en las zonas más elevadas del planeta —añadió Bill—. En la parte más alta y antigua del mundo. Todas las religiones importantes han sido reveladas en las montañas, y predicadas por personas que vieron a Dios en sus cumbres y bajaron para esparcir la buena nueva.
—Lo que no entiendo es por qué le quieren a él —dijo Laura. Extendió las manos en un gesto de impotencia—. ¿Por qué le han elegido a él?
—Creo que está muy claro.
La expresión de Bill era decidida.
—Explícate —gruñó Erick.
—¿Qué es Doug? El mejor físico nuclear del mundo, más o menos. Trabaja en proyectos de alto secreto, relativos a la fisión nuclear. Investigaciones muy avanzadas. El gobierno protege todo cuanto hace el Bryant College..., porque Douglas trabaja en él.
—Le buscan por sus conocimientos, por sus habilidades. Porque debido a su tamaño en relación a nuestro universo pueden someter nuestras vidas a un escrutinio tan minucioso como el que nosotros llevamos a cabo en nuestros laboratorios de biología a..., bueno, a los cultivos de «sarcina pulmonum». Sin embargo, eso no significa que su cultura sea más avanzada que la nuestra.
—¡Claro! —exclamó Pete Berg—. Quieren los conocimientos de Doug. Quieren arrebatárselos y aplicarlos a su civilización.
—¡Parásitos! dijo Jean—. Siempre han dependido de nosotros, ¿no lo comprendéis? Hombres del pasado que desaparecieron, secuestrados por esos seres. —Se estremeció—. Es posible que consideren la Tierra su territorio de experimentación, en el que las técnicas y el conocimiento avanzan con grandes esfuerzos.... , para que ellos se beneficien.
Douglas se dispuso a replicar, pero las palabras no salieron de su boca. Se quedó rígido en la silla, con la cabeza ladeada.
Alguien gritaba su nombre desde fuera.
Se levantó y avanzó hacia la puerta. Todos le miraron, estupefactos.
—¿Qué pasa? —preguntó Bill—. ¿Qué sucede, Doug'
Laura le cogió del brazo.
Qué ocurre? ¿Te encuentras mal? ¡Di algo! ¡Doug!
El profesor Douglas se soltó y abrió la puerta. Salió al porche la Luna brillaba débilmente. Una suave luz bañaba el paisaje
—¡Profesor Douglas!
De nuevo la voz, joven y dulce; la voz de una muchacha.
Una chica se erguía al pie de la escalera, bañada por la luz de la luna. Rubia, de unos veinte años de edad. Vestía una falda a cuadros, un jersey de angora de calor pálido, un pañuelo de seda alrededor del cuello. Agitaba las manos en su dirección con nerviosismo, la expresión de su rostro era casi suplicante.
—Me concede un momento, profesor? Ha sucedido algo terrible...
Su voz enmudeció y se alejó de la casa, en dirección a la oscuridad.
—¿Qué ocurre? —gritó Douglas.
Apenas oyó la voz de la joven. Se alejaba.
Douglas estaba indeciso. Vaciló, y después bajó la escalera a toda prisa en su persecución. La muchacha retrocedió, retorciéndose las manos, su boca sensual deformada por una mueca de desesperación. Sus pechos subían y bajaban debajo del jersey como presa de un terror agónico. La luz de la luna resaltaba cada estremecimiento.
¿Qué paso? —gritó Douglas—. ¿Qué sucede? —Corrió tras ella encolerizado—. ¡Deténgase, por el amor de Dios!
La muchacha se alejaba cada vez más de la casa y de él, en dirección a la gran extensión de césped que señalaba el comienzo del campus. Douglas estaba harto. ¡Maldita chica! ¿Por qué no le esperaba?
—¡Espere un momento! —gritó. Llegó al césped, casi sin aliento—. ¿Quién es usted? ¿Qué demonios...?
Se produjo un relámpago. Un rayo de luz cegadora cayó detrás de él, a pocos metros de distancia, y practicó un hueco humeante en la hierba.
Douglas se detuvo, aturdido. Un segundo rayo cayó delante de él. La ola de calor lo arrojó hacia atrás. Tropezó y estuvo a punto de caer. La muchacha se había parado de repente. Estaba silenciosa e inmóvil, el rostro inexpresivo. Parecía un muñeco de cera que hubiera cobrado vida de súbito.
Pero no tenía tiempo de reflexionar en eso. Dio media vuelta y corrió hacia la casa. Un tercer rayo cayó frente a él. Se desvió hacia la derecha y se lanzó entre los matorrales que crecían cerca de la pared. Se apretó contra el cemento de la casa, jadeante.
El cielo tachonado de estrellas resplandeció levemente. Un breve movimiento. Después, nada. Estaba solo. Los rayos cesaron. Y...
La chica también había desaparecido.
Un señuelo. Una hábil imitación para alejarle de la casa, para obligarle a salir a terreno descubierto y poder dispararle.
Se puso en pie, temblando de pies a cabeza, y rodeó la casa. Bill Henderson, Laura y Berg estaban en el porche, hablaban nerviosamente y le buscaban con la mirada. Vio su coche aparcado en el camino privado. Si conseguía llegar hasta él...
Escrutó el cielo. Sólo estrellas. Ni rastro de ellos. Si podía subir al coche y escapar lejos de las montañas, hacia Denver, que estaba en una zona más baja, quizá se salvaría.
Respiró hondo. Sólo le separaban diez metros del coche. Si conseguía entrar...
Corrió. A toda velocidad. Por el camino particular. Abrió la puerta del coche y saltó dentro. Encendió el motor y quitó el freno con veloces movimientos.
El coche se deslizó hacia adelante. El motor cobró vida. Douglas aplastó el acelerador con violencia. El coche brincó. Laura, en el porche, gritó y bajó la escalera. El rugido del motor apagó su grito y el chillido de Bill.
Un momento después se encontraba en la autopista, huyendo de la ciudad, y tomó la larga y sinuosa carretera que conducía a Denver.
Llamaría a Laura desde Denver. Se reuniría con él. Cogerían el tren que iba al este. A la mierda el Bryant College. Su vida estaba en juego. Condujo durante horas sin detenerse, toda la noche. El sol salió y ascendió poco a poco en el cielo. Se veían más coches en la carretera. Dejó atrás a un par de camiones diesel que progresaban con lentitud y bastantes dificultades.
Empezaba a sentirse algo mejor. Las montañas iban disminuyendo de tamaño, cada vez más lejanas...
A medida que aumentaba el calor, su estado de ánimo se fortalecía. Había cientos de laboratorios y universidades diseminados por el país. No le costaría proseguir trabajo en otro sitio. Una vez fuera de las montañas, no le atraparían.
Disminuyó la velocidad. El depósito de gasolina estaba casi vacío.
A la derecha de la carretera había una gasolinera y un pequeño café. La visión del café le recordó que no había desayunado. Su estómago empezaba a protestar. Había un par de coches aparcados frente al café. Algunas personas estaban sentadas ante la barra.
Salió de la carretera y entró en la gasolinera.
—Lleno —dijo al empleado.
Dejó el coche en punto muerto y salió. La grava estaba caliente. Se le hizo la boca agua. Tostadas, jamón, café humeante...
—¿Puedo dejarlo aquí? —preguntó.
—¿El coche? —El empleado desenroscó la tapa y procedió a llenar el depósito—. ¿Qué quiere decir?
—Haga el favor de llenarlo y aparcarlo. Volveré dentro de unos minutos. Quiero desayunar algo.
—¿Desayunar?
Douglas estaba irritado. ¿Qué le pasaba a aquel tipo? Señaló el café. Un camionero había abierto la puerta mosquitera y estaba de pie en el umbral. Se hurgaba los dientes con aire pensativo. En el interior, la camarera iba de un lado a otro. Percibió el aroma del café, del tocino frito. Sonaba una Rocola. Un sonido cálido, amistoso.
—El café.
El empleado dejó de poner gasolina. Bajó poco a poco la manguera y se volvió hacia Douglas, con una expresión extraña en el rostro.
—¿Qué café?—dijo.
El café tembló y se evaporó de súbito. Douglas reprimió un grito de terror. Donde había estado el café sólo se veía un campo vacío
Hierba pardoverdosa. Algunas latas herrumbradas. Botellas. Desperdicios. Una valla inclinada. A lo lejos, el perfil de las montañas
Douglas intentó serenarse.
—Estoy un poco cansado —murmuró. Subió al coche con movimientos inseguros— . ¿Cuánto le debo?
—Apenas he empezado a llenar el...
—Tome. —Douglas le tendió un billete—. Apártese de mi camino.
Encendió el motor y volvió a la autopista. El atónito empleado se quedó mirándole.
Por poco. Por muy poco. Una trampa. Y casi había caído en ella.
Pero lo más terrorífico no era eso. Había salido de las montañas y continuaban persiguiéndole.
No había servido de nada. No se encontraba más a salvo que anoche. Estaban por todas partes.
El coche devoraba kilómetros. Se estaba acercando a Denver.. ¿Y qué? Daba igual. Aunque cavara un agujero en el Valle de la Muerte y se escondiera dentro, seguiría en peligro. Le perseguían y no iban a rendirse. Eso estaba claro.
Se devanó los sesos, desesperado. Tenía que pensar en algo, en alguna forma de burlarles.
Una cultura parasitaria. Una raza que vivía a costa de los humanos, que se aprovechaba del conocimiento y los descubrimientos humanos. ¿No había dicho eso Bill? Iban en pos de sus conocimientos especializados, únicos, en física nuclear. Le habían elegido a causa de su superioridad sobre los demás colegas. Le perseguirían hasta atraparle. Y luego..., ¿qué?
El terror se apoderó de él. El lingote de oro. El cebo. La muchacha parecía tan real. El café lleno de gente. Incluso los olores: tocino frito, café humeante.
Dios, si fuera una persona normal, inculta, sin nada especial. Si...
El ruido de un reventón. El coche coleó. Douglas blasfemó. Un reventón. Precisamente ahora.
Precisamente...
Douglas frenó el coche en la cuneta. Paró el motor y puso el freno. Permaneció sentado un rato en silencio. Por fin, rebuscó en la chaqueta y sacó un aplastado paquete de cigarrillos. Encendió uno lentamente y bajó la ventanilla para que entrara un poco de aire.
Estaba atrapado, sin duda. No había nada que hacer. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. El reventón era intencionado, por supuesto. Algo en la carretera, esparcido desde arriba. Tachuelas, lo más probable.
La autopista estaba desierta. No se veía ningún coche. Estaba completamente solo, entre dos ciudades. Denver se encontraba a cuarenta y cinco kilómetros de distancia. No existía la menor posibilidad de llegar allí. Campos llanos y desoladas planicies, le rodeaban.
Nada, excepto la llanura... y el cielo azul.
Douglas escrutó el cielo. No podía verles, pero estaban en algún sitio, esperando a que bajara del coche. Una cultura extraterrestre utilizaría sus conocimientos, sus habilidades. Sería un instrumento en sus manos. Un esclavo, nada más. En cierto modo, era un consuelo. Había sido seleccionado entre todos los miembros de la sociedad. Sus conocimientos y habilidades habían vencido a todos los demás. Algo de calor acudió a sus mejillas. Le habrían estudiado durante cierto tiempo. El gran ojo habría observado a menudo por su telescopio, o microscopio, o lo que fuera. Habría tomado buena nota de su capacidad y comprendido que era un elemento fundamental para su cultura.
Douglas abrió la puerta del coche. Salió y pisó el recalentado pavimento. Tiró el cigarrillo y lo aplastó con calma. Respiró hondo, se estiró y bostezó. Vio las tachuelas, diminutos puntos de luz sobre la superficie del pavimento. Las dos ruedas delanteras estaban deshinchadas.
Algo brilló sobre él. Douglas esperó, inmóvil. Ahora que había llegado el momento, ya no tenía miedo. Contempló la escena con una especie de curiosidad indiferente. La cosa aumentó de tamaño. Creció y se expandió sobre su cabeza. Vaciló un momento. Después, descendió.
Douglas no se movió cuando la enorme red cósmica se cerró sobre él. Las cuerdas le apretaron cuando la red se alzó. Subió hacia el cielo, pero estaba tranquilo, en paz, sin nada de miedo.
¿Por qué iba a tener miedo? Seguiría con el mismo trabajo de siempre. Echaría de menos a Laura y la universidad, desde luego, la comunidad intelectual de la facultad, los rostros alegres de los estudiantes, pero también encontraría buena compañía allí arriba. Personas con quien trabajar. Mentes disciplinadas con las cuales comunicarse.
La red subía cada vez con mayor rapidez. El suelo retrocedía con celeridad. La Tierra pasó de ser una superficie plana a un globo. Douglas contempló todo con interés profesional. Sobre la intrincada tela de la red distinguió el contorno del otro universo, del nuevo mundo hacia el cual se dirigía.
Formas. Dos enormes sombras acuclilladas. Dos figuras increíblemente gigantescas agachadas. Una tiraba de la red. La otra miraba y sujetaba algo en la mano. Un paisaje. Sombras difusas, demasiado inmensas para que Douglas las abarcara.
Captó un pensamiento.
Por fin. Cuántas dificultades.
Valía la pena, pensó el otro ser.
Los pensamientos atronaron en su cabeza. Poderosos pensamientos, procedentes de mentes inmensas.
Yo tenía razón. El más gordo. ¡Menuda presa!
¡Pesará sus buenos veinticuatro ragets!
¡Por fin!
De pronto, la compostura de Douglas le abandonó. Un escalofrío de horror recorrió su mente. ¿De qué estaban hablando? ¿Qué querían decir?
Entonces, le tiraron de la red. Cayó. Algo se acercó. Una superficie plana, brillante. ¿Qué era?
Cosa curiosa, se parecía muchísimo a una sartén.
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20110421

La cometa / Alan Comet


I
Ni siquiera era necesario vigilar las pantallas radar. Hacía meses que se había conectado a todas ellas los precisos e infalibles lectores electrónicos.
Y detrás de ellos en el sótano 16 de aquel mundo subterráneo que formaba el "D. I. C." (Centro Detección e Interceptación), el colosal ordenador capaz, por sí solo, de provocar la reacción de defensa y desencadenar, al mismo tiempo, el poderoso mecanismo de las represalias.
Harold Lemon se desperezó glotonamente, cerrando los ojos y dejando de leer, durante un instantes, la novela policíaca que tenía en manos.
Se incorporó un poco, dejando el libro sobre mesita vecina; luego extrajo un cigarrillo del paquete, haciendo un gesto hacia su derecha.
-¿Un pitillo, Peter?
-Cumming denegó con la cabeza, pero ni siquiera levantó la mirada del crucigrama que estaba intentando resolver.
Oyó, sin prestar la menor atención, el chasquido del encendedor de su compañero y, como si supiera que tal cosa iba a ocurrir, dilató las ventanas de la nariz para recibir, instantes después, un poco del dulzón humo que se escapaba del cigarrillo de Harold.
- Lemon...
-¿Sí?
-¿Conoces una palabra que significa, aproximadamente, imprevisible, y que tenga doce letras?
-No.
-¡Haz un esfuerzo! Es la única importante que me queda.
Harold entornó los ojos, reconcentrándose; luego meneó la cabeza.
- No, no sé... al menos...
-¿Al menos qué...?
-¡Ya la tengo!
-¡ Suéltala!
-"Imponderable.
-¡Eso es! ¡Gracias, amigo!
Se apresuró a escribir la palabra, colocando las letras en sus correspondientes casillas.
Pero casi en seguida frunció el ceño.
-¡Qué idiotez! - dijo con voz despectiva.
-¿No era ésa la que buscabas?
- Sí.
-¿Entonces?
- Esta palabra. Es absurda. No pertenece a nuestro tiempo. Deberían haberla borrado del diccionario.
-¡No sé por qué!
-¿No te das cuenta? "Imprevisible", "Imponderable". ¡Que estupidez! A finales del siglo veinte, esos términos carecen de valor. Y aquí, en este centro, menos que en ninguna parte.
- No estoy de acuerdo.
-Porque no razonas como debes. No hay nada imponderable en nuestro mundo: todo está previsto, calculado por adelantado. Incluso las reacciones de nuestros presuntos enemigos.
- No todo. Por ejemplo, yo podría abalanzarme sobre ti, por sorpresa, y estrangularte. ¡No se pueden prever las reacciones del ser humano!
-¡No digas bobadas! Tú no me atacarás. El psiquíatra que nos ha examinado, antes de que se nos confiasen estos puestos, sabe perfectamente que no se producirá nada de eso.
- Podría enamorarme sin que nadie pudiera predecirlo.
-¡Mentira! Si te sometieses a un psicoanálisis, podrían señalar incluso el minuto, el segundo en que te sentirías atraído por una muchacha. Y, además, sabrían si lo tuyo era amor o una simple oleada de deseo.
Hizo una pausa.
- Nuestro mundo es un asco, Harold. Todo está previsto. Las máquinas y las nuevas técnicas han arrancado de la vida la maravillosa incertidumbre que conocieron nuestros padres.
"Sólo hace veinte años, había hombres aquí en Alaska, como lo estamos ahora nosotros. Vigilaban, como lo hacemos nosotros, la posibilidad de que Rusia nos atacase por sorpresa.
"Pero todo dependía de los hombres.
"Eran hombres los que se pasaban la vida con la cara pegada a las pantallas de
radar; hombres los que, a uno y otro lado del mundo, debían apretar el botón" para
desencadenar la guerra de proyectiles teledirigidos.
"Hombres también los que debían tomar las decisiones.
- Es cierto.
- Ahora, todo ha cambiado...
Hizo un gesto hacia los colosales aparatos que se veían desde la plataforma en que se encontraban.
- Son esas máquinas las que resolverán todo.
- Pero si nos atacan, un hombre, al otro lado, lo decidirá.
Peter se encogió de hombros.
-¿Quién sabe? Quizá sea un ordenador quien, después de cálculos complicados,resuelva que el mundo ha vivido demasiado tiempo en paz y que ya es hora que desaparezca.
"Ellos, los rusos, están como nosotros, Lemon: sometidos al influjo ciego y determinado de unas poderosas máquinas.
- ¡Y este idiota de la revista se atreve a poner la palabra "imponderable" en un crucigrama!
Tiró el periódico, poniéndose en pie.
Anda - dijo acercándose al otro -: dame el cigarrillo que me habías ofrecido antes.
Lo encendió, tumbándose luego en la butaca. Entornó los ojos e intentó pensar en algo absurdo, imprevisible; en algo que se escapara a los precisos cálculos de los ordenadores.
No lo consiguió, pero se quedó dormido.
II
Aloom, nada más salir del iglú, levantó la mirada hacia el cielo al tiempo que una sonrisa de franca alegría ponía al descubierto su magnífica dentadura.
El viento soplaba con una fuerza extraordinaria.
Ya era tiempo. Desde que, en compañía de los otros muchachos de la aldea, había construido aquella gigantesca cometa, Aloom y sus amigos habían esperado inútilmente la llegada del aire.
Diez, veinte, treinta veces intentaron que el armatoste de caña y papel se levantase; pero el tamaño del juguete era muy grande, y la floja brisa que había soplado los días precedentes no fue ni siquiera capaz de alzarlo del suelo.
Habían corrido como locos.
Tirando del hilo, intentando que la masa pintada de rojo se elevase, ante las risas de las mujeres que, deteniendo unos instante su rudo trabajo, miraban, divertidas, los ineficaces y baldíos esfuerzos de los chicos.
Los hombres habían salido de caza, seis días antes. No quedaban en el pequeño poblado esquimal más que los viejos, las mujeres y aquella docena de arrapiezos, que, sobre todo, deseaban divertirse.
Aloom, sin dejar de sonreír, corrió como un loco hacia los otros iglúes, asomándose a las puertas para gritar un nombre, corriendo luego a avisar a otro y otro de sus amigotes.
Fueron saliendo los demás, uniéndose a él, asombrándose de la fuerza del viento, haciendo conjeturas, cálculos, gritando como una bandada de jóvenes gorriones.
Después de un interminable conciliábulo, los muchachos corrieron hacia el lugar donde, en un iglú abandonado y que se había convertido en el cuartel general de la pandilla, tenían oculta la Cometa.
Se acercaron a ella, contemplándola con arrobo.
- Es bonita, ¿eh? - inquirió Tuska, la única chica a la que se había autorizado a formar parte de la pandilla.
En realidad, fue durante la construcción de la cometa que los muchachos habían pensado en Tuska, ya que se vieron incapaces de coser convenientemente las amplias hojas de papel y tela que formaban el colosal rombo.
-¡Hoy sí que volará! - dijo uno de 108 muchachos.
- Desde luego - repuso Abon, que era el jefe del grupo -. Tenemos suficiente hilo para que vuele muy alta. Pero hemos de repasarlo...
Se sentaron alrededor de la cometa.
El "hilo", de procedencia varia, estaba formado casi enteramente por trozos de nylon que los chicos habían robado a sus padres ausentes. Ahora, desenrollando el enorme carrete, fueron examinados los nudos y probándolos con fuertes tracciones.
- Si se nos perdiese... - dijo Aloom.
Todos se estremecieron.
Jamás habían tenido un juguete como aquél.
Y se miraron los unos a los otros, con una muda expresión de espanto pintada en sus rostros.
-A lo mejor hacemos mal en echarla hoy... - pensó la chica en voz alta.
Todos la miraron.
Y Aloom lo hizo con furia, con rabia, fulminándola con el brillo agresivo de sus ojos.
-¡No digas tonterías, Tuska! -gruño. A partir de aquel momento, como si las palabras del jefe hubieran esfumado todos los temores, los chicos no volvieron a hablar;
se dedicaron al trabajo y una hora después el hilo había sido vuelto a enrollar en el descomunal carrete.
Soplaba el viento con furia cuando salieron, llevando la cometa junto al suelo,cogida por los bordes, de manera a evitar que el viento la elevase antes de tiempo.
Aloom iba delante, sujetando la punta superior del artefacto; los otros chicos, seis en total, se dividían en dos grupos de a tres, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Tuska, con una sonrisa de orgullo en sus labios, cerraba la marcha, sujetando con ambas manos el carrete de hilo que el jefe de la pandilla le había confiado.
Se dirigieron hacia la única elevación de terreno que había en aquel lugar; un promontorio helado, como el resto del paisaje, a unos sesenta metros del nivel del suelo.
El viento soplaba ahora un poco más alto y había dejado de levantar torbellinos de nieve, allí donde la blanca capa no se había helado aún. Tal hecho favoreció la ascensión de los chicos hasta la plataforma helada de la pequeña colina. Una vez allí, y a un gesto de Aloom, los otros posaron la cometa en el suelo, sentándose cuidadosamente en los bordes, para que el viento, caso de bajar como antes, no la elevase.
Aloom miró hacia el cielo.
- Hoy subirá muy alto - dijo, mientras los chicos miraban también hacia arriba.
-¿Crees que la verán nuestros padres? - inquirió uno de ellos.
-¡Claro que sí! - repuso el jefe -. Están cazando a menos de ocho kilómetros de
aquí. La verán ellos y la verán desde todas las aldeas de los alrededores.
-¿Incluso desde Turbinken? - volvió a preguntar el mismo de antes, con un tono de franca duda en la voz.
- Sí. Y hasta más lejos quizás...
Todos se dieron cuenta, al ver que Aloom se incorporaba, que había llegado el momento solemne del lanzamiento. Pero ninguno se movió hasta que el jefe no les invitó a hacerlo con un gesto.
Rodeando la descomunal cometa, Aloom fue a coger, de manos de Tuska, el ovillo de hilo.
Sólo él podía aspirar al honor de lanzar el aparato hacia el aire. Mientras los otros seguían sujetando la cometa, Aloom se alejó, al tiempo que iba soltando unos metros d hilo. No muchos. Justo los necesarios para que, en un bache de aire, no le cayese la cometa encima.
Se volvió, mirando a "sus muchachos".
-¿Preparados? - inquirió con una voz que dejaba transparentar la emoción que
experimentaba. Todos ellos hicieron el mismo gesto afirmativo.
-¡Soltad! - gritó el muchacho.
Y echó a correr, levantando el brazo derecho cuanto pudo.
La cometa describió una curiosa parábola antes de iniciar un descenso casi fulminante.
Tuska gritó a Aloom para advertirle.
Sin volver la cabeza, el muchacho comprendió lo que la chica quería decirle.
Levantó aún más el brazo y aumentó la velocidad de la carrera.
La cometa, después de una maniobra de vuelo rasante, se elevó un poco, aleteó como un monstruoso vampiro y, finalmente, empezó a elevarse ante el júbilo general.
Aloom se detuvo.
Volviéndose, miró hacia arriba y empezó a "soltar" hilo. Sus amigos corrieron hacia él, en gozoso tropel, deseosos de asistir de cerca a las cuidadosas maniobras que el jefe debería realizar para que todo marchase a la perfección.
La cometa aleteaba ahora sin cesar, subiendo y bajando a merced del viento, retenida casi siempre por el hilo, que el muchacho no soltaba con suficiente velocidad.
El artefacto fue subiendo.
Su tamaño (tenía casi cinco metros de altura) fue disminuyendo a los ojos de los chicos. Mantenida siempre por aquella especie de cordón umbilical que la tenía unida a la tierra, la cometa fue ganando capas cada vez más altas, acercándose al rugiente huracán que soplaba a trescientos metros de altura.
Los meteorólogos hablan anunciado ya, desde que el tifón "Elisabeth" habla asolado las costas de Florida, la formación, en las altas capas de la atmósfera, de una corriente de aire que se alejaría hacia el polo norte.
El chorro de viento bordeó primero las costas orientales de los Estados Unidos, antes de penetrar en Canadá y dirigirse, en un brusco cambio de dirección, hacia Alaska.
Había perdido bastante fuerza, pero seguía moviéndose, a cerca de 800 kilómetros
por hora, barriendo el espacio sobre una anchura de cerca de dos mil.
Al encontrar capas de aire frío, se estrechó, continuando su marcha, cada vez más debilitado, hacia el norte.
Sus bordes, como los de un río poderoso, se helaron, pero el centro de su corriente se mantuvo a una temperatura muy superior a las de las capas de aire que perforaba ahora.
Fue él, marchando entonces a sólo doscientos kilómetros por hora, quien tropezó con la cometa de los pequeños esquimales.
Apoderándose de aquel extraño objeto, lo empujó, con una fuerza que ningún hilo - incluso los pedazos de nylon robados a los padres por los muchachos -podía resistir.
Lo segó como una afilada navaja, llevándose la corneta en un vuelo precipitado, siempre hacia el norte.
Abajo, sobre la helada superficie de la tierra, los chicos vieron caer mansamente la larga y la serpiente del hilo. Una gran pena se apoderó de ellos.
Y después de enrollar el hilo, en silencio, volvieron hacia el iglú donde se reunían, cariacontecidos, pero pensando ya en volver a construir otra cometa.
Tirando del freno, Sergio Sergiovicht Dorenko detuvo el poderoso tractor.
Parando después el motor, encendió un cigarrillo y miró, desde lo alto de su sillín metálico, la inmensa llanura que le rodeaba.
-¡Maldito Ivanovicht! - gruñó en voz baja.
Continuando su inspección ocular, vio los campos desiertos. Y allá abajo, detrás del tractor, los edificios bajos y los barracones de los empleados del "kolhose".
Claro que no había nadie allí dentro. Todos, absolutamente todos, habían ido a la ciudad, para celebrar la fiesta que todos los años constituía un acontecimiento gozoso; gozoso para todos, menos para él.
Su mano izquierda se posó mecánicamente sobre el zurrón que colgaba de uno de los ganchos del tractor. Sus dedos acariciaron, a través de la recia tela, la forma inequívoca de la botella.
Sonrió.
Irma Alexandrovna había elegido el momento preciso para darle, sin que nadie la viera, aquella botella que era, actualmente, su única y querida compañera.
Si le gustaba la bebida, ¿era acaso culpa suya?
Antes de venir a esta maldita tierra de Siberia, cuando vivía en Crimea, su cuerpo no necesitaba del alcohol. Allí, a orillas del mar, el sol daba al organismo las calorías necesarias y un gozo indescriptible de la vida.
Aquí...
Torció el gesto.
Pequeños copos de nieve, como mariposas blancas, revoloteaban alrededor del tractor.
"Siempre lo mismo -pensó tristemente -. Frío en todas las épocas. Un verano cortísimo, apenas perceptible. Y luego, el invierno, largo como una condena..." ¡Al diablo con Ivanovicht!
Si le había encontrado borracho, castigándole a quedarse en el "kolhose" mientras los otros se divertían en la ciudad, era porque Ivanovicht, jefe de la unidad de tractoristas, era un cerdo, un miserable bastardo.
El alcohol era la única cosa que impedía a Sergio considerar la vida como algo despreciable. Cuando bebía y aquel agradable calorcillo le penetraba en el cuerpo, se sentía otro hombre, dispuesto a hacer lo que los otros, sin miedo a aquel horrible frío.
Maldijo el momento desafortunado en el que había firmado el contrato para trabajar en aquel "kolhose» durante dos años.
¡Dos años!
Y apenas llevaba uno. Se estremeció al pensar en lo que le faltaba. Y dispuesto a alejar de las negras ideas que penetraban ladinamente en su espíritu, sacó la botella de vodka del morral.
Un prolongado trago y el optimismo puso lucecitas danzantes en sus pupilas.
Dio un reverencioso beso al recipiente antes de volverlo a poner, con todo cuidado, en el zurrón.
Y tornó a poner el tractor en marcha.
En la zona ártica, espacio helado entre dos mundos antagónicos, la cometa seguía viajando hacia el norte.
Reaccionando cada vez con mayor fuerza, ante aquella especie de profundo pasillo de aire caliente, que iba perdiendo energías por momentos, un chorro de aire helado se preparaba a precipitarse hacia el sudeste.
Ninguna ocasión como aquélla para abrirse paso por el canal que la corriente de aire habla abierto en el gélido ambiente de la zona polar.
Fue como un torrente precipitándose por el valle de altos muros rocosos. Con un ímpetu tremendo, el aire frío se huracanó, alcanzando en pocos minutos una velocidad escalofriante.
La cometa, detenida unos segundos en el equilibrio de dos fuerzas opuestas, no tardó en rendirse ante la nueva corriente que, impetuosa, la arrastró hacia el sudeste.
La velocidad de la corriente de aire fue aumentando: quinientos, seiscientos,setecientos kilómetros por hora...
Cuando, describiendo una amplia curva, bordeó el paso del estrecho de Behring,había alcanzado la velocidad de casi mil kilómetros por hora.
A quince mil metros de altura, la cometa avanzaba, como un extraño objeto volante, hacia las tierras heladas de Alaska.

* *

El Impacto fue captado por un centenar de antenas de radar, al mismo tiempo.
Como enormes ojos las pantallas reflejaron, mientras su aguja barría incansablemente la circunferencia verdosa, el "top" que avanzaba por uno de sus cuadrantes.
En otros tiempos, cuando el hombre confiaba aún en sí mismo, aquel reflejo hubiera sido analizado por mentes humanas, estudiado por cerebros humanos, sopesado por espíritus críticos en cuyo fondo podría descubrirse un temor tan lógico comosaludable.
Pero las máquinas no tienen miedo.
Las máquinas no razonan, ni piensan, ni sienten.
Las máquinas no hacen otra cosa que calcular.
Enviadas las señales a los centros neurálgicos de los ordenadores electrónicos, los datos fueron analizados con una frialdad puramente matemática.
El radar era incapaz de adivinar la naturaleza del objeto; podía percibir, de manera incierta, su tamaño, ya que la impresión recibida dependía exclusivamente de la superficie en la que rebotaban las ondas.
Por eso, los cálculos de los ordenadores fueron, desde un principio, erróneos.
Multiplicando la superficie por una serie de valores probables, los ordenadores llegaron a la conclusión de que el objeto que se acercaba poseía cerca de veintemetros de longitud.
Medidas que coincidían, de manera implacable, con las de un cohete teledirigido de ámbito intercontinental.
Todo el cálculo se hizo en contadísimos segundos.
Luego, mientras una señal era enviada a los silos de primera línea, los de intercepción, una segunda señal volaba por el espacio hacia los grandes depósitos de cohetes que componían la llamada "fuerza de represalia".
Se abrieron las compuertas de los silos.
Impulsadas por un mecanismo silencioso, se enderezaron las rampas de lanzamiento.
Señales electrónicas lo ordenaron todo.
Y después, pocos segundos más tarde, mientras los hombres, despertados por los timbres de alarma, se miraban estupefactos, los cohetes salieron lanzados, a velocidades increíbles, mensajeros de muerte y de destrucción.
- ¿Los hombres?
Idiotizados, incapaces, miraban el chisporroteo de las máquinas. Eran ellas las que contaban. Los humanos - y hacía mucho tiempo de eso - habían pasado a segundo plano.
Al otro lado de la barrera de los hielos, los rusos poseían mecanismos parecidos o iguales a los de sus adversarios.
Radar, ordenadores...
Se captaron las imágenes de los cohetes que avanzaban hacia la URSS. Y de la misma manera que la cometa había provocado una reacción perfectamente prevista, los misiles estadounidenses desencadenaron un contragolpe que pobló el espacio de mensajes de muerte.
Harry Simmons, piloto de un colosal multirreactor, volaba, en la cabina del aparato, junto a los catorce hombres que componían la tripulación, a 22 kilómetros de altura.
Ciento ochenta horas de servicio continuo.
Los grandes aviones, portadores de cohetes y bombas nucleares, sobrevolaban constantemente las zonas de fricción".
En pleno vuelo, aparatos especiales, "nodrizas", les repostaban del precioso carburante que consumían a velocidad tremenda. Harry, desde hacía meses, desde que había sido enviado a aquella clase de misiones, se había acostumbrado a aburrirse.
En dos días, su copiloto y él habían hablado de todo lo que puede interesar a dos hombres.
Luego, mientras uno llevaba el mando del avión, el otro, sentado en el cómodo sillón, leía o dormía
Aquella clase de vida enseñó a Harry a pensar.
Nunca lo había hecho de manera tan intensa. Pensaba en todo, en mil cosas que hasta entonces hablan carecido de valor para él. Y hasta se permitió filosofar un poco.
Así, uno de aquellos días, había dicho a Richard, su copiloto:
- Si viviésemos en tiempos de los griegos, se nos consideraría como dioses que vigilamos a los humanos.
-¡Curioso!
-En aquel tiempo, los dioses estaban muy cerca de la tierra, en un monte llamado Olimpo. Incluso estaban más bajos que nosotros. Y vigilaban a los pobres seres, metiéndose en sus vidas, enamorando incluso a sus mujeres o a sus hombres.
- Como nosotros.
- Así es. De vez en cuando, bajamos y nos mezclamos con los que habitan el suelo. Richard suspiró.
- Me gustaría pasar mas tiempo en ese dichoso suelo, Harry.
-A mí también.
Conversaciones como aquélla era todo lo que ya podían decirse.
Hasta que...
No, ninguno de los dos; ninguno de los pilotos de aquellos monstruosos aviones pensó jamás en que una cosa así ocurriría.
Por eso, al recibir la señal de ataque - cada uno tenía un blanco determinado -, se miraron los unos a los otros, estremeciéndose de pavor.
Porque nadie como ellos comprendía la espantosa significación de la señal que acababan de recibir. Harry condujo su aparato hacia las lejanas tierras de Siberia.
Su objetivo era una instalación de cohetes intercontinentales. Pero sabía que, rodeando aquel lugar, se levantarían muy pronto la rabiosa jauría de los cohetes de intercepción; los terribles "tierra-aire".
Dotados de mecanismos de detección, aquellas bestias brillantes volarían en busca del avión, como una bandada de gavilanes en pos de una paloma.
Harry ordenó que se pusieran en marcha los mecanismos antirradar; los dispositivos de "brouillage", destinados a engañar a los "buscadores electrónicos de los cohetes de intercepción”.
Y el colosal multirreactor siguió avanzando.
En una época en que las máquinas y las técnicas son las solas que tienen la palabra, la actitud de los hombres no cuenta apenas para nada. Harry evitó tres barreras de cohetes, gracias a su habilidad y a la perfección de sus medios de defensa.
Pero no pudo evitar el cuarto obstáculo.
Un proyectil rozó el timón de cola del aparato. Fue suficiente.
La explosión desgarró al multirreactor como si fuera de hojalata.
La carlinga se abrió como una nuez madura.
Consciente, en el último segundo, Harry consiguió oprimir el botón que ponía en marcha al eyector de su asiento. Salió lanzado por la abertura de la cabina.
Y perdió el conocimiento.
¿Por qué temblaba la tierra?
Sonriente, Sergio se dijo que el vodka que le había proporcionado la muchacha debía ser mucho más fuerte que de costumbre.
El tractor brincaba, no sobre la tierra, que era llana como la palma de la mano, sino por efecto de los profundos estremecimientos que recorrían el suelo.
Claro que Sergio no se había percatado de ello.
Si la tierra temblaba, si el tractor saltaba, de vez en cuando, como cuando brinca sobre una piedra, no era sino el efecto de aquel líquido maravilloso que había ahuyentado sus negras y pesimistas ideas.
Vio también cómo el cielo, en el horizonte, tomaba colores variados. Y se echó a reír.
- Es como si estuviera anocheciendo - se dijo.
Miró el reloj de pulsera, viendo que no eran más que las once de la mañana.
Decididamente, el vodka era demasiado fuerte.
Pero le importaba un bledo.
Si aquel maravilloso contenido de la botella era capaz de modificar incluso la longitud de los días y las noches, ¿no era algo verdaderamente maravilloso?
Y siguió conduciendo el tractor.
Al recobrar el conocimiento, Harry se percató enseguida de que su paracaídas se había abierto en el momento preciso.
Continuaba sentado en su asiento, que formaba parte del mecanismo lanzado por el eyector.
Miró hacia abajo.
Por doquier, hacia los cuatro puntos cardinales, se levantaban sobre el suelo los terribles "hongos" de las explosiones, atómicas y nucleares.
-¡Dios mío! - exclamó.
Entonces, era cierto. No lo había soñado. Había estallado la Tercera Guerra
Mundial.
La última.
Y él se había salvado. ¿Para qué? Sus conocimientos, aunque no demasiado grandes, le hacían prever lo que ocurriría después. Aquellos hongos producirían nubes radiactivas que iban a borrar la vida de la superficie del desdichado planeta.
Su paracaídas fue descendiendo lentamente.
Miró hacia el punto donde la tierra parecía acercarse a él.
¿Dónde se encontraba?
Seguro que en una región de Siberia, un lugar poco importante, ya que ninguna bomba habla estallado por allí.
Se encogió mentalmente de hombros.
Levantando la cabeza, Sergio vio a aquel curioso tipo que bajaba, en el extremo de un paracaídas, sentado cómodamente.
Soltó una carcajada.
¡Lo que le faltaba!
Ahora, al final de la botella se daba cuenta de que el vodka era tan diabólicamente fuerte como para producir alucinaciones.
Porque, un tipo sentado y balanceándose en el aire, ¿no era algo que no podía
existir en realidad?
Siguió mirando al tipo, hasta que éste se posó en el suelo. Luego le vio desatarse del asiento al que estaba sujeto.
Y el hombre avanzó hacia él.
"Si me habla - pensó Sergio con pánico -, no volveré a probar ni una gota de alcohol...
El hombre se detuvo junto al tractor.
- Who are you? - inquirió.
Sergio no oyó más que el "you", sin comprender ni una sola palabra. Sólo sabía que el tipo había hablado.
¡Maldito vodka!
Un pánico terrible se apoderó de él. Apretando el acelerador y pasando una marcha, lanzó el tractor contra el hombre, que se hizo a un lado en momento justo.
El ruso, haciendo girar el vehículo, lo lanzó velozmente hacia las casas del "kolhose”.
Pasado el susto, Harry se echó a reír, aunque no habla gozo alguno en aquella
expresión de hilaridad.
-¡Por poco me atropella ese animal!
Estaba claro que el ruso habla ido a llamar a alguna patrulla.
La sonrisa se borró de los labios del americano.
Había hecho mal en no sacar la pistola ametralladora. Lo hizo, comprobó que había quitado el seguro y echó a andar.
Pensaba entregarse.
Después de todo, lo que ocurriera le importaba muy poco. Las nubes radiactivas no tardarían en llevar la muerte por todas partes. Pero, y aquella sensación le llenó de congoja, no quería morir solo.
Deseaba estar junto a cualquier ser humano, esperando el momento fatal.
Cuando llegó a las construcciones del "kolhose", se percató de que no había absolutamente nadie. Pero al ver el tractor, cuyo motor había dejado el ruso en marcha, la sonrisa volvió a su boca, que una mueca de pesar contraía hasta entonces.
Era gracioso.
"Posiblemente - pensó -, ese tipo y yo somos los últimos habitantes de este desdichado planeta."
-¡Eh! - gritó, echando a andar.
Necesitaba estar junto al ruso, explicarle que no había nada que hacer, que estaban condenados, como el resto de la humanidad.
Pero que sería mejor que pasaran juntos los últimos instantes. Ya no era necesario que se odiasen. Nada significaban sus convicciones políticas, aquella colección de estupideces que les había enfrentado como dos enemigos irreconciliables.
-¡Eh, ruso!
Nadie le Contestó.
Debía estar asustado. Un pobre campesino que, sin duda alguna, jamás había salido de aquel helado país.
-¡No quiero hacerte daño!
Recorrió las calles desiertas de aquel pueblo ficticio.
-¡Dios mío! - pensó en voz alta -. Ahora el mundo ha dejado de existir. Todo se ha acabado. Las ciudades han desaparecido y los muertos deben contarse por miles de millones.
-¡Ruso!
Deseaba estar junto al otro.
¡El muy estúpido! ¿De qué podía tener miedo? Y entonces se le ocurrió que una palabra, la única que sabía de ruso, podría solucionarlo todo.
-¡Tovarich! - gritó.
Llamándole "camarada", era posible que el otro confiase. No era una palabra que gustase a Harry; pero...
¿Qué importancia tenían ya las palabras?
Había conseguido encontrar la escopeta de dos cañones que Ivanovicht, el "enchufado", utilizaba para cazar.
Apretando el arma con fuerza en sus callosas manos, el ruso se atrevió a salir de la casa, por la puerta trasera.
¡Veremos si es de verdad!
No podía serlo. Era el maldito vodka el que había hecho posible la alucinación.
En cuanto apretase el gatillo, todo desaparecería. Y podría volver a trabajar, ya que Ivanovicht se enfadaría si no terminaba el pedazo que le habla ordenado que labrase.
Salió a la calle.
El tipo estaba de espaldas. ¡Y acababa de llamarle camarada! Casi se echó a reír.
Luego levantó el arma.
Disparó a media altura, seguro de que la alucinación iba a desaparecer. Pero el tipo lanzó un grito, al tiempo que se volvía, y que apretaba el gatillo de su pistola, antes de caer de rodillas.
Las balas atravesaron la cabeza de Sergio. Harry, antes de caer de bruces, vomitó una bocanada de sangre. Y al tiempo que moría, dijo, con una sonrisa cruel en sus labios ya lívidos:
- Mejor lo que ha pasado; somos tan cerdos, que no podemos vivir juntos.
La cometa cayó en un desierto. ¿Arizona? ¿Nuevo Méjico? No. Aquel desierto estaba junto al mar. Un desierto extraño, con una capa de polvo que flotaba sobre el suelo torturado.
Allí, horas antes, habla habido una ciudad llamada Nueva York.

FIN

Alan Comet
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